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20 de junio de 2016

Sobre la crítica literaria en México

A raíz del debate entre Heriberto Yépez y Christopher Domínguez Michael respecto a la obra de Ulises Carrión y la perspectiva política de la crítica literaria en México, Ignacio M. Sánchez Prado decidió publicar (en su Facebook) una serie de comentarios en torno a la valiosa labor de algunos críticos mexicanos que suelen pasar desapercibidos. Me dio una enorme alegría que me incluyera entre ellos. Aquí pueden leerse esos posts que Sánchez Prado escribió en días pasados:

"DIAS DE CRÍTICA LITERARIA (I)
La crítica es mi oficio y es mi pasión. Es mi trabajo y mi forma de vida. Como parte de mi pasión y de la ética que busco ejercer como crítico soy un lector dedicado de toda la crítica de mis colegas colegas, en México y fuera, académica y no académica. Por supuesto tengo opiniones y posicionamientos, pero ninguno de ellos neutraliza la estima como lector y el respeto como colega que siento hacia otros críticos a pesar de que pueda tener desacuerdos con sus posturas. Quienes me conocen pueden deducir exactamente lo que pienso en torno a la reciente polémica planteada por Heriberto Yépez sobre Christopher Domínguez Michael. Incluso, hace tiempo publiqué varios ensayos sobre la crítica. Pero decidí también hace tiempo, siguiendo el consejo de un amigo crítico, no intervenir más en esos debates y no escribir más metacrítica. Y sin embargo, lo malo de esa decisión es que vivo muerto de la frustración ante las nociones de la crítica que se barajan mucho en los debates, desde el desprecio ciego a todo lo teórico y lo académico hasta la conflación entre crítica y reseña. En respuesta a esto decidí no romper mi voto de silencio sobre el problema de la crítica por ahora escribiendo un ensayo. Pero desde ese silencio, en los próximos días responderé a esa frustración con el puro poder del ejemplo. Cada día compartiré un trabajo de crítica literaria reciente, de algún crítico literario mexicano (con algunos extranjeros mexicanistas por ahí), que me parecen ejemplares. Habrá libros y ensayos, textos académicos y no académicos. Habrá amigos cercanos, rivales y personas que no conozco en lo absoluto. Habrá trabajos con los que coincido y con los que me peleo, pero siempre son textos que creo admirables y dignos de ser leídos. Seguramente a los que me acompañen en este ejercicio no les gustará todas las entradas, pero mi punto es mostrar que hay crítica literaria buenísima que pasa por debajo del radar de las polémicas y el chismerío en redes sociales. Inicio el ejercicio cerca de casa, con Gabriel Wolfson, con quien (disclaimer) tuve el privilegio de coincidir en la UDLA de Puebla. Su ensayo "La sintaxis de Plural", que posteo abajo, muestra sus virtudes como crítico: riguroso en la investigación, conocedor de la teoría sin dejarse apantallar por ella, y de una pluma admirable. Wolfson no rehuye la polémica y su estilo siempre está en modo de debate. Aunque esto no es una reseña es, de hecho, uno de los poquísimo reseñistas que pueden llevar el rigor de su crítica investigativa incluso al texto más de ocasión. Lo pueden leer con regularidad en la revista Crítica de Puebla. (http://revistacritica.com/contenidos-impresos/ensayo-literario/la-sintaxis-de-plural-por-gabriel-wolfson)"

"DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (II)
Mucha de la mejor crítica literaria mexicana la están escribiendo críticos brillantes nacidos en los años ochenta. Son autores que todavía no emergen en los medios: muchos de ellos pasan sus días en programas de posgrado o en algún esquema de beca de ensayista. Pero ya hay entre ellos críticos brillantes. Para limpiar el paladar de las polémicas del día, hoy sugiero leer a una de estas voces emergentes: Ana Sabau. Ana, quien es profesora en la Universidad de Michigan, comienza a destacar por la enorme inteligencia de sus trabajos. Yo tuve hace tiempo la oportunidad de editarle un ensayo magnífico sobre Alfonso Reyes y tiene por ahí un texto sobre Trotsky y Cabrera Infante que no tiene desperdicio. Pero donde Ana brilla verdaderamente es en su estudio de la literatura mexicana del siglo XIX. Está por el momento adaptando su magnífica tesis doctoral (que por ahí se podrá descargar) en un libro tentativamente titulado "Revolutions and Revelations: An Archaeology of Political Imagination in 19th Century Mexico". Por lo que conozco del material será un libro absolutamente señero. Mientras tanto, comparto un extraordinario texto que escribió Ana para la serie Utopías del portal Horizontal, que muestra la calidad y rigor de su trabajo como crítica de la cultura del siglo XIX. Ana es una estrella naciente. Si fuera editor de un medio en México haría lo que fuera por ficharla como colaboradora regular. Realmente, se hablará mucho de su trabajo en los años venideros. (http://horizontal.mx/la-casa-de-maternidad-de-puebla-la-huella-de-la-utopia/)”

"DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (III)
Cuando comenzaba a trabajar como crítico, desde fuera y buscando espacios en México, tres colegas adquirían una presencia muy fuerte en medios y comenzaban a despuntar: Geney Beltrán, Rafael Lemus, Heriberto Yépez. Los tres tienen seguidores y detractores, los tres son leídos y debatidos intensamente cada vez que publican algo. Y quizá sea uno de los pocos con esta opinión, pero a los tres los admiro y respeto enormemente, por su inteligencia y la fuerza de su voz, tanto en los momentos en que encuentro su trabajo iluminador como en los que estoy en absoluto desacuerdo con ellos. Sin embargo, teniendo estas tres enormes figuras en la camada de uno tiene como consecuencia que otro tipo de voces, que florecen en espacios menos públicos y visibles no se escuchen con la atención debida. Y en honor a eso, hoy comparto un texto de un crítico de mi generación, Jezreel Salazar, cuya obra es un ejemplo de brillantez y rigor, aunque no haya tenido la proyección de mis tres contemporáneos más famosos. Jezreel es el gran heredero de Monsiváis, de quien es uno de sus mejores críticos, además de ser él mismo uno de los grandes cronistas de la literatura mexicana contemporánea. Es un crítico de trayectoria y todo lo que ha escrito vale la pena: su magnífico libro sobre Monsi, el ensayo sobre la "prosa volátil" Reyes que escribió para mi antología sobre don Alfonso, su texto en Letras Libres sobre el ensayo. Comparto aquí, precisamente, su maravilloso libro sobre Monsiváis, "La ciudad como texto", que se puede descargar de su página de Academia. Realmente un libro hermoso y brillante, de esos que uno quisiera haber escrito. (https://www.academia.edu/604535/La_ciudad_como_texto_la_cr%C3%B3nica_urbana_de_Carlos_Monsiv%C3%A1is)”

"DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (IV):
La crítica literaria en México padece desde siempre de un enorme problema de machismo estructural. En consecuencia, el oficio tiene deudas de género enormes, en muchos sentidos. Es, por ejemplo, mucho más difícil para una mujer adquirir espacios en medios literarios que para los hombres, algo patentemente obvio si se hace un simple censo de la proporción entre hombres y mujeres en cualquier publicación cultural. Asimismo, se estudian mucho más escritores hombres que escritoras, y se traducen mucho menos escritoras que escritores. Esto además suele enmascararse con una falaz narrativa de la meritocracia estética e intelectual y con esos golpes de pecho facilones que denuncian muñecos de paja como la "corrección política" o las "cuotas de género". Como lector y crítico siento mucha admiración por aquellas colegas que han remado a contracorriente de todas estas tendencias y vienen a la mente muchas figuras, como las estudiosas reunidas alrededor del grupo "Diana Morán" o aquellas colegas que, como Lucía Melgar, Patricia Rosas y Gabriela Mora, mantienen viva la llama de escritoras como Elena Garro. En honor a esta tradición, hoy recomiendo la lectura del libro "La nueva ciudad de las damas" de Eve Gil, que contiene apenas una selección de los muchísimos textos sobre escritoras de la literatura mundial que ha publicado desde hace más de una década en diversos blogs. Combativa y controversial, Eve Gil es una voz valiente en la denuncia de las políticas de género en la cultura mexicana y en dar voz desde el periodismo y la crítica a escritoras. "La nueva ciudad de las damas" (cuyo título es un guiño a "La ciudad de las damas" de Cristine de Pizan) está mayoritariamente dedicado a escritoras no mexicanas, muchas de ellas verdaderos descubrimientos que no tienen la atención debida. El libro, editado por la UNAM en 2010, merece muchísima más atención y lecturas de lo que ha recibido. No he encontrado, desafortunadamente, una copia digital del libro, pero está disponible en las librerías de la UNAM. (http://www.literatura.unam.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=294%3Ala-nueva-ciudad-de-las-damas&catid=76%3A2012)”

“DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (V):
Hacer crítica literaria en 2016 no significa solamente hacer crítica de la literatura. Significa también hacer una interpretación de las dimensiones sociales, políticas y culturales del mundo con los instrumentos de la crítica literaria. Esto es el legado de lo que hoy llamamos "Teoría", nombre que recibe el grupo heterogéneo de pensamientos sobre la modernidad, el capitalismo y la cultura iniciados en los alrededores del 68 francés y desarrollados posteriormente en escenarios como los estudios culturales británicos, la academia norteamericana y la post-autonomía italiana. Esta línea de pensamiento tiene poca resonancia en la crítica mexicana por varias razones entre las que hay que destacar el peso del liberalismo en la República de las letras (y por ende de una forma de política cultural más cercana a la anti-teoría de los nouveaux philosophes que de la teoría propiamente dicha), el fetichismo de la literatura como objeto autónomo que no puede contaminarse con lo que Reyes llamaba funciones ancilares y, hay que decirlo, una noción de la teoría como cajita de herramientas que se "aplica" esquemáticamente a los textos y que sigue teniendo una existencia a nivel de metástasis en la academia mexicana. Sin embargo, en vista del peso que el neoliberalismo tiene en México, este tipo de teoría provee un lazo esencial entre la producción escritural y la crítica al poder, tarea en la que, a mi parecer, la línea liberal no logra llevar a cabo por su timidez en la crítica ante la explotación económica y simbólica. Ante esto, hoy recomiendo la lectura de Sayak Valencia, cuyo libro "Capitalismo Gore", desafortunadamente publicado en 2010 por una editorial española de escasa circulación en México, es un libro señero en la posibilidad de hacer teoría en México. No es el único, por supuesto: vale la pena leerlo junto a libros como "Los muertos indóciles" de Cristina Rivera Garza y el reciente y brillante "La tiranía del sentido común" de Irmgard Emmelhainz. Dejo aquí un ensayo donde Valencia desarrolla su idea central: (http://hemisphericinstitute.org/hemi/es/e-misferica-82/triana)”

“DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (VI)
Todos los críticos tenemos maestros, algunos de ellos de manera formal en las universidades, otros más en conversaciones y tertulias y algunos más desde la lectura. De mis maestros formales, fueron tres los que han tenido mayor impacto: Pedro Angel Palou, Mabel Moraña y Adela Pineda Franco. Para los lectores asiduos de crítica, los dos primeros nombres son muy conocidos. Aunque Pedro Ángel es más bien un novelista, tiene al menos tres libros indispensables de crítica literaria: La ciudad crítica, uno de los poquísimos libros mexicanos en conversación con la crítica sudamericana, "La casa del silencio", libro indispensable sobre COntemporáneos que ganó en su momento el Premio Nacional de Historia y su reciente "El fracaso del mestizo" su genial historia revisionista de la relación entre representación racial, cine y literatura. Mabel es una fuerza de la naturaleza y específicamente sobre México tiene un libro indispensable, "Viaje al silencio", un libro importantísimo sobre nuestra literatura colonial. Hoy decidí compartir el trabajo de Adela Pineda Franco, quien quizá tiene menos reconocimiento, pero cuya obra crítica es de una gran inteligencia y rigor, y merece mayor difusión. Adela no tiene una obra tan copiosa, porque es una persona que valora la pausa y el tiempo, y que para mí ha sido un importante contrapunto al ejemplo prolífico de mis otros dos maestros. Adela tiene un libro, "Geopolíticas de la cultura finisecular en Buenos Aires, París y México", uno de los mejores estudios de las revistas del modernismo latinoamericano y ahora escribe lo que será el libro definitivo sobre el cine de la Revolución Mexicana. Tiene muchos otros textos (sobre Guzmán, sobre viajeros, sobre Ángel Rama y otros temas) y ninguno tiene desperdicio. Comparto hoy su maravilloso ensayo sobre el Pancho Villa de Hollywood, incluido en un libro, coeditado por ella para el Smithsonian, sobre el imaginario de binacional de la Revolución Mexicana: (en inglés: https://www.academia.edu/10956717/Hollywood_Villa_and_the_Vicissitudes_of_Cross-Cultural_Encounters)”.

21 de julio de 2011

Contra las "Obras completas" de Monsiváis



"Gatourna" de Francisco Toledo

El 17 de marzo de 2007 recibí un generoso correo electrónico de Juan Villoro. Unos días antes le había regalado mi libro La ciudad como texto. La crónica urbana de Carlos Monsiváis. Ahora que Monsiváis ha cumplido un año de muerto, lo que dice Villoro sobre unas posibles Obras Completas de Monsiváis me parece preciso. Aquí sus palabras:

