Me asomo a la ventana. No hay avenidas. Tampoco casas. Persiste, sin
embargo, el rumor urbano.
No es la ciudad: yo soy el fantasma.
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29 de junio de 2012
24 de abril de 2012
La asfixia
No recuerdo el color del caballo, pero sí el golpe contra el coche y mi padre intentando salir de ahí, hundido ahí, en la negra sangre que la tarde le inyectaba al cielo de aquel día desgraciado.
Tiendo a bloquear los detalles de los momentos más infelices o humillantes que he sufrido, pero no los de esa mañana infinita en que dos caracoles aparecieron en las hojas de la planta que adoraba mamá; aquel helecho de gruesas nervaduras moteado con tonos vívidos y amarillentos. No me llamó la atención la velocidad inmóvil de su prisa, sino los destellos que emitían sus cascarones cafés salpicados de rayas blancas. Destellos que eran parecidos a los que, en ciertas circunstancias, las gafas de mi padre proyectaban sobre mis ojos. Como cuando me cargaba y le daba vueltas al mundo, o a mi cuerpo, en el patio de la casa familiar, y yo me sentía un ser alado, un navío a punto de despegar, cuya ancla eran mis brazos unidos a los brazos de mi padre, que en esos instantes me parecían la única salvación posible, la existencia en su más pura realidad.
Pero vino el estremecimiento, aquel caballo, la velocidad con que ocurren los hechos verdaderos, mi padre dentro y la asfixia.
Tiendo a bloquear los detalles de los momentos más infelices o humillantes que he sufrido, pero no los de esa mañana infinita en que dos caracoles aparecieron en las hojas de la planta que adoraba mamá; aquel helecho de gruesas nervaduras moteado con tonos vívidos y amarillentos. No me llamó la atención la velocidad inmóvil de su prisa, sino los destellos que emitían sus cascarones cafés salpicados de rayas blancas. Destellos que eran parecidos a los que, en ciertas circunstancias, las gafas de mi padre proyectaban sobre mis ojos. Como cuando me cargaba y le daba vueltas al mundo, o a mi cuerpo, en el patio de la casa familiar, y yo me sentía un ser alado, un navío a punto de despegar, cuya ancla eran mis brazos unidos a los brazos de mi padre, que en esos instantes me parecían la única salvación posible, la existencia en su más pura realidad.
Pero vino el estremecimiento, aquel caballo, la velocidad con que ocurren los hechos verdaderos, mi padre dentro y la asfixia.
6 de agosto de 2011
El juego de la luz
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| "Espectro" por Nely Maldonado |
"A mí el aire sutil de mi gran ciudad me descubrió de nuevo (como si esta vez lo hiciera sólo para mis sentidos) todo un mundo de alegría serena cuyo valor esencial estaba en la realización perenne del equilibrio: equilibrio del trazo y el punto, de la línea y el color, de la superficie y la arista, del cuerpo y el contorno, de lo diáfano y lo opaco. El contraste de las sombras húmedas y las luminosidades de oro me envolvía en la caricia suprema que es el juego de la luz" (Martín Luis Guzmán)
15 de noviembre de 2010
Lost in... Somewhere

Resulta que las personas me observan en sitios y no me saludan. O lo contrario: se acercan a sujetos que al final resultan no ser yo. La sensación constante de estar en otra dimensión me persigue. Alguien me cuenta que estuvo a las mismas horas que yo en cierto lugar y ninguno de los dos cruzó los ojos con el otro. Habito un paraíso donde mis pares no existen, del que mis afines están excluidos. Sólo me rodean extraños.
También hay otras formas de la vida doble. Por ejemplo, el viernes fui a ver Somewhere, de Sofía Coppola en la Cineteca Nacional. Hace un rato una amiga me escribió que me vio aquel día, pero iba a lo lejos y yo estaba a punto de subir a mi automóvil. También me dijo que tuvo una sensación extraña, como si yo me hallara por alguna razón en otro mundo. Otra amiga más me vio en el mismo sitio, todavía en la sala, desde unas filas más atrás de donde yo observaba la cinta. Me llamó por mi nombre al terminar la película, pero no la escuché. Esperaba verme afuera, pero me esfumé rápido. Eso dijo. De todo esto yo no me percaté en un solo momento. No sé si yo soy el fantasmal o es el mundo que me rodea.
