1 de noviembre de 2013

Escribir qué / Qué escribir

Que escribir sea no producir reconocimiento / Que escribir sea no producir / Que escribir sea NO / Que escribir sea / ¿Qué?, ¿escribir?

15 de septiembre de 2013

La represión como ideología

“Para ser granadero o para pertenecer a una de las nutridísimas fuerzas represivas del país, se necesita básicamente un grave resentimiento social no formulado de modo coherente o racional, una capacidad subfreudiana de vengarse despiadadamente en todo ser concreto de la injusticia del mundo y un código moral reducido al voraz acatamiento de las órdenes. Decir que los granaderos o que la policía antimotines se comportaron con barbarie es proferir un pleonasmo. El oficio, el sentido mismo de su acción es la represión límite. Desde el principio han funcionado como un Monstruo de Frankestein legalizado, el inconsciente liberado del Principio de Autoridad. Sin demasiada retórica, es posible afirmar que un granadero resulta la imagen desnuda de ese Principio en el instante en que se libera del peso muerto de su muerto respeto por la Constitución y de su vana palabrería humanitaroide. De allí que ni la policía ni los granaderos ni ninguno de los numerosos cuerpos que han intervenido en estos días, resulten otra cosa que meros instrumentos mecánicos. Desde que se asumió la decisión de utilizarlos se decidió el tono de la represión: brutal y desmedida. Porque esas virtudes que tanto han demandado los profesionales de la cordura, esa ponderación y ese juicio severo y esa proclividad al ensimismamiento reflexivo, no forman parte que se sepa de las posibilidades humanas de los cuerpos represivos [...] Lo objetivo, lo que se desprende de la saña y el rencor con que policías y granaderos vengaban su falta de oportunidades en la vida, con que policías y granaderos y agentes justificaban el buen juicio de sus empleadores que saben hasta qué punto el resentimiento elemental jamás podrá entender de solidaridad o de nobleza; lo que se desprende de la furia y el estrépito con que se decidió afirmar públicamente el absoluto monopolio de las calles de México, es la vieja noción de siempre: en este país nadie sino el Poder tiene voz, tiene movimiento y tiene ideas políticas. Poder es monopolio: si hay afirmaciones democráticas se harán a partir de la Cámara de Diputados; los pronunciamientos revolucionarios son sinónimo de decretos oficiales”

Carlos Monsiváis, 21 de agosto de 1968


Represión a un fotógrafo por parte de las policía mexicana el viernes 13 de septiembre de 2013, durante el desalojo del Zócalo capitalino.

10 de agosto de 2013

Lo mejor del cine iberoamericano

Mi irremediable obsesión por los listados y mi gusto por el cine me llevaron a encontrar estas tres selecciones de lo mejor del cine iberoamericano. Más allá de estar de acuerdo o no con los criterios y la elección de estas obras, los ejercicios realizados resultan estimulantes...


Revista Arcadia / Las 25 mejores películas latinoamericanas de la historia

1. Amores perros (México, 1999) Alejandro González Iñárritu
2. Memorias del subdesarrollo (Cuba, 1968) Tomás Gutiérrez Alea
3. Ciudad de Dios (Brasil, 2002) Fernando Meirelles, Kátia Lund
4. Los olvidados (México, 1950) Luis Buñuel
5. La ciénaga (Argentina-Francia-España, 2000) Lucrecia Martel
6. Whisky (Uruguay-Argentina-Alemania-España, 2004) Pablo Stoll, Juan Pablo Rebella.
7. El secreto de sus ojos (Argentina, 2009) Juan José Campanella
8. El ángel exterminador (México, 1962) Luis Buñuel
9. La historia oficial (Argentina, 1985) Luis Puenzo
10. Dios y el diablo en la tierra del sol (Brasil, 1963) Glauber Rocha
11. Rodrigo D. No futuro (Colombia, 1990) Víctor Gaviria
12. Y tú mamá también (México, 2001) Alfonso Cuarón
13. Estación central de Brasil (Brasil, 1997) Walter Salles
14. Historias mínimas (Argentina, 2002) Carlos Sorin
15. La vendedora de rosas (Colombia, 1998) Víctor Gaviria
16. Nueve reinas (Argentina, 2005) Fabián Bielinsky
17. El hijo de la novia (Argentina, 2001) Juan José Campanella
18. La estrategia del caracol (Colombia-Italia, 1993) Sergio Cabrera
19. El lugar sin límites (México, 1978) Arturo Ripstein
20. Fresa y chocolate (Cuba-México-España, 1993) Tomás Gutiérrez-Alea, Juan Carlos Tabío
21. La batalla de Chile (Chile, 1975-1979) Patricio Guzmán
22. El pez que fuma (Venezuela, 1977) Román Chalbaud
23. Machuca (Chile-España-Reino Unido-Francia, 2004) Andrés Wood
24. La teta asustada (Perú-España, 2009) Claudia Llosa
25. Pixote (Brasil, 1981) Héctor Babenco

