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26 de enero de 2014

In Memoriam, JEP



1928: De Gilberto Owen a Clementina Otero

José Emilio Pacheco



Lo importante es que ya no estás.
Lo único cierto es que te fuiste.
En el desoladero del año infame
Se arrastra el país,
La realidad se eriza aún más,
Los esperpentos bailan su danza
De vanidad y de rapiña.
Y hoy como nunca duele
Estar aquí y ya no verte.


31 de enero de 2013

Why not [collage de citas]

 Some men see things as they are and ask why.
Others dream things that never were and ask why not.
George Bernard Shaw

La memoria es el imperio del azar. Esta tarde han venido a mí, como aturdiéndome cual tábanos irresistibles, diversas frases que poseen en común un mismo hilo conductor: el poder de la imaginación, el sentido utópico de las cosas, lo imposible dentro de lo posible. Van en serie:

“Lo que existe no puede ser verdad” (Ernst Bloch)
“Lo posible es una tentación que lo real termina siempre por aceptar” (Gaston Bachelard)
“La imaginación es un desafío del hombre a la realidad” (Horacio Cerutti)
“Lo posible es sólo una provincia de lo imposible/ un área reservada/ para que lo infinito/ se ejercite en ser finito” (Roberto Juarroz)
“Lo que es no tiene más derecho a ser que lo que no fue pero pudo ser” (Bolívar Echeverría)
“Más alta que la realidad está la posibilidad” (Martin Heidegger)
“Es buscando lo imposible que el hombre siempre ha realizado lo posible” (Mijaíl Bakunin)
“La Esperanza es la progenitora de numerosas certezas en potencia ... la Esperanza es la encarnación de la alteridad” (Ágnes Heller y Ferenc Fehér)

Como se ve, me la he pasado las últimas horas con la sensación insana de que siempre vivimos en función de deseos y carencias, de tiempos y lugares imaginarios, sin los cuáles sería difícil concebir lo que en efecto somos. Como si este instante y este cuarto sólo existieran en relación con otros instantes y otros cuartos posibles, como si estuviéramos atrapados al interior de un universo escheriano en donde la especulación vale más que la actividad corpórea. Quizá por ello Julio Cortázar lanzó ese exhorto a dejar atrás el ayer como si se tratase de un lugar habitado: “Lo cierto es irse. Quedarse es ya la mentira", escribió. Y no sé, quizá sea válida esa intuición. Quizá todo lo que importa tiene esa dimensión espacial, como si sólo pudiésemos crear sentidos de pertenencia respecto a lugares afectados por nuestros anhelos y por nuestros miedos. Como si la vida fuese la suma de una serie de geografías íntimas, mapa-mundis afectivos plagados de callejones prodigiosos y de explanadas terroríficas. “Vivimos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro”, escribió desde su subterráneo optimismo Emil Cioran. Y supongo que tenía razón, que nuestra identidad es un averno con vasos comunicantes que nos conectan con otros cosmos más beatíficos. Vivimos la versión bizarra de otro mundo, ese sí, paradisiaco. O para decirlo con las palabras inquisidoras de Aldous Huxley: “¿Cómo sabes si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta?”

Pero en las palabras de Huxley está otra vez la tentación de buscar algo fuera de la vida, postergando el presente en aras de un futuro inexistente, de un espacio vacío. Y quizá no sea ese el método. Quizá las geografías afectivas a las que me refería están diseñadas por un urbanista interior que no ha conocido sino pasiones terrenales y delirios concretos. Tal vez lo imposible pueda ser una provincia de lo posible y no la cárcel que a veces la imaginación proyecta hacia el futuro, encerrando la vitalidad del presente en una celda de promesas falaces. “Hay otros mundos, pero están en éste”, escribió Paul Éluard. Quizá por ello la definición de Maurice Merleau-Ponty: “La verdadera filosofía consiste en aprender de nuevo a ver el mundo”. Y quizá por ello la advertencia en verso de Emily Dickinson: “Multiplicar los muelles, no disminuye el mar”. Y quizá también por ello la propedeútica de Italo Calvino: “reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

Escribo estas palabras sobre mundos potenciales y futuros peligrosos desde un cuarto insensato, que a nadie importa pero es mío. Un lugar de mi geografía íntima plagado de repeticiones: los mismos autores, los lugares comunes habituales. Y aunque me repito, del inmenso azar que es la memoria me llega otra frase de algún modo redentora, que me exime del rencor que cierto país me genera cada vez que lo observo con un poco de detenimiento: “Digamos que uno no tiene por qué amar aquel lugar al que pertenece, sino que uno pertenece a los lugares que ama” (José Manuel Fajardo). Y así, un poco más sosegado, decido apagar la pantalla e irme a recorrer otra realidad, en esos laberintos que algunos llaman "sueños" y otros "puertas falsas", "subterfugios", "fábulas".

11 de diciembre de 2012

Permanencia fugaz

En un poema famoso, Francisco de Quevedo escribió: “huyó lo que era firme y solamente / lo fugitivo permanece y dura”. Hallé una frase de Heidegger en la cual sostiene una opinión contraria: “aún lo permanente es fugaz” dice el filósofo. Y cita a Hölderlin para desarrollar su idea: “Es raudamente pasajero todo lo celestial, pero no en vano”. Quizá por ello, en el mismo sentido Baudelaire definió al artista moderno como aquel capaz de “destilar lo eterno de aquello que es transitorio”.