En algún lugar de la ciudad alguien, estoy seguro, revisa mis pasos, los imita o los mejora. Muchos me han hablado de mi doble. “Te vi en La Botica, pero no me pelaste cuando te hice señas”. Sé que soy despistado, pero suelo tener buena memoria y recuerdo haber estado en otro lugar, en algún lugar distinto de la ciudad. De pronto pienso que es esta ciudad la que me juega quimeras de la reproducción, la que me hace vivir este desdoblamiento, como si habitara en una superficie repleta de espejos. Un día, caminando sobre Insurgentes y San Luis Potosí, cerca del Mama Rumba, un hombre me gritó desde el otro lado de la calle, estacionó su coche en una esquina, dejándolo con las intermitentes encendidas, cruzó Insurgentes, corriendo hacia mí… temí lo peor. Al llegar y observar con detenimiento mi rostro, me dijo: “Ay, perdón, estaba segurísimo que eras alguien más. ¿No eres José Luis, verdad?”
Cuando me ocurren este tipo de cosas me siento perdido, como si hubiese extraviado algo. Como si el desdoblamiento imaginario me arrebatara una parte de la vida. Un día me ocurrió un encuentro extraño que ya he relatado en otro lugar. Fue en el metro, esa morada de la casualidad, es decir ese azaroso lugar donde vive y se cifra el destino. Ambos andenes se encontraban atestados de personas en espera de sus respectivos convoyes. Supongo que entre el calor y el hedor de los cuerpos arrejuntados, uno pierde toda referencia individual. La multitud desvanece las particularidades, la personalidad queda consumida. Por unos segundos pude verme, de frente, como en un espejo. Antes de la llegada del tren estaba ante mí, del otro lado de las vías, mi alter ego, dispuesto a desaparecer rumbo a Cuatro Caminos. Mientras me dirigía hacia Tasqueña, luego de perder su cuerpo entre la multitud y los vagones, imaginé a mi otro yo viviendo mi exacta vida en sentido contrario.

Cuando conoció esta historia, un amigo me mandó el siguiente relato:
* * *
El monstruo en el espejo
A Jez, el verdadero autor.
A Jez, el verdadero autor.
Entro al metro con una sensación borgeana en el estómago. Tengo el presentimiento de que me adentro en un laberinto y de que es posible que me pierda entre los túneles, o que mi tren quede atrapado en uno que constituya una circunferencia perfecta y me vea condenado a viajar eternamente. Pasando el torniquete me doy cuenta de que el laberinto es de caras, una marea de rostros en la que la propia identidad se pierde para dar paso al enjambre, una sola entidad moviéndose a su propio compás.
En el andén espero. Naturalmente, el tren está atrasado y eso me da oportunidad de observar a los de enfrente, que también aguardan nerviosos. Del otro lado está más vacío, una regla básica de la mala fortuna, como el pan que siempre cae del lado de la mermelada. Mi vista recorre de rutina las faces apuradas, ojos en los relojes y cabezas que se inclinan para dirigirse expectantes hacia la boca del túnel, invocando con su mirada magnética la aparición de los vagones. De pronto me detengo. Justo frente a mí, cara a cara… ¿podrá ser? Los lentes, la cola de caballo, el saco parchado… todo me delata: soy yo mismo. Me mareo. Pienso que mi mente exagera la desindividuación, que proyecta la identificación con la manada y la materializa en un cualquiera. Pero un nuevo vistazo no desaparece el espejismo, ahí está él, yo, negándome la duda. Tiene la misma expresión que el resto, se remuevo en su sitio, meto las manos a las bolsas, muevo una rodilla en dieciseisavos. Tan subsumido en su realidad que no me noto de este lado, observo al resto de sus compañeros de orilla, ignorante de ser objeto de más profundo examen. Mis mismos gestos los ve el que está del otro lado, el que entré con una sensación borgeana en el estómago. Veo, y él tras de mí, a una mujer sobresaliente, “Qué guapa” piensa. Siempre el mismo desencuentro, miles de féminas que son la misma por ser tan irreales como yo y el otro, carentes de estatuto ontológico hasta ser escupidos de vuelta por los torniquetes. Pero no hay tiempo para metafísica, se impaciento, toma el portafolios para apresurar la entrada a un espacio que aún no llega. Lo dejo de nuevo, no hay caso, otra vez el metro lo ha dejado plantado. Maldigo y desespera al mismo tiempo; ése que soy él se ríe sin que me entere, me creo tan divertido visto desde fuera que olvida su propia prisa. El reloj se mueve lentamente, y yo viéndolo, piensa que por lo menos los demás deberían ir al mismo ritmo.