Estimado Jezreel:
Acabo de leer tu libro, con gran gusto. Se trata, sin duda, de una referencia muy necesaria para seguir a Monsiváis. Uno de los desafíos de su escritura es la forma en que circula. Ha recopilado un pequeño porcentaje de todo lo que ha escrito y no lo ha ordenado de manera temática. Su probado desinterés en construir una Obra lo honra como persona -alguien más dedicado al presente que a construir su estatua-; sin embargo, esto hace que sus textos sean una galaxia dispersa. Me preocupa que entren de manera indiscriminada en unas Obras Completas. Varias veces he hablado del asunto con el propio Monsiváis, pero evade la necesidad de reunir sus trabajos de manera orgánica y temática con las bromas que lo han hecho famoso. Tu libro centra su producción en uno de sus aspectos decisivos. Gracias a tu mirada, se ordena la concepción urbana de Monsiváis. Creo que es la lectura -la recepción- de Monsiváis lo que le dará lógica retrospectiva a su estética de la multiplicidad y del fragmento, fenómeno a fin de cuentas muy benjaminiano. Tu libro es un momento decisivo de ese ejercicio.
Me parece que encuentras el tono justo para transitar del análisis social a la literatura. Mezclas con habilidad las referencias de teóricos como Berman, Sarlo, García Canclini, Reguillo, Benjamin y otros, con poetas y narradores. Naturalmente, me dio mucho gusto verme incluido en esa selección.
En fin, disfruté mucho la lectura de tu libro, que me parece esencial.
Felicidades.

Un abrazo
Juan Villoro

Como afirma Villoro, parece peligroso realizar una edición de sus Obras completas, no sólo porque el proyecto sería abrumador y posiblemente inacabable, sino porque temo que la consecuencia inmediata sería dejar de leerlo. Ahí está el caso de Alfonso Reyes, cuyas Obras completas (editadas por el Fondo de Cultura Económica) fueron al mismo tiempo una consagración y un alejamiento del público lector. En ese sentido hay que considerar que Monsiváis ejercía una autocrítica despiadada, lo que le impedía llevar muchos de sus textos periodísticos al formato de libro; unas Obras completas irían en contrasentido a este empeño por la autocrítica y el cuidado de la forma. Además, estaba en el carácter rebelde de Monsiváis ese afán de no dejar una obra concluida, sino todo lo contrario; Monsiváis buscaba dar cuenta de la contemporaneidad a través de una obra fragmentaria, fugaz y siempre modificable.
En “Monsiváis después de Monsiváis”, un texto publicado días después de su muerte, Rafael Lemus escribía lo siguiente:

No vale la pena hacerse ilusiones: ni siquiera el trabajo más meticuloso logrará reunir la mayor parte de la obra de Monsiváis. Sencillamente no hay manera porque más o menos la mitad de su legado es intangible […] En vida Carlos Monsiváis no necesitó ordenar sus escritos en un corpus coherente y unitario para construir una de las obras más destacadas de la cultura mexicana; ¿por qué habría de necesitarlo en la muerte? […] ¿No sería mejor librarlo del trato reservado a los Grandes Autores Nacionales y dejar que su obra se conserve y propague a través de, digamos, antologías sesgadas e inventivas?

Concuerdo, en esto, con Lemus. Si algún día se editan sus Obras completas, será ya un modo de traicionar el espíritu que animó a Monsiváis a ser lo que fue: uno de nuestros mayores heterodoxos.

31 de mayo de 2010

Adriana González Mateos sobre "Sentido de fuga"

Dejo aquí el texto que leyó Adriana González Mateos durante la presentación de mi libro Sentido de fuga. La ciudad el amor y la escritura.
 * * *

Sentido de fuga, de Jezreel Salazar
por Adriana González Mateos


Un hombre trata de empacar sus cosas en un maletín. Dobla pantalones, camisas, corbatas reducidas a un pequeño rollo, un after-shave, las bolas de los calcetines. Sigue con una mesa, la cama, el árbol cuyas ramas profundizan la ventana. Pese al afán perfeccionista con que confecciona sus dobleces, comprueba que ya no le cabe el trozo de banqueta por donde acaba de pasar un perro. Se siente impotente al contemplar el maletín: quizá en una esquina pueda acomodar aún el refrigerador. Atribuye virtudes redentoras a este ejercicio que cumple con rigor y seriedad: de alguna manera sus empaques salvan a la ciudad. Algo, sin embargo, lo incomoda. Quizá aún podría intentarlo, hallar la manera de incluir el anuncio espectacular que obstruye el horizonte. Afuera, maléfica y obstinada, la ciudad se multiplica, decidida a no engendrar jamás una calle igual a otra. El hombre se repone de su desaliento y toma la única decisión posible: vuelve a empezar.