Casa de América / 20 años de Cine Iberoamericano

Un lugar en el mundo (Argentina, 1992) Adolfo Aristarain
Fresa y chocolate (Cuba-México-España, 1993) Tomás Gutiérrez-Alea, Juan Carlos Tabío
La estrategia del caracol (Colombia-Italia, 1993) Sergio Cabrera
Gatica, el mono (Argentina, 1993) Leonardo Favio
Profundo carmesí (México-España-Francia, 1996) Arturo Ripstein
Estación central de Brasil (Brasil, 1997) Walter Salles
Chile, la memoria obstinada (Chile-Canadá-Francia 1996-1997) Patricio Guzmán
La vendedora de rosas (Colombia, 1998) Víctor Gaviria
Amores perros (México, 1999) Alejandro González Iñárritu
La ciénaga (Argentina-Francia-España, 2000) Lucrecia Martel
Plata quemada (Argentina-España, 2000) Marcelo Piñeyro
Mundo grúa (Argentina, 2000) Pablo Trapero
Ciudad de Dios (Brasil, 2002) Fernando Meirelles
Edificio Master (Brasil, 2002) Eduardo Countinh
Suite Habana (Cuba-España, 2003) Fernando Pérez
Whisky (Uruguay-Argentina-Alemania-España, 2004) Pablo Stoll, Juan Pablo Rebella.
Machuca (Chile-España-Reino Unido-Francia, 2004) Andrés Wood
Cobrador, In God We Trust (Argentina-Brasil-España-México-Reino Unido, 2007) Paul Leduc
Los que se quedan (México, 2008) Juan Carlos Rulfo, Carlos Hagerman
La teta asustada (Perú-España, 2009) Claudia Llosa

Festival de Valdivia / 10 films esenciales del período 1993-2012

1- Whisky (Uruguay, 2004) Pablo Stoll-Juan Pablo Rebella
2- Luz silenciosa (México, 2007) Carlos Reygadas
3- Santiago (Brasil, 2007) João Moreira Salles
4- La libertad (Argentina, 2001) Lisandro Alonso
5- La ciénaga (Argentina, 2001) Lucrecia Martel
6- Historias extraordinarias (Argentina, 2008) Mariano Llinás
7- Un tigre de papel (Colombia, 2007) Luis Ospina
8- Hamaca paraguaya (Paraguay, 2006) Paz Encina
9- Silvia Prieto (Argentina, 1999) Martin Rejtman
10- Aquí se construye (Chile, 2000) Ignacio Agüero