Un silbato providencial lo distrae: las sierpes rodantes se acercan. Todavía alcanza a volverme a ver, calculando el sitio exacto en el que se detendrá la puerta. Subimos en direcciones opuestas, y tiene miedo de chocar consigo mismo entre la multitud. Al arrancar le viene la desagradable sospecha de que vive en sentido contrario, y que quizá sea el otro el que vaya en la dirección correcta. Yo, no me inmuto.
* * *
Mañana iré nuevamente al cine o saldré a recorrer calles en bicicleta, abriré un periódico sentado en un parque y voltearé a ver a los conductores de otros autos cuando me halle en el tráfico. Si vuelvo a encontrármelo, esta vez (quizá esta vez) lo increparé, le preguntaré qué es de su vida, cuál es el sentido de esta persecución, porqué las bifurcaciones y las réplicas. Y quizá con ello (tengo la esperanza) me abandone esta sensación de poseer dos vidas, esta ansia esquizofrénica en donde yo soy el único que siempre se halla fuera.
28 de octubre de 2010
Descifrar la voz
Hay enigmas habituales y no por ello menos dolorosos. Después de cierto tiempo, uno aprende a reconocer lo que ocurre del otro lado del teléfono. Veo cómo alza el auricular y escucho su tono de voz. Entonces sé quién está en el otro extremo de la línea. La distancia se descifra mientras se agudizan mis sentidos. En parte son sus gestos, el modo en que mira el horizonte o aprieta los labios. También acaso el cruce de las piernas o el movimiento rítmico del calzado sobre el piso. Y la voz, que puede ser grave, impaciente o dulce; incluso en ocasiones de un registro antiguo, casi infantil. Entonces descubro que habla con su padre, con el contador o con su mejor amiga. También a veces entiendo que al otro lado se halla una voz enemiga.
19 de junio de 2010
Sueños ajenos
De noche, uno vive vidas que no imagina. Supongo que en el ámbito de los sueños, no resultan extrañas las coincidencias ni la ubicuidad. De cualquier modo me pregunto si pueden derivarse conclusiones del mundo onírico.
Últimamente he sido protagonista de varios sueños ajenos. Hace no demasiado mi cuñada me llamó por teléfono para contarme que me había soñado estando en la playa, vestido como todo un sportsman (lycras, tenis, playera ajustada...) y que le hablaba sobre las múltiples actividades físicas que había estado realizando en las fechas recientes, como si fuese un body-builder total, un verdadero metrosexual al que le interesan las dimensiones corporales, el tamaño del bikini de su chica, la tonalidad de los músculos, el brillo y color de la piel…
Totalmente alejado de esta imagen resulta otro de los sueños en donde aparezco. Éste me lo contó mi hermana, Helem, hace un par de semanas. Básicamente me soñó “muy feliz”, con rostro alegre, luego de practicar rituales heterodoxos y esotéricos, al interior de una iglesia protestante. (¿Subconsciente ansiedad transgresora?)
Otro amigo, Marco, me llamó ayer para contarme la súbita visita nocturna que le hice. Soñó que íbamos a cenar a un lugar llamado “La Cueva”. Se comía bien, según recuerda, y estaba ubicado en Coyoacán, el lugar en donde ahora vivo de manera temporal. Al terminar de cenar, salíamos a caminar pero lo hacíamos de un modo singular: en lugar de ir sobre la acera, avanzábamos colgados de las rejas de las casas. De acuerdo a lo que me dijo, lo más significativo del sueño es que yo no tenía lentes. Como si me hubiera despojado de una máscara.
Aunque no logro conciliar las distintas imágenes de mí mismo que se hallan presentes en estos sueños (¿fisicoculturista-religioso carente de miopía?), no me resisto a pensar que aquellas vidas posibles acaso serían menos monótonas, y quizá más provechosas, que la que en estos días busco sobrellevar.
