10 de junio de 2026

Gestos mínimos

En estos días he estado muy enfermo. "Gastroenteritis infecciosa", dijo la malencarada doctora, mientras mi cuerpo afiebrado temblaba y buscaba contener el malestar. ¿Han sentido ese ardor que recorre toda la superficie de la piel como si el aire quisiese torturarnos por quién sabe cuál motivo? Me maravilla el arte perfeccionado de deshumanizar a los otros: en todo el tiempo en que estuve en ese consultorio, la doctora nunca me miró a los ojos. Preguntas cortas y veloces, interrupción abrupta a la narración de mis síntomas, auscultación mecánica. Estar ahí era como sentir culpa por tener ese malestar, como si hubiese yo tomado, con alevosía, una serie de decisiones en contra de mi propio cuerpo para conseguir llevarlo hasta ese lugar. Sólo tenía ganas de huir de ese territorio, sin duda, infeliz.

Otra cosa, muy distinta, ocurrió en casa. Por vez primera en varios años no pasé la enfermedad de manera solitaria. Me di cuenta de pronto, no lo había pensado: tenía mucho tiempo de no sentirme acompañado en la vulnerabilidad, de no sentirme protegido. Resulta muy conmovedor el poder de las revelaciones a posteriori: la precisión con que uno ve lo que no pudo leer en su momento, lo que siempre estuvo ahí, pero no quiso uno enfrentar. Justo platicaba de eso hace una semana con mi amigo Rafa, el modo en que se transforman y consolidan los vínculos cuando nos enfrentamos a la enfermedad, cuando cuidas y sobre todo cuando alguien te cuida.

Esa es, quizá, una buena aproximación a lo que es el amor, no la pasión desorbitada y pasajera que termina por aburrir y ser insuficiente, sino simplemente la experiencia de alguien cuidando a alguien, la sensación restauradora de otro cuidando de ti. Es indecible lo que uno puede sentir por aquellos que brindan su tiempo en generar el bienestar ajeno. No es algo que deba darse por sentado, ni mucho menos. Ese apapacho, esa compañía, esos gestos mínimos: alguien te prepara un caldo de pollo, coloca sus manos en tu espalda con cariño y pide tus medicinas a la farmacia; alguien está al pendiente de la hora en que debes tomar la siguiente dosis y escucha cómo estás; alguien te consuela.

Un territorio infeliz es aquel en donde no existen los gestos mínimos, la escucha o la posibilidad del consuelo. Por eso dan ganas de huir de esos espacios. Hay política muy bien intencionada que se ejerce con maltrato y descuido. Los egos y las ganas de sobresalir abundan en medio de los discursos más críticos. Por eso cuando esas formas políticas se institucionalizan producen esperpentos. Pienso que sólo desde el reconocimiento de la vulnerabilidad inherente a cualquiera puede gestarse una ética del cuidado, una política transformadora y vínculos basados en la responsabilidad frente a los otros.

En estos días he estado muy enfermo, pero me he sentido amado.

13 de agosto de 2023

Escribir desde el margen*


A veces me pregunto qué sentido tiene dar clases a estudiantes de Creación Literaria y me acecha la incómoda pregunta sobre si es posible enseñar a escribir literatura, si la capacidad de reinventar la realidad tiene que ver con un talento innato, un don que ya se trae en el ADN, o si esa magia, el secreto de la ficción, es algo que se puede transmitir o heredar. Después me doy cuenta de que la enseñanza, a pesar de todos sus horrores y todas sus desigualdades, es un espacio en el que ocurren cosas inesperadas (hallazgos, comunión, puntos de quiebre), tan sorprendentes que resultan difíciles de aquilatar, básicamente porque nos abren la puerta a la posibilidad de ser distintos. En eso las aulas se parecen a los libros. ¿Qué otra cosa es la buena literatura sino justo eso: un umbral a esos otros que somos nosotros mismos?

Clara Serra, filósofa española, suele decir que la escuela es un espacio para aprender cosas distintas a las que nos han enseñado en nuestras casas. Lo cual, por supuesto, no gusta necesariamente a nuestras familias. Pero ese es justo su valor. En la medida en que ayuda a quebrantar o desobedecer ideas preconcebidas, la educación puede volverse un espacio para la libertad. Creo que pasa lo mismo con la escritura: el poder que nos otorga se deriva de las transgresiones que conlleva. Los personajes que más recordamos son aquellos que rompieron una norma, aquellos que fueron en contra de ciertas ideas, leyes o mandatos morales, para conseguir un fin más alto. Por eso, el valor de la escritura no tiene que ver con el estatus, la fama o la fortuna, sino con la posibilidad de darle sentido a nuestras vidas.