3 de julio de 2013

Breve defensa del bajo perfil

Ahora que ya no tiene prestigio, que ha sido abandonado, que se ha vuelto el hazmerreír de los espacios virtuales, el blog constituye el nuevo sitio de los hallazgos. De algún tiempo a esta parte me parece que todo texto valioso se halla un poco aislado de la esfera pública, o al menos de la escena, del teatro en vigor. Ahí donde no se encuentran los reflectores es donde podemos hallar aquello que todavía no ha sido limitado en su voluntad de emancipación y apertura. Es como si el ojo público tendiera a darle carpetazo a las experiencias valiosas contenidas en las palabras. Alguien dice “éste hace algo que vale la pena” y enseguida las personas voltean a ver al ratoncito que en principio se siente incómodo y enseguida se sienta a sus anchas. Y entonces todo mundo lo ve, pero nadie se entera de qué hacía, ni de qué era “eso” que valía la pena. Están ahí los efectos no deseados del ejercicio crítico: cuando llega a las multitudes, el juicio termina por asimilar la anomalía, por reducir la complejidad de lo originalmente sentido como desafío y liberación. Estamos rodeados de constantes procesos de sustitución y desplazamiento; el reduccionismo sin fin. Una mirada específica lo destruye todo; una exclamación autorizada basta para enterrar el lugar en donde el abismo tenía cabida. Díganle a un escritor que sus palabras cuentan y comenzará a escuchar cómo sus dedos hacen sonar las pocas monedas de su bolsillo; esto, mientras retoca su nuevo look frente al espejo. Yo diría que en eso consiste “clausurar”, en abandonar el espacio vivo y de algún modo ensombrecido, para dejarse ocupar por la luminosidad de los aplausos colectivos. Acaso sea un proceso natural tal exilio del espacio que nos habita (todos hemos dejado de ver a amigos esenciales, por ejemplo; y todos, en algún momento, protagonizaremos los funerales de nosotros mismos). Y justo por ello debiera ser una lucha continua mantener el bajo perfil e instigar al ego a no desbordarse en arrebatos festivos. ¿Acaso no es verdad que, para evitar la repetición de fórmulas banales, habría que conservar la imposibilidad como horizonte? O dime tú, escritorcillo, ¿qué sentido tiene a la larga inscribir el propio destino en querellas inoperantes? Por eso digo que mantener un blog, en estos días en que se ha declarado su muerte, en que ha perdido todo vestigio de moda, puede ser para algunos perseguir un afuera. En todo caso, y en el espacio que sea, la intención debiera ser reproducir la anomalía. Seguir volcado a generar experiencias de inadecuación y contrariedad. Sólo así se puede evitar el hastío, salir de los convencionalismos y las rutinas. Claro, esto sólo se logra fugazmente, de modo efímero, durante los breves instantes que dure la escritura o la lectura. La liberación es, a fin de cuentas, una experiencia breve, transitoria y perecedera. Por eso mismo, si la incomodidad es un lugar ilusorio, siempre es un lugar vivo.

16 de junio de 2013

Agamben sobre Welles, Don Quijote, la imaginación y el desencanto

"Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincia. Viene buscando a don Quijote y lo encuentra: está sentado aparte y mira fijamente la pantalla. La sala está casi llena, la galería –que es una especie de gallinero– está completamente ocupada por niños ruidosos. Después de algunos intentos inútiles de alcanzar a Don Quijote, Sancho se sienta de mala gana en la platea, junto a una niña (¿Dulcinea?) que le ofrece un chupetín. La proyección está empezada, es una película de época, sobre la pantalla corren caballeros armados, de pronto aparece una mujer en peligro. Inmediatamente Don Quijote se pone de pie, desenvaina su espada, se precipita contra la pantalla y sus sablazos empiezan a lacerar la tela. Sobre la pantalla todavía aparecen la mujer y los caballeros, pero el rasgón negro abierto por la espada de Don Quijote se extiende cada vez más, devora implacablemente las imágenes. Al final, de la pantalla no queda casi nada, se ve sólo la estructura de madera que la sostenía. El público indignado abandona la sala, pero en el gallinero los niños no paran de animar fanáticamente a Don Quijote. Sólo la niña en platea lo mira con desaprobación.

¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas, creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (este es, quizás, el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al final, ellas se revelan vacías, incumplidas, cuando muestran la nada de la que están hechas, solamente entonces pagar el precio de su verdad, entender que Dulcinea –a quien hemos salvado– no puede amarnos."


Giorgio Agamben, "Los seis minutos más bellos de la historia del cine",
en Profanaciones. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2005, pp. 123-124.


31 de mayo de 2013

Una estética de la minucia: los ensayos de Karla Olvera

[Dejo aquí el texto que leí durante la presentación del libro La música en un tranvía checo y otros ensayos, de la escritora Karla Olvera. El evento se llevó a cabo en el Museo del Estanquillo de la Ciudad de México, el 8 de febrero de 2012].

* * *

Karla Olvera. La música en un tranvía checo y otros ensayos.
México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011.

El primer ensayo que leí de Karla Olvera fue el texto que me propuso para un libro que en ese momento me encontraba yo compilando sobre la obra de Carlos Monsiváis. De entre los muchos temas posibles que podían rastrearse del polígrafo mexicano, Karla eligió uno de carácter muy íntimo y que tenía que ver con una obsesión radical: el coleccionismo monsivaíta. Al recordar aquel texto en que Olvera hablaba sobre el coleccionismo como una compensación de la infancia perdida y de las notables diferencias entre los cuarios y los anticuarios, me di cuenta que su ahora primer libro de ensayos, La música en un tranvía checo… es precisamente una suerte de ejercicio coleccionista.

Lo sugiere desde el prólogo. Las citas “excéntricas” que Olvera encontró en diversos diarios literarios fueron el motor que la llevó a escribir este libro: “Decidí abordar estos hallazgos de la misma manera en que di con ellos, es decir, vagando. Los ensayos de este libro son paseos alrededor de aquellas piedras preciosas, en cuyo itinerario la imaginación es el único cicerone”. Me parece que este recolectar trozos hallados al azar, darles un valor excepcional y organizarlos de modo que adquieran un orden tentativo, son justamente las actividades constantes que un coleccionista realiza. Así, este libro me parece en principio una pequeña vitrina en la que podemos observar lo que Olvera ha resuelto y disfruta mostrarnos, un aparador repleto de citas, personajes, acotaciones artísticas, referencias a canciones o películas, que conforman su propio universo, el caleidoscopio a través del cual mira el mundo.

Para hacerlo practica ese placer tan fructífero que consiste en vincular gustos y manías disímiles. Diría que se trata de un ejercicio de asociación lúdica. Si algo caracteriza la forma de estos textos es el hecho de irse desarrollando a partir de asociaciones libres que, con ánimo juguetón, Olvera establece entre contextos disímiles y referencias culturales de todo tipo que, por lo demás, parecen no tener ningún límite. La experiencia de lectura que provoca este mecanismo es similar a la de ir viendo como se desenvuelve un manto que posee múltiples dobleces y, en la medida en que lo abrimos, con cada movimiento se nos devela una nueva imagen que le da sentido a las anteriores. Entre más avanza un texto, más se enlazan y adquieren coherencia las asociaciones diversas, las citas y los personajes aludidos.

Por ello no extraña que el ensayo haya sido el organismo literario que Olvera eligió para volver efectiva la asociación lúdica de la que hablo. Si el ensayo sigue poseyendo un valor fundamental proviene justo de ese modo, tan multiforme, de leer la realidad, desde las aristas, desde los lenguajes aún no institucionalizados, desde paisajes inacabados, en búsqueda de reflexiones compartibles. La especulación espontánea que se aprecia en La música en un tranvía checo… es similar a la que la propia Olvera observa en la vida indisciplinada y dispersa de Pessoa: se trata de una “disciplina aleatoria”, y acaso por ello, vital y muy creativa, en la cual todo parece construido a partir de una lógica extraordinaria, alucinante o descabellada. Es como si ciertas conexiones secretas se revelaran en aras siempre de lo insólito.

Enrique Vila-Matas escribió un ensayo con un título sugerente: “Se escribe para mirar cómo muere una mosca”. Vila-Matas en realidad retoma una frase de Margarite Duras quien la formuló en estos términos: “Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar cómo muere una mosca. Tenemos derecho a hacerlo”. ¿Cómo son las moscas moribundas que Olvera nos propone observar? En principio diría que son miniaturas, microscopías textuales y, a pesar de ello, observaciones significativas.

El epígrafe del libro da cuenta de ello. La cita es de René Ouvrard y dice así: “La vida está hecha de esas pequeñas alegrías cotidianas a las que uno se entrega”. El primer libro de Karla Olvera es una defensa del placer de la minucia. Anotaciones extrañas o curiosas, casas inverosímiles, detalles extravagantes… la realidad parece observada con lentes de aumento, como si la autora quisiera decirnos que la verdad (y la felicidad) no está en los detalles, sino que es los detalles. Hay una frase de Whitman que me viene a la cabeza: “The nearest gnat is an explanation”, que de modo literal sería “El mosquito más cercano es una explicación”. La traducción de Borges es (como afirma Julio Villanueva) más precisa: “Cualquier insecto es una explicación”. Tengo la impresión que ese modo de observar el mundo también le otorga un tono al libro, cierta delicadeza y parsimonia, una especie de paciencia escritural. ¿Cómo decirlo? Creo que hay acá una estética de lo sutil. Mirar a detalle implica mirar con sutileza. Y aquí mirar equivale, por supuesto, a escribir.