Últimamente he sido protagonista de varios sueños ajenos. Hace no demasiado mi cuñada me llamó por teléfono para contarme que me había soñado estando en la playa, vestido como todo un sportsman (lycras, tenis, playera ajustada...) y que le hablaba sobre las múltiples actividades físicas que había estado realizando en las fechas recientes, como si fuese un body-builder total, un verdadero metrosexual al que le interesan las dimensiones corporales, el tamaño del bikini de su chica, la tonalidad de los músculos, el brillo y color de la piel…
Totalmente alejado de esta imagen resulta otro de los sueños en donde aparezco. Éste me lo contó mi hermana, Helem, hace un par de semanas. Básicamente me soñó “muy feliz”, con rostro alegre, luego de practicar rituales heterodoxos y esotéricos, al interior de una iglesia protestante. (¿Subconsciente ansiedad transgresora?)
Otro amigo, Marco, me llamó ayer para contarme la súbita visita nocturna que le hice. Soñó que íbamos a cenar a un lugar llamado “La Cueva”. Se comía bien, según recuerda, y estaba ubicado en Coyoacán, el lugar en donde ahora vivo de manera temporal. Al terminar de cenar, salíamos a caminar pero lo hacíamos de un modo singular: en lugar de ir sobre la acera, avanzábamos colgados de las rejas de las casas. De acuerdo a lo que me dijo, lo más significativo del sueño es que yo no tenía lentes. Como si me hubiera despojado de una máscara.
Aunque no logro conciliar las distintas imágenes de mí mismo que se hallan presentes en estos sueños (¿fisicoculturista-religioso carente de miopía?), no me resisto a pensar que aquellas vidas posibles acaso serían menos monótonas, y quizá más provechosas, que la que en estos días busco sobrellevar.
8 de junio de 2010
Fatiga
Hay noches en que el color de las cosas se destiñe por culpa de una mirada o un brazo que se aleja fríamente. Es como si el aire fuese una fina espuma que asfixia, arena de un reloj que caducó hace tiempo. Surge entonces como un compás de espera cuya longitud no termina, el rin-tin-tín de un teléfono a lo lejos, un mensaje de texto incomprensible. Uno percibe, así, aromas en el aire, poros de luz que se dispersan mientras el sol se pone, astucia de las horas idas. Pensamos que de a poco la voluntad toma su rumbo; que alcanzar con las manos los objetos que buscamos, es saber lo que queremos. Sin embargo, la inmediatez nos dice que no es cierto, que aquello que creímos valedero no tiene peso ni consistencia, y entonces sólo cabe abrazar la almohada, perforar un pañuelo, abrir la regadera y esperar que alguna sensación nos haga despertar o, en su defecto, recorrer la sábana dentro de la que pacta el cuerpo, para dormir con un sueño grave, voraz, infatigable.
5 de junio de 2010
Errancias y un oasis
I.
Equivocaciones que no importarán son las que nos permiten hablar de cómo lo que daña, encamina.
II.
Al salir de "La Purísima", nos dirigimos a una fiesta en un departamento sobre República de Cuba. Al llegar ahí, cuatro o cinco vatos que se hallaban en la puerta nos impidieron el ingreso: "uy, para entrar, calcúlenle unas 5 horas". Estábamos por irnos cuando uno de ellos nos dijo: "caíganle con $100 y pueden pasar con sus chelas". Otro más, con atuendo de la Morelos, reviró: "A ver, a ver, pásenme cinco varitos por piocha y entran". Ya nos íbamos cuando uno salió y nos dijo al oído: "no, no se vayan, ya entren... es más, si quieren ir por un pomo, no hay bronca, yo los meto". Con dificultades y disculpas, logramos escabullirnos y salir del edificio. En esta ciudad, hasta los eventos más privados se han vuelto oportunidad para el ultraje. Terminamos bebiendo nuestro six-pack de barrilitos en Garibaldi...
III.
Errar no es el peor de los derroteros; quizá hace más ardua la tarea de vivir, pero también nos vuelve más humanos.
IV.
