2 de julio de 2014

De amigos y fantasmas

Todos perdemos amigos, caray. Nadie es permanente imán de todos los afectos. Y casi siempre estas derrotas ocurren de forma imperceptible; es sólo en retrospectiva que caemos en cuenta cómo a quienes considerábamos hermanos, familia, espacios de confesión... se han alejado drástica y a veces definitivamente. Uno asume esas cosas. La vida da palos cotidianos. Aprendemos a recibir nuestra dosis de desamor; y más cuando hemos rebasado los treinta. ¿Qué más decir sobre aquellas personas que fueron dicha y se volvieron saludo distante?

No escribo esto para hablar de ellos, sino de los otros. Que son los menos. Me refiero a los amigos que simplemente de un momento a otro desaparecieron. Un día llamaban a la puerta sin invitación de por medio; discutían contigo una película cuyo supuesto valor no compartías, pero que al final te unía más a ellos; abrían sus oídos a tus noticias más significativas. Y de pronto, nada. Dejan de atender tus llamadas, te enteras que se han ido a vivir a otro país o están de viaje, les escribes un correo con hondas interrogantes y quedas aplanado por el silencio que ha decidido atropellarte como respuesta surreal, definitiva y amarga.

La experiencia me ha ocurrido dos veces. En ambas ocasiones lo doloroso ha sido no poder comprender los motivos que provocaron una separación tan radical. Han quedado velados a pesar de las necesarias preguntas directas. La evasión ha sido el mecanismo que en tales ocasiones ha perpetuado y profundizado la herida. A mí me pasa que ponerle un nombre a la pena me permite lidiar mejor con el duelo. Pero cuando el cadáver de aquello que tuviste simplemente te es arrebatado, se vuelve difícil decirle adiós a los afectos. Tu universo íntimo se puebla de fantasmas: te percibes culpable sin la conciencia concreta del crimen, te asumes idiota por no poder descifrar el misterio. ¿Has sido víctima de una venganza o una broma?, ¿hasta dónde puede llegar la crueldad de aquel a quien no hubieses dudado en abrazar?

Supongo que el dolor se alimenta del sinsentido y a veces de lo inefable. Al menos en mi caso, la ausencia de comprensión me ha impedido dejar de tener los ojos en la espalda. (He sido estatua de sal). La amistad resulta entonces una carga o un recorrido vedado. Haber caminado tantos días buscando una respuesta. Correr cojeando, gritar sin poder saltar. ¿Habré sido yo?, ¿pero qué he sido? En ocasiones traes colgando tanto peso que es difícil decidir que ha llegado el momento. El recuerdo es a veces un asiento en llamas, un lugar del que no debe uno enamorarse. Llega un día en que se vuelve necesario arrancar el trozo de corazón que te quema.

(Eso no me impide, sin embargo, que los siga extrañando).

A ciertas formas de la memoria hay que aprender a cerrarles la puerta.

28 de mayo de 2014

Dolor de infancia

En los últimos meses brotan de mi memoria imágenes un tanto perturbadoras: una escena violenta en el segundo piso de la casa de mi infancia, el llanto inesperado de mi abuela al lavar los platos del desayuno, una bofetada en plena cena familiar, los comentarios mezquinos de una tía sobre sus hijos... Descubro que tantos recuerdos siempre se tocan en algún punto; más allá de la coyuntura en que ocurrieron los sucesos a los que remiten, todos esos fragmentos de memoria se conectan, directamente, con el excesivo conservadurismo de la familia de la cual provengo.

Pienso que si hay algo que define a la derecha es su apego a la censura. En mi caso, el silencio era una malla invisible que lo envolvía todo, desde algunos usos lingüísticos que no tenían cabida incluso entre adultos (las groserías como dialecto propio del averno), hasta ciertas prácticas sociales que no poseían buena prensa entre quienes me inculcaban el amor al prójimo (los aplausos, el baile o el alcohol apelaban tanto a la felicidad que resultaban sacrilegios intolerables en la casa de Dios). Quizá también por ello la oposición entre mi vida familiar y mi vida escolar-social fue una herida que no ha terminado de cerrar.

El acallamiento impuesto (y aprendido) invadía situaciones, a fin de cuentas, muy concretas; durante años no supe las razones de la desaparición de mi abuelo, por ejemplo. Una parte de mi formación ocurrió en medio de esa atmósfera, en medio de conversaciones que siempre implicaban zonas innombrables de la realidad: ciertas fricciones familiares me eran indescifrables, no comprendía el sentido de muchas prohibiciones (los árboles de navidad, para poner un caso) y otros círculos sociales no sólo me resultaban ajenos (y deseables), sino que se hallaban envueltos en un fuerte tabú. Un día mi abuela me sentenció: "si llegas a casarte, hazlo con cualquiera, menos con una mujer católica". En esas palabras estaba contenido el sentido de su apertura (y el alcance de su amor cristiano) hacia los otros.

