30 de mayo de 2010

Firmamentos

Quisiera pensar que observar el cielo siempre trae consigo un poco de alivio, que la inmensidad abre exclusas íntimas que colman los sentidos de imágenes efímeras y entrañables: nubes con formas cambiantes, manadas de aves que reptan los tapices de la tarde. Pero no, no siempre es así. Hay cielos calurosos y grises, verdaderamente asfixiantes. Y también noches sin estrellas o plagadas de enjambres brumosos. Hay también amaneceres, por supuesto, pero muchos no traen consigo fantasías celestes, sino lluvia (chipi-chipi) y augurios negros o velados...

Una dadivosa providencia permite, sin embargo, que la espera nunca se vuelva infinita. Todos aquellos cielos sin sentido deben soportarse sabiendo que habrá horizontes mejores (no más límpidos, sino de algún modo más arrebatadores). Tengo en la mente, cada vez que observo el cielo, aquel ejercicio que recomendaba Roger-Pol Droit en su libro
101 experiencias de filosofía cotidiana: hay que mirar el firmamento como si fuese un lienzo. Cuando lo hago, más que los espirales celestes de Van Gogh, espero ver algunas de esas nubes que pueblan los paisajes tormentosos y al mismo tiempo iluminados de Bierstadt; los altocúmulos de Stephens; acaso algunos cielos similares a los que retrataba Pissarro; y con suerte una de aquellas bóvedas celestes realmente insólitas, como aquella muy enigmática que le tocó a El Greco apreciar en Toledo. Por suerte, de vez en cuando, el deseo alcanza lo que anhela y algún paisaje de Turner aparece frente a los ojos y se vuelve perdurable.

He aquí de lo que hablo. Algunas imágenes tomadas, a lo largo de los años, a la expectativa de los brochazos aéreos:


1 comentario:

  1. Todas las imágenes son hermosas, muchas gracias y que tengas un bonito día.


    "El Arte es el corazón de la sangre"
    Henrik Ibsen

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