En la ciudad de México hallar un domicilio es casi siempre una encrucijada insalvable. Recorremos las vialidades nocturnas con señas que parecieran referirse a otra urbe. Por todas partes hay indicios de que el extravío es ya condición citadina: letreros contradictorios, carriles que se transitan en sentidos opuestos, grúas que impiden el paso, avenidas primarias clausuradas, cubetas que funcionan como impuestos para el improbable estacionamiento. Seguimos sin encontrar la dichosa fiesta... Vamos por la ciudad como transitando un limbo. Es como ir manejando en una carretera inverosímil, es encontrar una bifurcación pero en lugar de optar por un camino, elegir ambos, y más adelante otra encrucijada y lo mismo. De modo que uno piensa que siempre avanza hacia su objetivo y en realidad se encuentra en un espacio congelado, como en una fotografía donde el pasado siempre se repite, carente ya de todo sentido.
V.
Un muchacho de aprox. 23 años entra a la casa en estado de ebriedad plena. Llega con la anfitriona y le reclama: "¿Qué no pensabas invitarme?, ¿es que ya no me quieres?" Luego de una breve pero acalorada discusión, se tranquiliza. El baile, con sus funciones sudoríficas, apacigua, al parecer, lo que en un inicio se anunciaba como irreversible tragedia. Dando tumbos y trastabillando, el susodicho simula seguir el ritmo, pacta con otra música, ajena a la que se escucha en el lugar. Comienza el slam y alguien lo carga para que dé una voltereta. Las piernas no le responden y cae de rostro contra el suelo. Al recobrar el sentido, me pregunta, lúcido: "¿sabes de quién es esta fiesta?"
VI.
En el DF intentar alcanzar una meta o llegar a otro es una búsqueda imprudente o insensata, regida por un destino que no es sino implacable azar. La dicha, aquí, es una carrera de obstáculos diseñada por un Dios cruel.
VII.
En todo paisaje inhóspito siempre existen oasis salvadores, paréntesis de vida que hacen factible seguir recorriendo vastas dunas desérticas. Ayer fue un rostro lo que me impidió hundirme en la sed y el desánimo. Una mujer, sentada en la barra del bar "El Perico", entonó una canción entrañable, al ritmo de un piano mal afinado. Se trataba de una canción de Olga Guillot. Lo que perturbó mi atención fue la expresión de su rostro, los ojos cerrados, la voz desgañitándose por un desamor vivo. Imaginé que cada semana el ritual se repetía desde hacía años. Llegaba al bar, pedía un güisquito y ya, alcanzando la desinhibición necesaria, entonaba la misma canción que la mantenía anclada a ese dolor perdurable. Me avergonzó un poco que en medio de una urbe plagada de malos presagios, me reconfortara su sufrida emoción. Y es que cantaba como si el dolor todavía tuviese algún sentido, en medio de tanta errancia.
Equivocaciones que no importarán son las que nos permiten hablar de cómo lo que daña, encamina.
II.
Al salir de "La Purísima", nos dirigimos a una fiesta en un departamento sobre República de Cuba. Al llegar ahí, cuatro o cinco vatos que se hallaban en la puerta nos impidieron el ingreso: "uy, para entrar, calcúlenle unas 5 horas". Estábamos por irnos cuando uno de ellos nos dijo: "caíganle con $100 y pueden pasar con sus chelas". Otro más, con atuendo de la Morelos, reviró: "A ver, a ver, pásenme cinco varitos por piocha y entran". Ya nos íbamos cuando uno salió y nos dijo al oído: "no, no se vayan, ya entren... es más, si quieren ir por un pomo, no hay bronca, yo los meto". Con dificultades y disculpas, logramos escabullirnos y salir del edificio. En esta ciudad, hasta los eventos más privados se han vuelto oportunidad para el ultraje. Terminamos bebiendo nuestro six-pack de barrilitos en Garibaldi...
III.
Errar no es el peor de los derroteros; quizá hace más ardua la tarea de vivir, pero también nos vuelve más humanos.
IV.
En la ciudad de México hallar un domicilio es casi siempre una encrucijada insalvable. Recorremos las vialidades nocturnas con señas que parecieran referirse a otra urbe. Por todas partes hay indicios de que el extravío es ya condición citadina: letreros contradictorios, carriles que se transitan en sentidos opuestos, grúas que impiden el paso, avenidas primarias clausuradas, cubetas que funcionan como impuestos para el improbable estacionamiento. Seguimos sin encontrar la dichosa fiesta... Vamos por la ciudad como transitando un limbo. Es como ir manejando en una carretera inverosímil, es encontrar una bifurcación pero en lugar de optar por un camino, elegir ambos, y más adelante otra encrucijada y lo mismo. De modo que uno piensa que siempre avanza hacia su objetivo y en realidad se encuentra en un espacio congelado, como en una fotografía donde el pasado siempre se repite, carente ya de todo sentido.