Si el tono es sutil y, por momentos, sobrio, también hay constantes dislocamientos, apuntes “descocados” y reflexiones extravagantes que sugieren una imaginación arriesgada. Olvera se atreve a imaginar la música que se tocó en un tranvía checo en 1910, le agrega versos a una canción de Boris Vian, vuelve a Kafka precursor de un movimiento originado una década después de su muerte (Mass Observation). Esta última lectura, fértil por el inusitado vínculo que establece, nos otorga otra de las claves escriturales del libro: los ensayos rozan las fronteras de lo ficticio y en esto pareciera seguir la lección de T.S. Eliot: hay que “escapar –no del tiempo que nos toca vivir, pues estamos atados a él, sino de las limitaciones emocionales e intelectuales de nuestro tiempo”.

Algo que sorprende del libro es el tratamiento que hace Olvera sobre los diarios de Franz Kafka, Fernando Pessoa y Virginia Woolf. Se suele considerar a los diarios como textos de no-ficción, textos que hablan de la realidad, que no mienten, pues remiten a un contexto “real”. Por ello, muchas veces este tipo de escritura queda subordinada a la interpretación de La Obra. He visto cómo en los diarios se buscan las experiencias vitales que dieron origen a ciertos libros, las intenciones de los autores en relación con poemas y cuentos, o las influencias y lecturas que los llevaron a conformar un estilo definido. Olvera no hace eso. Por el contrario, propone una lectura distinta del diario. No como texto referencial, de no-ficción, sino como texto de configuración del yo. Más que mimesis (en el sentido de copia o imitación), los diarios son para esta autora procesos de poiesis (en el sentido de creación e invención). De ahí la libertad con que son tratados los textos. No se trata de leer en ellos la vida y lo real, pues los diarios a fin de cuentas lo que construyen es una ilusión referencial. De lo que se trata es de pensar en lo autobiográfico no tanto como instrumento para la reproducción del yo, sino para la construcción de una identidad: la del escritor. He aquí la perspectiva crítica del texto. Quiero creer que al leer de esta manera, Olvera lo que hace también es encontrar su propia identidad como ensayista.

Por último, deseo hacer notar que el libro es apenas un plano que posee puntos de fuga. Me refiero a que el texto posee continuidad. Olvera ha creado un Tumblr (un tipo de blog) en el que es posible tener acceso a diversos referentes incluidos en el libro, lo cual además propicia un diálogo con los lectores. Maravillas de la tecnología: el libro, cuyo primer ensayo está escrito con una lógica matriushka, con la lógica de las cajas chinas, pareciera encontrar en otro espacio su continuidad. No puedo dejar de pensar en aquel relato de Cortázar en el cual un cronopio concibe así la realidad:
Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.
Si el cronopio de Cortázar queda atrapado en su casa porque es incapaz de seguir una lógica pragmática que lo lleve a tomar la llave de la mesa y salir al mundo, el libro de Olvera hace justo lo contrario: nos abre la puerta que nos lleva a la llave precisa.

* * *

Por acá, un video de la presentación:


30 de mayo de 2013

Pésame sin pésame (un sueño)

Para Cipactli Suárez


Anoche soñé que me dirigía con muchos de mis viejos amigos de la Facultad a casa de ella. La finalidad era darle el pésame, pero yo era el único que estaba consciente de eso: no me había atrevido a contarles a mis acompañantes lo que había ocurrido. Según ellos, íbamos a verla por el simple hecho de no haberla visitado en muchos años.

No nos costó llegar, a pesar de que el pueblo en donde ella vivía estaba a las afueras de la ciudad. No fue difícil recordar la ruta tomada hacía varios años, cuando nos invitó a conocer la zona. Durante el trayecto recordé ciertas imágenes: unas escaleras debajo de un arco, una caminata rumbo al ojo de agua y ese áspero clima con nubes al mismo tiempo grises y amarillas. Ésta vez no era muy distinto y arribamos sintiendo la llovizna escurriendo por los rostros y los cristales de las gafas.