            Tal vez algo así es el oficio del cronista, practicado por tantos en esta ciudad. Jezreel Salazar se empeña en definirlo como si no supiera que este género cambia de forma apenas alguien cree atrapar una de sus patas. Por eso sus definiciones se equilibran entre el rigor de un académico y la cautela de un ensayista amante del fragmento y de la miniatura. Un estudioso que acumula referencias y va construyendo a través de estas páginas su autoridad como experto en el tema, a la vez que reflexiona sobre su actividad como cronista, en un esfuerzo por darle un sentido. En el centro de este libro hay una convicción que se va afinando y reformulando pero podría resumirse en frases como éstas:

“Describir, inventar y leer la urbe es una forma de vivirla y habitarla. Es también un modo de concebirnos a nosotros mismos. Dice Gustavo Remedi: nos transformamos en los (espacios) que habitamos y construimos los espacios que reflejan lo que somos”. Por ello, escribir es un acto de resarcimiento. Provee señas, referencias, marcas interiores que vuelven habitable un exterior hostil. Al hablar de la ciudad y entablar una relación imaginaria con ella, la edificamos, e indirectamente, nos construimos a nosotros mismos” (111)

Durante tal construcción este cronista no se limita a recorrer la ciudad y a dar cuenta de lo que en ella sucede, pues emprende el paseo armado con los instrumentos de observación adquiridos en lugares como la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Son a la vez herramientas de observación y análisis, adornos y señas de identidad que permiten reconocerlo como un intelectual. Su caminata es la de un hombre culto que se complace en relacionar lo que ve con las palabras de Baudelaire o de Borges o de John Berger o de María Zambrano; la suya es una ciudad letrada. El esfuerzo por darle sentido a la ciudad es también el de construir para ella una armazón de referencias y relaciones intelectuales que la hagan reconocible, pero él entendería este reconocimiento como una lectura, diría que reconocer es leer, y leer es ubicar la ciudad dentro de una tradición intelectual a la vez latinoamericana y cosmopolita: no es un mero paseante, es un flaneur. El cronista de Jezreel Salazar ve, reconoce y lee la ciudad desde una ubicación de clase cuidadosamente construida en cada uno de los textos, que así definen también a sus lectores.

Una marca sobresaliente en la construcción de esta genealogía intelectual es su heterogeneidad, su decisión de mezclar a Rilke con Juan Gabriel. El cronista asiste tanto a una exposición de la escultura de Chillida como al Tecnogeist, encuentra que las prostitutas de la Merced son peripatéticas, remata la crónica de una fiesta de quince años con una cita de Lichtenberg. Ejerce así un humor basado en el colapso de las distinciones entre lo que alguna vez se llamó “alta cultura” y la cultura popular, en un permanente cuestionamiento de la relevancia actual de ambas, de su viabilidad como expresiones culturales vivas. Comprueba que las irreverencias del pasado son los monumentos de hoy, como en la crónica sobre la celebración del mural efímero de José Luis Cuevas en la Zona Rosa, un ejemplo más de cómo en esta ciudad lo que alguna vez fue móvil se transforma en piedra, como los prestigios culturales son fugaces y fluctuantes, como la irreverencia tiende a lo monumental.

            Esta voluntad de mezcla y de impureza es rasgo definitorio de la crónica, que alberga lo mismo citas poéticas que trozos narrativos o apartes académicos o pasajes ensayísticos. Por eso es género idóneo para hablar de la ciudad, capaz de transformarse como ella en un permanente esfuerzo de antemano derrotado, el de dar sentido al caos, que siempre producirá monstruos capaces de escaparse. De esta carrera la crónica obtiene su vitalidad y el cronista el placer de refinar sus definiciones procurando precisar este género impreciso:

Al reflexionar sobre su propia labor, José Juan Tablada escribió que el estado habitual del cronista consiste en el desconcierto de la elección (l’embarras du choix): “su conciencia baraja un caos de placas impresionadas varias veces, donde los asuntos se yuxtaponen y se confunden”. Escritura nacida de un diálogo vital con el conflicto –conflicto social a la vez que caos interior-, la crónica busca decir lo que la realidad esconde en torno a sí misma. De ahí que leer sea como rescatar en los ojos de otro la luz que a uno a veces le hace falta. La crónica realiza esta labor a través de un proyecto dialógico donde las voces de la otredad inducen al diálogo posible. (81)

          De ahí su naturaleza fragmentaria. La ciudad se define como inabarcable, demasiado inmensa y compleja no sólo para el cronista, sino para sociólogos, politólogos, mercadólogos que en vano orquestan estrategias diseñadas para ejercer algún control sobre ella. La crónica se resigna a dar cuenta de un rincón y de un momento, del aspecto de algún participante, de la impresión fugaz. El cronos que forma su etimología la destina a ser pasajera e incompleta: "Tarea de la crónica: borrar las heridas de la ciudad. Sobre estas cicatrices es que la crónica erige su forma". (151)
 