V.
Un muchacho de aprox. 23 años entra a la casa en estado de ebriedad plena. Llega con la anfitriona y le reclama: "¿Qué no pensabas invitarme?, ¿es que ya no me quieres?" Luego de una breve pero acalorada discusión, se tranquiliza. El baile, con sus funciones sudoríficas, apacigua, al parecer, lo que en un inicio se anunciaba como irreversible tragedia. Dando tumbos y trastabillando, el susodicho simula seguir el ritmo, pacta con otra música, ajena a la que se escucha en el lugar. Comienza el slam y alguien lo carga para que dé una voltereta. Las piernas no le responden y cae de rostro contra el suelo. Al recobrar el sentido, me pregunta, lúcido: "¿sabes de quién es esta fiesta?"
VI.
En el DF intentar alcanzar una meta o llegar a otro es una búsqueda imprudente o insensata, regida por un destino que no es sino implacable azar. La dicha, aquí, es una carrera de obstáculos diseñada por un Dios cruel.
VII.
En todo paisaje inhóspito siempre existen oasis salvadores, paréntesis de vida que hacen factible seguir recorriendo vastas dunas desérticas. Ayer fue un rostro lo que me impidió hundirme en la sed y el desánimo. Una mujer, sentada en la barra del bar "El Perico", entonó una canción entrañable, al ritmo de un piano mal afinado. Se trataba de una canción de Olga Guillot. Lo que perturbó mi atención fue la expresión de su rostro, los ojos cerrados, la voz desgañitándose por un desamor vivo. Imaginé que cada semana el ritual se repetía desde hacía años. Llegaba al bar, pedía un güisquito y ya, alcanzando la desinhibición necesaria, entonaba la misma canción que la mantenía anclada a ese dolor perdurable. Me avergonzó un poco que en medio de una urbe plagada de malos presagios, me reconfortara su sufrida emoción. Y es que cantaba como si el dolor todavía tuviese algún sentido, en medio de tanta errancia.
1 de junio de 2010
Burlado
Vencer a un tonto nos humilla
Nicolás Gómez Dávila
Nicolás Gómez Dávila
Una situación indignante: sentirse burlado. Me refiero a cuando alguien te usa como objeto de mofa, en lugar de compartir contigo la maravilla del humor, las múltiples posibilidades de la risa. Me ocurrió apenas hace unos días, estando en casa, dispuesto a ver una película. Recibí una llamada telefónica por demás infantil y pedestre, que me hizo sentir ingrato, poco atento y olvidadizo. No podía recordar a la persona que llamaba, a quien supuestamente habría conocido en una fiesta reciente. "De aquí, tendré que ir directo al psicólogo", me dijo la chica. Entre la ofuscación y el azoro, no entendí, sino hasta más tarde, que había sido sujeto de una broma.
Entonces es cuando sobreviene la sensación del ridículo: resulta humillante que otros se "diviertan" a tus costillas y, peor aún, bajo la máscara del anonimato. Hay en todo esto mucho de soberbia disfrazada de tontería: ocurre cuando te tratan como inferior, como a alguien con quien se puede ser mezquino, un ser que merece el desprecio de la burla (la exclusión del entendimiento, la afrenta del engatusamiento absurdo). Me recuerda de inmediato la crueldad de los niños de primaria, tan aptos para denigrar a quienes se muestran apenas un poco diferentes o menos avezados. ¿Cómo puede alguien ufanarse de ello?, ¿cómo escapar de esa crueldad natural, es decir, sin conciencia ni madurez? La única respuesta que yo encuentro es que sólo a partir de la absoluta inocencia es posible salir del paso.
Otra cuestión que me preocupa: ¿es posible el resarcimiento de la burla? Claro: las disculpas y el perdón todo lo mitigan. Pero ya sabemos que en el anonimato, la impunidad se vuelve no sólo posible sino perdurable. Queda grabada como una marca indeleble, como un destello fijo en la mirada.
