31 de mayo de 2013

Una estética de la minucia: los ensayos de Karla Olvera

[Dejo aquí el texto que leí durante la presentación del libro La música en un tranvía checo y otros ensayos, de la escritora Karla Olvera. El evento se llevó a cabo en el Museo del Estanquillo de la Ciudad de México, el 8 de febrero de 2012].

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Karla Olvera. La música en un tranvía checo y otros ensayos.
México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011.

El primer ensayo que leí de Karla Olvera fue el texto que me propuso para un libro que en ese momento me encontraba yo compilando sobre la obra de Carlos Monsiváis. De entre los muchos temas posibles que podían rastrearse del polígrafo mexicano, Karla eligió uno de carácter muy íntimo y que tenía que ver con una obsesión radical: el coleccionismo monsivaíta. Al recordar aquel texto en que Olvera hablaba sobre el coleccionismo como una compensación de la infancia perdida y de las notables diferencias entre los cuarios y los anticuarios, me di cuenta que su ahora primer libro de ensayos, La música en un tranvía checo… es precisamente una suerte de ejercicio coleccionista.

Lo sugiere desde el prólogo. Las citas “excéntricas” que Olvera encontró en diversos diarios literarios fueron el motor que la llevó a escribir este libro: “Decidí abordar estos hallazgos de la misma manera en que di con ellos, es decir, vagando. Los ensayos de este libro son paseos alrededor de aquellas piedras preciosas, en cuyo itinerario la imaginación es el único cicerone”. Me parece que este recolectar trozos hallados al azar, darles un valor excepcional y organizarlos de modo que adquieran un orden tentativo, son justamente las actividades constantes que un coleccionista realiza. Así, este libro me parece en principio una pequeña vitrina en la que podemos observar lo que Olvera ha resuelto y disfruta mostrarnos, un aparador repleto de citas, personajes, acotaciones artísticas, referencias a canciones o películas, que conforman su propio universo, el caleidoscopio a través del cual mira el mundo.

Para hacerlo practica ese placer tan fructífero que consiste en vincular gustos y manías disímiles. Diría que se trata de un ejercicio de asociación lúdica. Si algo caracteriza la forma de estos textos es el hecho de irse desarrollando a partir de asociaciones libres que, con ánimo juguetón, Olvera establece entre contextos disímiles y referencias culturales de todo tipo que, por lo demás, parecen no tener ningún límite. La experiencia de lectura que provoca este mecanismo es similar a la de ir viendo como se desenvuelve un manto que posee múltiples dobleces y, en la medida en que lo abrimos, con cada movimiento se nos devela una nueva imagen que le da sentido a las anteriores. Entre más avanza un texto, más se enlazan y adquieren coherencia las asociaciones diversas, las citas y los personajes aludidos.

Por ello no extraña que el ensayo haya sido el organismo literario que Olvera eligió para volver efectiva la asociación lúdica de la que hablo. Si el ensayo sigue poseyendo un valor fundamental proviene justo de ese modo, tan multiforme, de leer la realidad, desde las aristas, desde los lenguajes aún no institucionalizados, desde paisajes inacabados, en búsqueda de reflexiones compartibles. La especulación espontánea que se aprecia en La música en un tranvía checo… es similar a la que la propia Olvera observa en la vida indisciplinada y dispersa de Pessoa: se trata de una “disciplina aleatoria”, y acaso por ello, vital y muy creativa, en la cual todo parece construido a partir de una lógica extraordinaria, alucinante o descabellada. Es como si ciertas conexiones secretas se revelaran en aras siempre de lo insólito.

Enrique Vila-Matas escribió un ensayo con un título sugerente: “Se escribe para mirar cómo muere una mosca”. Vila-Matas en realidad retoma una frase de Margarite Duras quien la formuló en estos términos: “Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar cómo muere una mosca. Tenemos derecho a hacerlo”. ¿Cómo son las moscas moribundas que Olvera nos propone observar? En principio diría que son miniaturas, microscopías textuales y, a pesar de ello, observaciones significativas.