            Por esa naturaleza dialógica y por este gusto por la cita y la referencia, la escritura del cronista se va volviendo a la vez personal, compartida con otros y anónima. Al decir con sus propias palabras inevitablemente usa las de alguien más. Si en la ciudad más enorme la experiencia única es vivida a la vez por cientos de miles de personas, la voz del cronista se despoja de los rasgos que lo atan a lo individual para reconocerse como parte de una multitud. Sus experiencias más íntimas, como fumar mota en las islas, se reflejan en las miríadas de espejos que son los ojos de los otros que han repetido los mismos actos en los mismos sitios. Mirada personal sobre la ciudad que trata de hacer habitable, la crónica es el registro de una experiencia colectiva.

            Se ha hablado mucho de la ciudad y de la escritura, pero poco del amor. Jezreel Salazar apenas lo menciona, aunque lo use para titular el libro. Allá por la página 124, “bajo el templete de un banco, una mujer espera las caricias de mis manos frías”. Apenas si hay otras dos o tres pinceladas por el estilo, aplicadas más por oficio literario que por necesidades de lo que se narra. Quizá, como quería Borges, en una adivinanza la única palabra prohibida es la que alude al misterio que se oculta. Quizá la complejidad de la crónica y el caos de la ciudad son dos metáforas tímidas, apenas aproximadas de la experiencia amorosa. El libro acaba siendo una desviada, tímida declaración de amor a la ciudad, a la vez que un recuento de su vida cotidiana. Jezreel Salazar evita los temas consagrados por otros cronistas: no asiste a marchas políticas, no pretende hacer un relato de la sociedad que se organiza ni de los acontecimientos que marcan la historia de la urbe. En cambio, relata los sinsabores del trato con sus vecinos, sus andanzas en busca de un empleo, dando a la crónica un giro hacia lo íntimo. El registro de las cicatrices de la ciudad se esmera en esta búsqueda de las dolencias comunes y corrientes que afligen a los simples mortales en un día cualquiera, ésas que se vuelven invisibles de tan obvias pero constituyen la vida de sus habitantes y el latido de su cultura. La crónica se convierte en una lupa que detecta lo desdeñado por otros cronistas, lo que muchos novelistas no se molestan en mirar, lo demasiado trivial para los poetas. Un diario de la vida en la ciudad que quizá sería desdeñado por muchos editores amantes de los géneros consagrados, pero se va convirtiendo en una necesidad vital de quienes la vivimos, la amamos y la padecemos todos los días.

23 de enero de 2010

Rossana Reguillo sobre "La presencia imprescindible. Ensayos sobre Carlos Monsiváis"

Dejo aquí el texto que leyó Rossana Reguillo durante la presentación de La conciencia Imprescindible. Ensayos sobre Carlos Monsiváis en la FIL 2009.
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La conciencia imprescindible. Ensayos sobre Carlos Monsiváis. Introducción y compilación de Jezreel Salazar. México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008, 314 p.


por Rossana Reguillo


 
 
Dedicado a mi finada (vede)TINA (aco)Modoti, guerrera gatuna 
y admiradora de Miau Tse Tung, que deseó emparentar toda su vida con Catzinger


Además de una “conciencia imprescindible”, la de Monsiváis es una conciencia omnisciente, ubicua, generosa y deslumbrante diría yo y me atrevo a decir que hoy, al único mexicano que le cabe el país de sur a norte en la cabeza y en el corazón es Monsiváis.

Cuando leí este libro hace unas cuantas semanas, me pregunté cuántos ensayistas se necesitan para documentar lo que este cronista, escritor, ensayista, coleccionista, ha producido a lo largo de su riquísimo y fecundo trabajo… y, sin ánimos de aportar una respuesta, pensé que la pregunta estaba mal planteada y que quizás la interrogación válida, sería qué es lo que ha generado Monsiváis que suscita una obra de esta naturaleza, en la que 17 jóvenes ensayistas y escritores se dan a la tarea de armar su propio mapa monsivarita. 17 “pequeñas” cartografías que nos acercan, como en un caleidoscopio a la complejidad y vastedad de un “repertorio infinito” como lo llama Salazar.