Entonces es cuando sobreviene la sensación del ridículo: resulta humillante que otros se "diviertan" a tus costillas y, peor aún, bajo la máscara del anonimato. Hay en todo esto mucho de soberbia disfrazada de tontería: ocurre cuando te tratan como inferior, como a alguien con quien se puede ser mezquino, un ser que merece el desprecio de la burla (la exclusión del entendimiento, la afrenta del engatusamiento absurdo). Me recuerda de inmediato la crueldad de los niños de primaria, tan aptos para denigrar a quienes se muestran apenas un poco diferentes o menos avezados. ¿Cómo puede alguien ufanarse de ello?, ¿cómo escapar de esa crueldad natural, es decir, sin conciencia ni madurez? La única respuesta que yo encuentro es que sólo a partir de la absoluta inocencia es posible salir del paso.
Otra cuestión que me preocupa: ¿es posible el resarcimiento de la burla? Claro: las disculpas y el perdón todo lo mitigan. Pero ya sabemos que en el anonimato, la impunidad se vuelve no sólo posible sino perdurable. Queda grabada como una marca indeleble, como un destello fijo en la mirada.
12 de abril de 2010
Purificación
En Jeremías (13:27) se lee “¿Cuánto tardarás tú en purificarte?” Es la pregunta que a últimas fechas me mantiene en un estado de aflicción. Pareciera como si estuviese en una competencia de persecución, concentrado en que el reloj de arena avance de modo lento para que no termine de asfixiarme, antes de poder, nuevamente, respirar.
14 de diciembre de 2009
8 de diciembre de 2009
Inquietud
El duelo sería mejor porque ahí la certeza aparece como algo total, por aquello ante lo que ya no se tiene miedo (puesto que lo peor ya ha ocurrido y es irreversible). En cambio, esta duda, las perplejidades cotidianas, los titubeos constantes y la fragilidad de la vida en su conjunto, pareciera no tener fin. La pérdida sí, se vuelve aceptable; pero sola, la herida, no es la paz de los sepulcros. Si tan solo la inquietud fuese seña de esperanza y no de sospecha.
20 de noviembre de 2009
Dirección contraria
Anoche, la sensación del despojo. Cafetería afuera de la Universidad. Gritos acaso ensayados. Entregar la cartera con todas las señas de identidad. Caminan nerviosos y exaltados. "¿Quién se piensa poner gallito? A ver, a ver..." Ebriedad efusiva en el aire. Voz adrenalinosa. Sorprenderse ante el gesto revelador y éste sí, espontáneo: uno de ellos le arrebata el cigarro-a-medias a una chica. Cualquier cosa con tal de privar al otro, mostrar que dispone de ti. Un gesto burdo y risible, sin duda. Se van con las armas en alto. Se van también con una caja de donas glaseadas bajo el brazo.
Anoche, la imprevisión, sentirse espiado, expuesto. Alguien entró a mi correo. Como si no pudiera quedar atrás el sentido persecutorio. Llegué a casa y no pude dormir sino tres horas.
Luego del imperativo insomnio, volver a la vida, manejar sin licencia, poner cara de sentido-común. Termina la tarde y recibo un texto en mi celular que acaso no tranquiliza, pero alienta: "Pienso que caer no siempre es caer, a veces es sólo volar en dirección contraria".
Anoche, la imprevisión, sentirse espiado, expuesto. Alguien entró a mi correo. Como si no pudiera quedar atrás el sentido persecutorio. Llegué a casa y no pude dormir sino tres horas.
Luego del imperativo insomnio, volver a la vida, manejar sin licencia, poner cara de sentido-común. Termina la tarde y recibo un texto en mi celular que acaso no tranquiliza, pero alienta: "Pienso que caer no siempre es caer, a veces es sólo volar en dirección contraria".
11 de noviembre de 2009
Dulce María y el alzheimer
No sé quién es Dulce María. Revisando mi celular he encontrado su teléfono y su nombre. No la recuerdo. No entiendo si se trata de una alumna, de una conocida ocasional o un contacto de chamba. Pasa de la media noche. No me he atrevido a llamarle, pero ha despertado mi curiosidad y de algún modo me perturba. Me habla (o anuncia) el olvido.