Al llegar nos abrió la puerta una señora muy amable, en cuyo rostro había destellos de otros paisajes. Supuse que era una tía lejana que había venido a acompañar y apoyar a nuestra amiga. Pasamos a la sala y entonces ella bajó. Nos dijo “qué bueno que vinieron, estábamos a punto de comer y hay un pozole exquisito, veo que ya conocieron a mi madre”. Yo no entendía lo que estaba ocurriendo, me parecía un despropósito lo que acababa de oír, pero no me atrevía a interrumpir sus palabras. Además de desconcertado, veía a la supuesta mamá haciendo cosas en la cocina, invitándonos a sentarnos a la mesa, sirviéndonos agua fresca.

Después de mucho vacilar y buscando, una y otra vez, de manera fallida, encontrar el momento oportuno, me decidí. En un momento en que ella volvía del baño me levanté, la paré en seco y la confronté. En voz alta, le dije: “lamento que tu madre nos haya abandonado”. En el camino hacia su casa, yo había armado ya esa escena múltiples veces, como si buscara el modo menos terrible de decir aquello. En realidad había imaginado un pésame sin pésame, un silencio prolongado que lo compensara todo. Algo absurdo, por supuesto. Enseguida, mis acompañantes se levantaron y optaron por la maestría de la condolencia repetida e inútil. Y ella, en el fondo, agradeció que fuese así.

Luego, seguimos comiendo y observando, con meticulosa atención, los ojos perdidos de su madre, quien nos seguía atendiendo gustosa y concienzudamente.

21 de febrero de 2013

Voluntad de escándalo

¿De dónde surge la necesidad de sostener la cordura, cuando es justo eso lo que se ha fracturado, cuando aquella normalidad se ha roto de manera instantánea? ¿Por qué la determinación instintiva de seguir con la rutina cuando la insensatez ha invadido cada poro del día? ¿Cuál es el sentido de esa inercia irracional que lucha en contra de toda evidencia: la descomposición estomacal, la mirada aturdida, el temblor de la voz? Sales de ahí, cruzas la calle y reportas la tarjeta bancaria, das de baja la línea del celular, contestas una encuesta telefónica; y en seguida, decides dar asesorías, dictar una clase, resolver otro trámite. Y en medio del automatismo, un relámpago ruinoso te asalta sin coraza alguna: la indefensión, el desabrigo, cierta orfandad se instala en lo más íntimo de tu rostro y te acompaña el resto de la tarde -mientras lees con indiferencia un texto más, mientras ingieres un par de aspirinas, mientras manejas sin documentos… Y es ahí que la voluntad de escándalo te deja frío y solo. ¿Por qué asumes lo vivido como si fuese un suceso menor, como si no hubiese en efecto ocurrido, como si el miedo y el desamparo no pudiesen ser acogidos por quienes te hablan sin conocer tu pasado inmediato? ¿Por qué lidiar de manera aislada con aquellos rostros y aquellos gritos, por qué no hablar de la sombra de hierro que pudo incrustar su veneno en tu pecho? Y sabes que en tu ciudad el escándalo es rutinario. Y sabes que en tu ciudad el escándalo es necesario.

11 de febrero de 2013

La iglesia y el tacto

La iglesia es un abuso de la fe. Imposible creer que el misterio tenga intermediarios. ¿Será posible hacer del asombro un aprendizaje?, ¿recuperar la intuición lúcida?, ¿apostarle todo a la sorpresa? ¿Se puede aprender a esperar lo inesperado? Insostenible. No se puede administrar lo imprevisto, lo que resulta in-esperado. El asombro es una explosión que nos cercena las manos. Es la ira de dios experimentada por lo humano… Asombros que desmantelan instrumentos sobrevalorados. Milagros que remarcan la inutilidad de la dicha, el feliz sinsentido de la dicha. Sin pasmo, sin capacidad de fascinación, nos sería imposible desear, proyectarnos otros, tener esperanza –esa hija de la estupefacción, esa heredera de la extrañeza y lo inadvertido. Sí, la esperanza –esa loca encerrada en la casa de al lado. Hablo de maravillas y de embrujos. Hablo en suma del misterio, otro de los nombres que le damos al tacto.