Supongo que no sería equivocado decir que en mi familia el respeto a la diferencia es una preocupación inexistente, o por lo menos, un sentimiento difícil de percibir. Recuerdo las diatribas y bromas repetidas contra aquellos que provenían de tradiciones extrañas, tantos comentarios en contra del cabello que aún mantengo largo, el juicio sumario contra cualquier actitud que tuviese olor libertario. Por ello no me resulta extraño que en mi familia, en general, no se valoren los viajes, ni la diversidad culinaria, ni la lectura de textos distintos a la Biblia aceptada. Es como si viviesen en una suerte de encierro. Supongo que ciertos sectores del protestantismo responden a una tradición defensiva en medio de la historia de persecuciones que debieron sobrevivir. Pero hacer de ese pasado el sentido de la propia identidad tiene mucho de sumisión ideológica, de cerrazón irracional y de insuperable vergüenza. Muchas veces me he sentido así: alguien que lidia con resentimientos que sus padres adquirieron y que le resultan del todo incomprensibles. Como si la incapacidad de lidiar con el pasado hubiese dictado que, en venganza, las generaciones posteriores tuviésemos que sufrir sin remedio un sin-sentido.

Pero yo venía diciendo que la disidencia, al interior de las cuatro paredes de mi historia familiar, simplemente no es bien vista. En mi familia todavía está presente la idea de que sólo es legítima una moral (la suya) y que no vivir, actuar o pensar de acuerdo a los modelos heredados, es simple estupidez o herejía. En muchas de las frases que escucho estando en reuniones familiares detecto no sólo la implícita jerarquía moral de quien habla, sino la imposibilidad de concebir y respetar otras formas de relacionarse con los otros, con la trascendencia, con uno mismo...

A veces, estando rodeado de ellos, me resulta difícil valorar, quién, de entre mis familiares, resulta el más conservador: algunos padecen de homofobia, otros de sectarismo religioso; unos defienden, sin pudor, la cultura de la impunidad y del oportunismo que envilece al país; los que han logrado escapar un poco de tanta indignidad, resultan incapacitados para ser empáticos con otros. Yo sufro de esos males y lidio con esas facturas. En mi herencia siempre hubo un núcleo malsano.

Hace poco soñé que todas estas cosas las comentaba con uno de mis familiares. Creo que era con uno de mis primos. Le soltaba en una frase lo que en el fondo no he podido decir: "Si uno quiere pensar por sí mismo, debe salirse, huir de esta familia". Al despertar me di cuenta lo triste y desencantado que había resultado aquel sueño.

Y sin embargo, ahora lo sé, no todo es horror, abismo, deterioro. Buena parte de mi familia posee una inocencia que no he visto en otros lados, un sentido de la bondad que se halla en proceso de extinción. Simplemente son incapaces de ver todo lo que yo percibo porque un velo les cubre los ojos; es cierto que casi no actúan con mala intención. Y eso es algo que todavía no logro comprender: cómo puede, de la virtud, surgir tanto reduccionismo y discurso acrítico, tanta amputación y solemnidad...

De mi memoria surgen todos los síntomas de aquel universo atroz, irremediable e inútil, pero debo decir que hay mucho de emoción vital  en ese ayer, un sentido nostálgico que no se detiene.

El paraíso que perdí no era perfecto, pero su atmósfera anhelada me atormenta.

14 de mayo de 2014

Valor y desprecio de la concentración

“Sentir es estar distraído” - Fernando Pessoa

vs

“Ser artista significa nunca desviar la mirada” - Akira Kurosawa

12 de abril de 2014

Tres sueños

Anoche soñé que yo iba caminando por la playa cuando en el horizonte aparecías tú. Tu imagen iba haciéndose clara conforme avanzabas hacia mí. Extendías tu mano para saludarme, pero tus dedos se convertían en plumas y las plumas en unas alas largas, de un tono negro con tintes de colores. Te echabas a volar sobre las olas, un grupo de aves más pequeñas te seguían; te veía desaparecer tras la línea divisoria entre el cielo y la tierra.

*     *     *

Soñé que mientras dormía, un grillo se llevaba mis pupilas. A cambio, me dejaba enterradas sus antenas en el corazón. Yo veía en blanco y negro, y una especie de lodo caliente salía de mis pechos. Intensamente. Entonces el grillo entraba en mis oídos y cantaba al interior de mi cabeza... El sonido era tan poderoso que hacía vibrar las antenas enterradas y con ellas a mi corazón. Aunque ya no podía ver, me parecía un intercambio justo. Tú eras ese grillo.

*     *     *

Te acabo de soñar. ¡Soñé que vendías café y tacos! Te miraba en medio de tanta destrucción y era extraño porque a pesar de ello, me parecías afortunado por tener un buen café y unos jugosos tacos, mientras yo tenía nada. Entonces pensé que uno está destinado a cierta vida que no cambia ni en los sueños. De hecho, últimamente te haces presente en mis sueños y lo único que puedo recordar es que al final de todo huyes. ¿De qué? No lo sé. Entonces entro en una terrible obsesión por interpretar lo que veo dormida y…

19 de febrero de 2014

Las películas que vi durante mis días de influenza

Before Sunrise (1995), Richard Linklater
Before Sunset (2004), Richard Linklater
Before Midnight (2013), Richard Linklater
Flags of Our Fathers (2006), Clint Eastwood
Letters from Iwo Jima (2006), Clint Eastwood
J. Edgar (2011), Clint Eastwood
Obsession (1976), Brian de Palma
Dressed to Kill (1980), Brian de Palma
Easy Rider (1969), Dennis Hopper
Usual suspects (1995), Brian Singer
Intolerable Cruelty (2003), Joel & Ethan Coen
Kung Fu Panda (2008), Mark Osborne y John Stevenson
Ponyo (2008), Hayao Miyazaki
Spring Breakers (2012), Harmony Korine
Django Unchained (2012), Quentin Tarantino