Veámos la estadística: 10 hombres (incluido el compilador) y 7 mujeres, a los que reúne más allá del hecho “generacional”, el asombro y el intento por descifrar ese enigma perpetuo que es Monsiváis; 17 ensayistas en “edad de merecer”, es decir en la etapa de construir su propio espacio enunciativo y su lugar en la intensísima producción editorial mexicana; 17 sujetos y sujetas, del norte, del centro y una parte mínima también del sur, ya premiados y en plena “escribidera”; 17 miradas que por su heterogeneidad ratifican quizás que cada uno de ellos y de ellas, ha logrado apropiarse a su manera, de ese compendio nacional que llamamos Monsiváis; 17 modos de encarar una misma pregunta: la polisemia Monsivariana.

Siempre he pensado que aprendemos a pensar dentro de ciertas tradiciones y en ese sentido, pese a la diversidad de estilos y enfoques adoptados para aproximarse a la figura y la obra de Monsiváis, los 16 capítulos y la excelente presentación de Jezreel Salazar, me permiten plantear algunas mínimas hipótesis: a) la potencia de la herencia monsivarita en las nuevas generaciones de escritores; b) la centralidad de la tradición del pensamiento crítico, abierto y ensayístico que hunde sus raíces en las figuras del Ateneo de la Juventud, en Reyes muy principalmente; y c) la importancia de la cultura popular como mapa y referente, como tema y fuente, como símbolo y escritura.

Quizás, es cierto que como planteaba Monsiváis y ratifica en su introducción Salazar, estas nuevas generaciones serán capaces de llevar a otro terreno, la “sensibilidad solemne” que al propio Monsiváis le tocó como herencia directa, pero también es cierto –y en ello, discrepo con el maestro-, él mismo ha sido capaz de imprimir a su obra, no solamente un sello desolemnizador , sino la huella vital de un pensamiento vivo, crítico, capaz de interpelar a los postsesentayocheros y seguir emocionando a los “punchis-punchis” de los postochentas, como puedo testimoniar sin dificultad.

Quién no ha acudido a la Wiki-Monsi o a la Monsipedia, para entender tramos y trazos fundamentales de nuestra historia matria o, fragmentos de la cultura popular, del cine, de la lucha, del espectáculo y la música; quién, cuál, no ha aprendido de las gestas sociales y políticas de nuestra siempre en fuga democracia, quién no ha decidido estampar su firma al lado del imprescindible “abajo firmante” que ha sido Monsiváis desde el Golpe de Estado en Guatemala en 1954 (que según me contó, fue su primera firma en un desplegado y su inauguración en su ya larga trayectoria como “abajo firmante”). Por ello, el título de este libro: la conciencia imprescindible no podría ser más adecuado y “diciente”.

Cuatro apartados componen el volumen y cada parte es a la vez un todo que articula y formula una dimensión (de las muchas posibles) de Monsiváis: Tradiciones de la escritura, cuya fortaleza es trascender lo meramente descriptivo y arriesgar hipótesis en torno a la obra del autor; Evoluciones intelectuales (a mi juicio, la parte más robusta del libro), en la que a través de 3 excelentes ensayos, se analizan los propios recorridos intelectuales de Monsiváis y la centralidad en su obra de las batallas liberales y el laicismo. Desciframientos críticos, un interesante itinerario por los más variados objetos de atención del observador-cronista-coleccionista: la ciudad, la lucha, el lenguaje, los objetos que llenan el vacío y lo pueblan de significados, arman para el lector un cuadro de tipo escheriano, cuyo vector principal, es la pasión contenida en esas “obsesiones” monsivaritas que son convertidas en saber. Y, la última parte, Retrato múltiple, que logró sorprenderme, dado que había sido casi tradición que fueran los pares de Monsiváis (Pitol, por ejemplo), los que nos entregaran retratos del autor. Los instrumentos de conocer y de mirar de estos jóvenes, resultan en un Carlos Monsiváis, sino distinto, sí más complejo y festivo; más cercano y al mismo tiempo, mucho más codificado, lo que generará sin duda, otros libros sobre este libro, en una semiósis infinita cuyo vértice es la inacabable obra de Monsiváis.

Al final de mi lectura, que es personal, subjetiva, interesada y sobre todo, cómplice (por dos cuestiones claves, me declaro entusiasta nativa de la tribu monsivarita y, me declaro absolutamente fan del trabajo de los jóvenes en quienes encuentro siempre, inspiración y aprendizajes), encuentro tres preguntas para plantear:

a) ¿Es posible una lectura generacional de Monsiváis? Es decir, lo que este libro hace es el intento por reconocer de manera crítica una herencia. Una generación “Conaculta” (sin tintes peyorativos) que se ha formado en lo mejor de nuestras tradiciones críticas, que ha sido profundamente activa en la construcción de espacios editoriales que van más allá de la enunciación preciosista. Pero al centrar el libro de esta manera, me pregunto si no se pierde la posibilidad de entender los giros, los cambios, las tensiones y conflictos en la transmisión del saber en torno al ensayo y a la crónica en México. Echo en falta las voces de las generaciones intermedias, aunque eso es cierto, es otro libro.