Más que escribir para tener un nombre o para hacer una carrera literaria, pienso que uno se acerca a las letras para ver el mundo con gafas distintas, para relacionarse con la realidad y con los otros a partir de lógicas alternativas, contrarias a las del narcisismo y la necedad, a las de la arrogancia y el egoísmo, a las de la incomprensión y el desprecio por quienes nos rodean. Aunque muchos escritores y muchos libros están hermanados con los peores valores de este mundo, no hay que olvidar que también hay literaturas que no han abandonado su vínculo con las humanidades. En una época en que la escritura se ha vuelto una simple mercancía y los lectores un nicho de mercado, vale la pena defender las innumerables y valiosas funciones que tienen los libros (más allá del placer estético que generan). La literatura nos permite interpretar el mundo, registrar acontecimientos, desarrollar nuestra sensibilidad crítica, los textos producen imaginarios colectivos, generan identidad, le otorgan sentido al sinsentido; lo mismo construyen memoria que desmontan los relatos del poder, atienden lo ignorado o invisibilizado,  ejercitan la denuncia, permiten vislumbrar salidas a nuestros conflictos cotidianos y dejan testimonio de nuestras vidas, volviendo inteligible lo que a la sociedad le resulta aún chocante, ajeno o difícil de comprender; en suma, la escritura nos hacen capaces de imaginar otros mundos, o para decirlo en una frase, consigue vislumbrar lo posible dentro de lo imposible. Si algo quisiera que ustedes se llevaran al marcharse de esta Licenciatura en Creación literaria es el poder que tienen en las manos cada vez que deciden hacerle un paréntesis a la realidad, tomar su cuaderno de notas y escribir lo que observan, sienten y piensan. Y cómo eso se puede volver una obra, que no es otra cosa que una propuesta de mundo, la imaginación concreta de otra realidad habitable.

Deben saber (muchos sin duda ya lo saben) que la vida está repleta de obstáculos, desengaños y dolor. Y que uno se equivoca múltiples (¡tantas!) veces. Nadie está exento de ello. La escritura no siempre nos otorga respuestas para dejar de hacerlo o para salir de los atolladeros de la existencia, pero nos puede ayudar a confeccionar preguntas más adecuadas del por qué somos como somos, o por qué llegamos al borde de ciertos precipicios. Espero que, más allá de la técnica y los recursos que aprendieron aquí, de la profesionalización que han tenido a lo largo de estos años, todos ustedes logren relacionarse con la escritura como quien descubre un territorio que nunca le deja de ser extraño y que en esa extrañeza se renueva, una y otra vez, su capacidad de asombro. Que logren asumir que vivir cerca de las letras, ya sea escribiendo textos, dando clases y talleres, editando libros, trabajando en un periódico, produciendo conocimiento sobre obras y autores, dialogando con otras artes… que en medio de todas esas tareas, sepan ustedes asumir que las palabras implican un aprendizaje inacabable, continuo y cotidiano. Y que lo mejor es siempre recorrer ese camino de enseñanzas permanentes intentando romper los límites de lo aprendido, explorando las fronteras de lo escrito, transgrediendo las convenciones de los géneros, pero también de nuestros tan fortificados prejuicios. Quizá esa sea la mejor manera de que la escritura, en efecto, nos lleve a lugares inesperados, quizá no los que deseábamos, pero sí aquellos en donde nuestra felicidad tenga oportunidad de otorgarnos destellos.



Uno escribe no en las mejores condiciones posibles. En América Latina hay una persistente, valiosa e increíble tradición de escribir en medio de la precariedad (Mondragón dixit). Por supuesto que cualquiera preferiría confeccionar textos rodeado de privilegios. Tal deseo, sin embargo, está asociado más a la búsqueda de poder que al compromiso con el lenguaje. No estoy diciendo que no hay que aspirar a vivir de una actividad vinculada a las letras, ni tampoco estoy buscando romantizar la pobreza. Lo que digo es que la precarización no debe hacernos renunciar a pensar la escritura como un recurso para humanizar la vida, ni debemos abandonar el territorio de las palabras cuando la miseria nos amenace. Piglia solía valorar a los escritores que, con cierto estoicismo, lograron conciliar trabajos de oficina con la escritura de obras de gran calado (Kafka, Gombrowicz, Eliot). Incluso si nuestra relación con la literatura es más modesta (si sólo nos ayuda a procesar emociones, por ejemplo), les diría que escribir importa (¡y mucho!), siempre y cuando siga otorgándole sentido a nuestras vidas. Y creo que eso ocurre sólo cuando escribimos quitándonos las ataduras y saliendo de la zona de confort en que tendemos a ubicarnos. Neil Gaiman decía que en el momento en que uno se siente más desprotegido, cuando nos mostramos desnudos ante el mundo, ofreciendo nuestra absoluta intimidad, es cuando comenzamos realmente a hacer literatura. En resumen: cuando escribimos desde la vulnerabilidad. Eso, pero también habría que sugerir algo más: encontrar la originalidad en aquello que nos hace únicos, distintos a los otros. He ahí donde puede nacer nuestra mirada de escritores. No buscando repetir los moldes que dan becas, los comportamientos que te otorgan amiguismos, recursos y prebendas. Sino escribiendo desde ese lugar que otros no habitan. La UACM está situada en un margen y muchas veces los profesores aspiran a que sus estudiantes logren alcanzar un centro, que escriban como quien escribe viviendo en la Condesa o en Coyoacán. Me parece un grave error. Creo, por el contrario, que en esa existencia situada, en ese margen, pueden hallar una voz que no sea algo producido en serie, sino algo insustituible. Quizá ahí se encuentra el secreto de aprender a escribir, esa magia, y el sentido de su existencia literaria.