31 de enero de 2013

Why not [collage de citas]

 Some men see things as they are and ask why.
Others dream things that never were and ask why not.
George Bernard Shaw

La memoria es el imperio del azar. Esta tarde han venido a mí, como aturdiéndome cual tábanos irresistibles, diversas frases que poseen en común un mismo hilo conductor: el poder de la imaginación, el sentido utópico de las cosas, lo imposible dentro de lo posible. Van en serie:

“Lo que existe no puede ser verdad” (Ernst Bloch)
“Lo posible es una tentación que lo real termina siempre por aceptar” (Gaston Bachelard)
“La imaginación es un desafío del hombre a la realidad” (Horacio Cerutti)
“Lo posible es sólo una provincia de lo imposible/ un área reservada/ para que lo infinito/ se ejercite en ser finito” (Roberto Juarroz)
“Lo que es no tiene más derecho a ser que lo que no fue pero pudo ser” (Bolívar Echeverría)
“Más alta que la realidad está la posibilidad” (Martin Heidegger)
“Es buscando lo imposible que el hombre siempre ha realizado lo posible” (Mijaíl Bakunin)
“La Esperanza es la progenitora de numerosas certezas en potencia ... la Esperanza es la encarnación de la alteridad” (Ágnes Heller y Ferenc Fehér)

Como se ve, me la he pasado las últimas horas con la sensación insana de que siempre vivimos en función de deseos y carencias, de tiempos y lugares imaginarios, sin los cuáles sería difícil concebir lo que en efecto somos. Como si este instante y este cuarto sólo existieran en relación con otros instantes y otros cuartos posibles, como si estuviéramos atrapados al interior de un universo escheriano en donde la especulación vale más que la actividad corpórea. Quizá por ello Julio Cortázar lanzó ese exhorto a dejar atrás el ayer como si se tratase de un lugar habitado: “Lo cierto es irse. Quedarse es ya la mentira", escribió. Y no sé, quizá sea válida esa intuición. Quizá todo lo que importa tiene esa dimensión espacial, como si sólo pudiésemos crear sentidos de pertenencia respecto a lugares afectados por nuestros anhelos y por nuestros miedos. Como si la vida fuese la suma de una serie de geografías íntimas, mapa-mundis afectivos plagados de callejones prodigiosos y de explanadas terroríficas. “Vivimos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro”, escribió desde su subterráneo optimismo Emil Cioran. Y supongo que tenía razón, que nuestra identidad es un averno con vasos comunicantes que nos conectan con otros cosmos más beatíficos. Vivimos la versión bizarra de otro mundo, ese sí, paradisiaco. O para decirlo con las palabras inquisidoras de Aldous Huxley: “¿Cómo sabes si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta?”

Pero en las palabras de Huxley está otra vez la tentación de buscar algo fuera de la vida, postergando el presente en aras de un futuro inexistente, de un espacio vacío. Y quizá no sea ese el método. Quizá las geografías afectivas a las que me refería están diseñadas por un urbanista interior que no ha conocido sino pasiones terrenales y delirios concretos. Tal vez lo imposible pueda ser una provincia de lo posible y no la cárcel que a veces la imaginación proyecta hacia el futuro, encerrando la vitalidad del presente en una celda de promesas falaces. “Hay otros mundos, pero están en éste”, escribió Paul Éluard. Quizá por ello la definición de Maurice Merleau-Ponty: “La verdadera filosofía consiste en aprender de nuevo a ver el mundo”. Y quizá por ello la advertencia en verso de Emily Dickinson: “Multiplicar los muelles, no disminuye el mar”. Y quizá también por ello la propedeútica de Italo Calvino: “reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

Escribo estas palabras sobre mundos potenciales y futuros peligrosos desde un cuarto insensato, que a nadie importa pero es mío. Un lugar de mi geografía íntima plagado de repeticiones: los mismos autores, los lugares comunes habituales. Y aunque me repito, del inmenso azar que es la memoria me llega otra frase de algún modo redentora, que me exime del rencor que cierto país me genera cada vez que lo observo con un poco de detenimiento: “Digamos que uno no tiene por qué amar aquel lugar al que pertenece, sino que uno pertenece a los lugares que ama” (José Manuel Fajardo). Y así, un poco más sosegado, decido apagar la pantalla e irme a recorrer otra realidad, en esos laberintos que algunos llaman "sueños" y otros "puertas falsas", "subterfugios", "fábulas".