El epígrafe del libro da cuenta de ello. La cita es de René Ouvrard y dice así: “La vida está hecha de esas pequeñas alegrías cotidianas a las que uno se entrega”. El primer libro de Karla Olvera es una defensa del placer de la minucia. Anotaciones extrañas o curiosas, casas inverosímiles, detalles extravagantes… la realidad parece observada con lentes de aumento, como si la autora quisiera decirnos que la verdad (y la felicidad) no está en los detalles, sino que es los detalles. Hay una frase de Whitman que me viene a la cabeza: “The nearest gnat is an explanation”, que de modo literal sería “El mosquito más cercano es una explicación”. La traducción de Borges es (como afirma Julio Villanueva) más precisa: “Cualquier insecto es una explicación”. Tengo la impresión que ese modo de observar el mundo también le otorga un tono al libro, cierta delicadeza y parsimonia, una especie de paciencia escritural. ¿Cómo decirlo? Creo que hay acá una estética de lo sutil. Mirar a detalle implica mirar con sutileza. Y aquí mirar equivale, por supuesto, a escribir.

Si el tono es sutil y, por momentos, sobrio, también hay constantes dislocamientos, apuntes “descocados” y reflexiones extravagantes que sugieren una imaginación arriesgada. Olvera se atreve a imaginar la música que se tocó en un tranvía checo en 1910, le agrega versos a una canción de Boris Vian, vuelve a Kafka precursor de un movimiento originado una década después de su muerte (Mass Observation). Esta última lectura, fértil por el inusitado vínculo que establece, nos otorga otra de las claves escriturales del libro: los ensayos rozan las fronteras de lo ficticio y en esto pareciera seguir la lección de T.S. Eliot: hay que “escapar –no del tiempo que nos toca vivir, pues estamos atados a él, sino de las limitaciones emocionales e intelectuales de nuestro tiempo”.

Algo que sorprende del libro es el tratamiento que hace Olvera sobre los diarios de Franz Kafka, Fernando Pessoa y Virginia Woolf. Se suele considerar a los diarios como textos de no-ficción, textos que hablan de la realidad, que no mienten, pues remiten a un contexto “real”. Por ello, muchas veces este tipo de escritura queda subordinada a la interpretación de La Obra. He visto cómo en los diarios se buscan las experiencias vitales que dieron origen a ciertos libros, las intenciones de los autores en relación con poemas y cuentos, o las influencias y lecturas que los llevaron a conformar un estilo definido. Olvera no hace eso. Por el contrario, propone una lectura distinta del diario. No como texto referencial, de no-ficción, sino como texto de configuración del yo. Más que mimesis (en el sentido de copia o imitación), los diarios son para esta autora procesos de poiesis (en el sentido de creación e invención). De ahí la libertad con que son tratados los textos. No se trata de leer en ellos la vida y lo real, pues los diarios a fin de cuentas lo que construyen es una ilusión referencial. De lo que se trata es de pensar en lo autobiográfico no tanto como instrumento para la reproducción del yo, sino para la construcción de una identidad: la del escritor. He aquí la perspectiva crítica del texto. Quiero creer que al leer de esta manera, Olvera lo que hace también es encontrar su propia identidad como ensayista.

Por último, deseo hacer notar que el libro es apenas un plano que posee puntos de fuga. Me refiero a que el texto posee continuidad. Olvera ha creado un Tumblr (un tipo de blog) en el que es posible tener acceso a diversos referentes incluidos en el libro, lo cual además propicia un diálogo con los lectores. Maravillas de la tecnología: el libro, cuyo primer ensayo está escrito con una lógica matriushka, con la lógica de las cajas chinas, pareciera encontrar en otro espacio su continuidad. No puedo dejar de pensar en aquel relato de Cortázar en el cual un cronopio concibe así la realidad:
Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta.
Si el cronopio de Cortázar queda atrapado en su casa porque es incapaz de seguir una lógica pragmática que lo lleve a tomar la llave de la mesa y salir al mundo, el libro de Olvera hace justo lo contrario: nos abre la puerta que nos lleva a la llave precisa.

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Por acá, un video de la presentación:


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