 


* Palabras leídas a mis estudiantes en la Ceremonia de graduación de la Licenciatura en Creación Literaria de la UACM el 11 de agosto de 2023.

 

1 de junio de 2022

Un poema para decir adiós


Orfelia no encuentra un comprobante de domicilio

Elisa Díaz Castelo


 

Toco lo que me queda. Lo que habrá de quedarme.

Dios mudará de dientes. Se atenuarán los círculos,

los años. Pasará lo que pasa siempre:

el tiempo. Me abrigo desde ahora con lo que me hará falta:

la luz esa tarde en la azotea, siete campanadas

en la iglesia del cuerpo. Una hora

rodeada por la lluvia.

Mido mi discordancia. Remonto la usura.

Pronostico el final de mi nacimiento.

La ciudad se ha mudado de sitio.

Unos metros, dicen, se desplaza. Ya no está

donde estuvimos. Y no he vuelto a subir a la azotea.

Fuimos sólo esto: dos piedras sobre una barda,

nombre a nombre. Pienso ahora:

mis huesos de leche sobre tus huesos. Muerte a muerte.

Tal vez seremos siempre lo que no fuimos nunca.

No ruinas. Mapa de fracturas. Ciudad de grietas.

Mi cuerpo hormado por el tuyo. Todo lo que era blando.

Mi único. Mi siempre. La sisa de mi piel.

Incluso el tampoco, el sitio donde empiezan

las últimas veces. El acaso y su resaca de mal vino.

Alguna vez mi abuela, dentadura postiza,

dijo desde la última esquina de su viudez escueta:

escoge lo que has de llevarte. Dos o tres momentos.

La prórroga de los últimos días. Anclaje y penitencia.

Todo lo que nadie recuerda, ni nosotros. El paraíso

enterrado en el viejo jardín, mascota muerta.

De aquí hasta entonces

todo es periferia. Hubiera dicho: amor,

no te detengas. La muerte empieza

a mordisquear nuestros tobillos. Y no llegaremos juntos

a ninguna parte. Seremos sed, seremos

sedimento. Explícitos cadáveres apagados.

Calaveras dormidas

al fuego lento de los crematorios.

 

[Elisa Díaz Castelo, "Orfelia no encuentra un comprobante de domicilio", en El reino de lo no lineal. México: FCE / INBAL / ICA, 2020].

16 de diciembre de 2021

A veces uno cree que se alejan de uno y en realidad quien se aleja está interponiendo un muro entre sí y el mundo


De "Intempesta Nocte", un poema de Diana Bellesi:

 


Abolir el texto

del drama

 

La palabra liberada

de deseo deja

de ser palabra


No es a mí

a quien escucha:

Ella

sólo rastrea

un fantasma

5 de junio de 2021

Ojos estallados

Para PSR

Existen horas perforadas, oquedades huecas.
Como el insomnio -sus rincones no cobijan tus sollozos.
A veces quisieras esa persiana levantar,
pero tus ojos distinguen el olor de aquella asfixia
y cierras entonces todas las ventanas.

El sudor del aire trepa los muros que te rodean
y el final del día te retiene enfermo en cierta cama.
El aguijón de la duda hueca el timbre de la voz.
Tu ansiedad es una nube de esporas encendidas.
Y en el colmo,
la mudez de tu padre no te preparó para el silencio.

Al otro lado de la pantalla hay un único vacío.
Allá, donde se dobla la retina, el país es páramo perdido.
Pero a ti sólo te importa aquel cuarto,
la habitación que no te tiene,
repleta de vagos juramentos
-y furtivas secreciones.

¿Acaso todas las promesas migran fugitivas?
¿Acaso una palabra consigue delinear lo que pudo ser posible?
Te haces preguntas en el año de las refutaciones.
Pero la ciudad sólo arroja ecos, siluetas temerosas,
jardines disecados.

Ya todos los espejos te reflejan.
Los rostros que tuviste hoy te dan la espalda.
Ninguna mirada ayuda a sostener estos minutos.
Atraviesas con ojos estallados
el campo de minas que es tu cuerpo.

Y yo, sola, aquí, del otro lado,
en el doblez de la persiana,
tras el telón llamado espejo,
entre risas, piedad y semen,
en la habitación jurada,
sin poder decirte todos mis secretos.