Muchas veces he sentido que mi vida emocional es superior a mis años. Como si estuviese yo adelantado a mi propio deterioro físico. Una especie de vejez pre-fechada. "Dulce María", su nombre me dice que padeceré alzheimer. Un miedo mayor. En el mejor de los casos hipocondria. Pero sí, un niño-viejo que no está en corcondancia con su mundo. Recuerdo esa sensación muy acendrada mientras estaba con L. Eso fue hace casi quince años. Escribí entonces un relato o algo que buscaba serlo y que le di a leer a ella y a sus padres. Éstos últimos me dijeron: "es como si lo hubiese escrito un viejo experimentado". Por supuesto, una exageración. Pero eso. Un destiempo en todo caso. No siempre fue así.
Me parece que he vivido en contra de esa sensación que me acechaba de niño: la inocencia, por no decir, la estupidez. Lo percibí después, pero cuando niño simplemente un mojigato, un sincero y honesto morro que no entendía ninguna lógica del mundo. Mi tragedia ha sido vislumbrar esa condición y combatirla, volverme disidente de mí mismo.
Hay una escena que recuerdo bien y me avergüenza, pero revela lo que voy diciendo. Fue un año antes de entrar a la primaria. Al salir del salón, la maestra dijo: "Regreso enseguida. Nadie puede hablar mientras yo no esté", y salió. Inmediatamente un par de compañeras comenzaron a platicar y yo las interpelé con una arrogancia ignorante: "¿Qué no escucharon a la maestra? Las va a castigar". Su respuesta fue obvia, pero para mí incomprensible: "No se dará cuenta a menos que tú le digas". Desde mi perspectiva era un hecho que ella, la maestra, lo veía y sabía todo. La prohibición era realidad sin remedio, sólo para mí. Por eso nunca fui un niño rebelde.
Contra esa inocencia se erigió mi carácter. Y ahora siento que he madurado, y no sólo eso: envejecido. De ahí el miedo a perder mis facultades, a volverme senil prematuramente. Por eso el temor, el alzheimer. Por eso ese nombre, Dulce María, palpita como una anunciación. Pero no tomo el teléfono: 1040.4577.
Muchas veces he sentido que mi vida emocional es superior a mis años. Como si estuviese yo adelantado a mi propio deterioro físico. Una especie de vejez pre-fechada. "Dulce María", su nombre me dice que padeceré alzheimer. Un miedo mayor. En el mejor de los casos hipocondria. Pero sí, un niño-viejo que no está en corcondancia con su mundo. Recuerdo esa sensación muy acendrada mientras estaba con L. Eso fue hace casi quince años. Escribí entonces un relato o algo que buscaba serlo y que le di a leer a ella y a sus padres. Éstos últimos me dijeron: "es como si lo hubiese escrito un viejo experimentado". Por supuesto, una exageración. Pero eso. Un destiempo en todo caso. No siempre fue así.
Me parece que he vivido en contra de esa sensación que me acechaba de niño: la inocencia, por no decir, la estupidez. Lo percibí después, pero cuando niño simplemente un mojigato, un sincero y honesto morro que no entendía ninguna lógica del mundo. Mi tragedia ha sido vislumbrar esa condición y combatirla, volverme disidente de mí mismo.
Hay una escena que recuerdo bien y me avergüenza, pero revela lo que voy diciendo. Fue un año antes de entrar a la primaria. Al salir del salón, la maestra dijo: "Regreso enseguida. Nadie puede hablar mientras yo no esté", y salió. Inmediatamente un par de compañeras comenzaron a platicar y yo las interpelé con una arrogancia ignorante: "¿Qué no escucharon a la maestra? Las va a castigar". Su respuesta fue obvia, pero para mí incomprensible: "No se dará cuenta a menos que tú le digas". Desde mi perspectiva era un hecho que ella, la maestra, lo veía y sabía todo. La prohibición era realidad sin remedio, sólo para mí. Por eso nunca fui un niño rebelde.
Contra esa inocencia se erigió mi carácter. Y ahora siento que he madurado, y no sólo eso: envejecido. De ahí el miedo a perder mis facultades, a volverme senil prematuramente. Por eso el temor, el alzheimer. Por eso ese nombre, Dulce María, palpita como una anunciación. Pero no tomo el teléfono: 1040.4577.
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