b) En un espacio público plagado de profetas y todólogos, donde la opinocracia gana terreno al pensamiento crítico, ¿serán suficiente contrapeso las voces de una generación menos solemne, más desenfadada, menos proclive al espacio público político?, ¿quién se hace cargo de esa herencia y de esa tradición que busca(ba) intervenir el debate nacional? ¿Disputar hegemonía en el espacio público, como lo ha venido haciendo Monsiváis, será visto por las nuevas generaciones como actos que desbordan la creación literaria y ensayística, como un exceso estridente?, ¿hacia dónde muta el espacio de la opinión crítica en México?

c) y, ¿Sería posible hacer un libro de este calibre y con estas preguntas, extensivo a América Latina?, se produce silenciosa pero aceleradamente una desdensificación del tejido y los vasos comunicantes en la producción literaria, humanística y cronística en el continente. Monsiváis, lo sabemos, ha sido una pieza fundamental en el profundo y rico debate en torno a “lo latinoamericano” y él mismo, en sus “evoluciones intelectuales” ha sabido dialogar con los grandes de la región. Me pregunto, de qué manera las transformaciones radicales en la industria editorial, en los programas de estudio, en el modo de encarar la tarea creativa, impactarán en la posible o no, rearticulación de la tradición crítica latinoamericana. Dónde están, quisiera preguntarme, los pares latinoamericanos, de estos 17 jóvenes ensayistas, literatos y cronistas.

Por ahora es tiempo de celebrar que este libro viene a cumplir un papel fundamental: ofrecer un retrato de época del imprescindible y preciso, del principal de la cultura en México. Y, por supuesto, a decir en voz alta un merecido homenaje. Felicidades.

Guadalajara, 29 de Noviembre de 2009.

27 de noviembre de 2009

Juan José Reyes sobre "Sentido de fuga"

Dejo aquí la reseña sobre mi libro Sentido de fuga. La ciudad el amor y la escritura que apareció en en Siempre! el pasado 9 de agosto de 2009.
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La ciudad inatrapable
Juan José Reyes

La ciudad, como antes los mares, tiene poder para que quienes cruzan por ella o la habitan no puedan controlar su impulso de interpretarla o al menos de registrar los hechos o los sueños o las sensaciones o los sentimientos que ella misma suscita. Es sitio de aventuras y de pasmos, de sobresaltos y monotonías, de dramas y de fiestas, de seguros amores, de traiciones, de corrupciones y de esperanzas, de aliento y camaradería, de susto y duelo, de deseos y cicatrices del deseo. Hacen crónica de la ciudad sobre todo los jóvenes escritores, remarcando su impulso de poseerla y su certeza de que es inatrapable y por eso mismo tan seductora.
Con este libro Jezreel Salazar, nacido en 1976 en la Ciudad de México, ganó el Premio de Crónica Urbana que cada año otorga la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Tal es un premio joven que rápidamente va ganando fuerza, a juzgar por los trabajos de sus ganadores (el primero de ellos es un libro espléndido de Magali Tercero). El de Salazar también es un magnífico conjunto de textos que muestran tanta sorpresa ante el mundo chilango como ilusión y desencanto, siempre desde una firme capacidad de expresar lo que se registra. Aquella firmeza da soltura a la prosa de Salazar, bien construida, fluida, en ocasiones brillante.
Y más allá del registro de los hechos, o más acá, desde el fondo mismo del autor y de esos hechos, surge una mirada que todo lo condensa y que muy probablemente puede ser compartida por todos los lectores o por un buen número de ellos. Escribe Salazar por ejemplo: “Sí, la ciudad es un dolor del que no podemos librarnos, un lazo que no poseemos pero del que formamos parte, la trampa de la que es imposible escapar: un sino, una condena. Como en la historia de Edipo, la amamos pero nuestro amor la llevará a la muerte. Somos sus hijos y estamos condenados al matricidio erigido sobre el deseo y el cariño. Es verdad. No le tenemos compasión”.
No nos tenemos compasión, pudo escribir el autor. Y no lo hacemos porque al parecer no podemos ya mirarnos en nuestro propio espejo. Cuando lo hacemos nos hallamos perdidos, solitarios en la muchedumbre… a menos que tomemos la palabra y emprendamos el camino del recuerdo de lo inmediato, como tan bien ha hecho el mismo Salazar.

Jezreel Salazar, Sentido de fuga (La ciudad, el amor y la escritura). México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México (Crónica Urbana), 2009; 180 pp.