En estos días he estado muy enfermo. "Gastroenteritis infecciosa", dijo la malencarada doctora, mientras mi cuerpo afiebrado temblaba y buscaba contener el malestar. ¿Han sentido ese ardor que recorre toda la superficie de la piel como si el aire quisiese torturarnos por quién sabe cuál motivo? Me maravilla el arte perfeccionado de deshumanizar a los otros: en todo el tiempo en que estuve en ese consultorio, la doctora nunca me miró a los ojos. Preguntas cortas y veloces, interrupción abrupta a la narración de mis síntomas, auscultación mecánica. Estar ahí era como sentir culpa por tener ese malestar, como si hubiese tomado, con alevosía, una serie de decisiones en contra de mi propio cuerpo para conseguir llevarlo hasta ese lugar. Tenía tantas ganas de huir de ese territorio, sin duda, infeliz.
Otra cosa, muy distinta, ocurrió en casa. Por vez primera en varios años no pasé la enfermedad de manera solitaria. Me di cuenta de pronto, no lo había pensado: tenía mucho tiempo de no sentirme acompañado en la vulnerabilidad, de no sentirme protegido. Resulta muy conmovedor el poder de las revelaciones a posteriori: la precisión con que uno ve lo que no pudo leer en su momento, lo que siempre estuvo ahí, pero no quiso uno enfrentar. Justo platicaba de eso hace una semana con mi amigo Rafa, el modo en que se transforman y consolidan los vínculos cuando nos enfrentamos a la enfermedad, cuando cuidas y sobre todo cuando alguien te cuida.
Esa es, quizá, una buena aproximación a lo que es el amor, no la pasión desorbitada y pasajera que termina por aburrir y ser insuficiente, sino simplemente la experiencia de alguien cuidando a alguien, la sensación restauradora de otro cuidando de ti. Es indecible lo que uno puede sentir por aquellos que brindan su tiempo en generar el bienestar ajeno. No es algo que deba darse por sentado, ni mucho menos. Ese apapacho, esa compañía, esos gestos mínimos: alguien te prepara un caldo de pollo, coloca sus manos en tu espalda con cariño y pide tus medicinas a la farmacia; alguien está al pendiente de la hora en que debes tomar la siguiente dosis y escucha cómo estás; alguien te consuela.
Un territorio infeliz es aquel en donde no existen los gestos mínimos, la escucha o la posibilidad del consuelo. Por eso dan ganas de huir de esos espacios. Hay política muy bien intencionada que se ejerce con maltrato y descuido. Los egos y las ganas de sobresalir abundan en medio de los discursos más críticos. Por eso cuando esas formas políticas se institucionalizan producen esperpentos. Pienso que sólo desde el reconocimiento de la vulnerabilidad inherente a cualquiera puede gestarse una ética del cuidado, una política transformadora y vínculos basados en la responsabilidad frente a los otros.
En estos días he estado muy enfermo, pero me he sentido amado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario