Mostrando entradas con la etiqueta Huellas líricas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Huellas líricas. Mostrar todas las entradas

1 de junio de 2022

Un poema para decir adiós


Orfelia no encuentra un comprobante de domicilio

Elisa Díaz Castelo


 

Toco lo que me queda. Lo que habrá de quedarme.

Dios mudará de dientes. Se atenuarán los círculos,

los años. Pasará lo que pasa siempre:

el tiempo. Me abrigo desde ahora con lo que me hará falta:

la luz esa tarde en la azotea, siete campanadas

en la iglesia del cuerpo. Una hora

rodeada por la lluvia.

Mido mi discordancia. Remonto la usura.

Pronostico el final de mi nacimiento.

La ciudad se ha mudado de sitio.

Unos metros, dicen, se desplaza. Ya no está

donde estuvimos. Y no he vuelto a subir a la azotea.

Fuimos sólo esto: dos piedras sobre una barda,

nombre a nombre. Pienso ahora:

mis huesos de leche sobre tus huesos. Muerte a muerte.

Tal vez seremos siempre lo que no fuimos nunca.

No ruinas. Mapa de fracturas. Ciudad de grietas.

Mi cuerpo hormado por el tuyo. Todo lo que era blando.

Mi único. Mi siempre. La sisa de mi piel.

Incluso el tampoco, el sitio donde empiezan

las últimas veces. El acaso y su resaca de mal vino.

Alguna vez mi abuela, dentadura postiza,

dijo desde la última esquina de su viudez escueta:

escoge lo que has de llevarte. Dos o tres momentos.

La prórroga de los últimos días. Anclaje y penitencia.

Todo lo que nadie recuerda, ni nosotros. El paraíso

enterrado en el viejo jardín, mascota muerta.

De aquí hasta entonces

todo es periferia. Hubiera dicho: amor,

no te detengas. La muerte empieza

a mordisquear nuestros tobillos. Y no llegaremos juntos

a ninguna parte. Seremos sed, seremos

sedimento. Explícitos cadáveres apagados.

Calaveras dormidas

al fuego lento de los crematorios.

 

[Elisa Díaz Castelo, "Orfelia no encuentra un comprobante de domicilio", en El reino de lo no lineal. México: FCE / INBAL / ICA, 2020].

5 de junio de 2021

Ojos estallados

Para PSR

Existen horas perforadas, oquedades huecas.
Como el insomnio -sus rincones no cobijan tus sollozos.
A veces quisieras esa persiana levantar,
pero tus ojos distinguen el olor de aquella asfixia
y cierras entonces todas las ventanas.

El sudor del aire trepa los muros que te rodean
y el final del día te retiene enfermo en cierta cama.
El aguijón de la duda hueca el timbre de la voz.
Tu ansiedad es una nube de esporas encendidas.
Y en el colmo,
la mudez de tu padre no te preparó para el silencio.

Al otro lado de la pantalla hay un único vacío.
Allá, donde se dobla la retina, el país es páramo perdido.
Pero a ti sólo te importa aquel cuarto,
la habitación que no te tiene,
repleta de vagos juramentos
-y furtivas secreciones.

¿Acaso todas las promesas migran fugitivas?
¿Acaso una palabra consigue delinear lo que pudo ser posible?
Te haces preguntas en el año de las refutaciones.
Pero la ciudad sólo arroja ecos, siluetas temerosas,
jardines disecados.

Ya todos los espejos te reflejan.
Los rostros que tuviste hoy te dan la espalda.
Ninguna mirada ayuda a sostener estos minutos.
Atraviesas con ojos estallados
el campo de minas que es tu cuerpo.

Y yo, sola, aquí, del otro lado,
en el doblez de la persiana,
tras el telón llamado espejo,
entre risas, piedad y semen,
en la habitación jurada,
sin poder decirte todos mis secretos.