2 de septiembre de 2012

Puertas, fantasmas, sueños

“Todo el mundo conoce en los sueños el miedo a las puertas que no cierran. Más exactamente: son puertas que parecen cerradas sin estarlo. Conocí más intensamente este fenómeno en un sueño en el que, estando en compañía de un amigo, vi un fantasma junto a la ventana del primer piso de una casa que teníamos a la derecha. Al continuar nuestro camino, nos acompañó por el interior de todas las casas. Atravesaba todos los muros, estando siempre a la misma altura que nosotros. Veía esto a pesar de estar ciego. El camino que hacemos a través de los pasajes también es en el fondo un camino de fantasmas en el que las puertas ceden y las paredes se abren”

Walter Benjamin, El libro de los pasajes

18 de agosto de 2012

Servidumbre y complicidad


En un cuento de Borges, se describe así a un personaje: “era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres”. Tal condición esquizofrénica me resulta familiar. Sentirnos, a la vez, libres y esclavizados forma parte de las formas de vida contemporáneas, al menos para quienes gozamos de la hipocresía liberal.

Desde hace tiempo gira en mi mente una reflexión que atañe a lo que podría considerar como mi origen clasemediero: la percepción de que la servidumbre, en tanto sinónimo de sujeción, es uno de los tópicos que difícilmente desaparecerán en las sociedades modernas, ya sea como criterio de estatus o como fundamento de autoridad. Sospecho que tal idea es la que dio origen (a mediados del siglo XVI) a ese famoso ensayo anárquico de Étienne de La Boétie, el cual constituye un llamado a ir en contra de la propia esclavitud: Discurso de la servidumbre voluntaria. Un siglo después, el propio Pascal llegó a afirmar que la incapacidad para dominar las propias pasiones implicaba no sólo servidumbre sino vergüenza.

Con ello en mente, se me ha ocurrido un nuevo ciclo de cine propicio para pensar el tema. Tendría que ver no necesariamente con aquellas películas en donde la servidumbre se constituye como personaje principal (como en The remains of the day, de James Ivory), sino en donde la servidumbre se concibe como escenario en cuya complicidad se gesta cierta autonomía, cierta búsqueda por la destrucción de los lazos de autoridad. En ese sentido, el ciclo podría llevar como epígrafe la frase que pronuncia uno de los personajes de Tolstoi, en Ana Karenina: "al suprimir la servidumbre nos han quitado la autoridad". Hasta el momento estas serían las películas que incluiría en el hipotético maratón cinéfilo:

The cook, the thief, his wife & her lover (El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante), de Peter Greenaway
Gosford park (Muerte a la medianoche), de Robert Altman
Festen (La celebración), de Thomas Vinterberg
Yes, de Sally Potter
Crash (Alto impacto), de Paul Haggis

La idea de propiedad, por supuesto, es lo que debería estar en el centro de la atención a la hora de atender a dicho ciclo. Y una lectura podría propiciar fructíferas discusiones: “La producción del arte y de la gloria” de Bertolt Brecht. Desde ahí, lo que para mí resultaría imprescindible sería pensar la servidumbre ya no sólo como relación social que genera subordinación, sino como un lugar de eclosión, como un punto crítico desde el cual es posible mirar y denostar las formas de construir prestigio. Me parece que en estas películas se generan, desde la noción de servidumbre, vínculos que pretenden o logran trastocar las relaciones (materiales) en las que se sostienen las hipócritas ideas de autoridad y de reputación que siguen vigentes en nuestros días. Como escribió Julio Ramón Ribeyro: “toda adquisición es una responsabilidad y por ello una servidumbre”.

3 de octubre de 2011

Literatura = escritura sin público


"Que el presente llame literatura a toda una serie de productos, no afecta las formas expresivas más radicales, simplemente acrecienta su soledad"

Damián Tabarovsky, Literatura de izquierda. México, Tumbona Ediciones, 2011.


3 de septiembre de 2011

"Los columpios", por Fabio Morábito


Los columpios no son noticia,
son simples como un hueso
o como un horizonte,
funcionan con un cuerpo
y su manutención estriba
en una mano de pintura
cada tanto,
cada generación los pinta
de un color distinto
(para realzar su infancia)
pero los deja como son,
no se investigan nuevas formas
de columpios,
no hay competencias de columpios,
no se dan clases de columpio,
nadie se roba los columpios,
la radio no transmite rechinidos
de columpios,
cada generación los pinta
de un color distinto
para acordarse de ellos,
ellos que inician a los niños
en los paréntesis,
en la melancolía,
en la inutilidad de los esfuerzos
para ser distintos,
donde los niños queman
sus reservas de imposible,
sus últimas metamorfosis,
hasta que un día, sin una gota
de humedad, se bajan
del columpio
hacia sí mismos,
hacia su nombre propio
y verdadero, hacia
su muerte todavía lejana.

Fabio Morábito. De lunes todo el año. México, Joaquín Mortiz, 1991.

6 de agosto de 2011

El juego de la luz

"Espectro" por Nely Maldonado

"A mí el aire sutil de mi gran ciudad me descubrió de nuevo (como si esta vez lo hiciera sólo para mis sentidos) todo un mundo de alegría serena cuyo valor esencial estaba en la realización perenne del equilibrio: equilibrio del trazo y el punto, de la línea y el color, de la superficie y la arista, del cuerpo y el contorno, de lo diáfano y lo opaco. El contraste de las sombras húmedas y las luminosidades de oro me envolvía en la caricia suprema que es el juego de la luz" (Martín Luis Guzmán)

11 de abril de 2011

Épica íntima


"No puedo creer que exista un cuento de hadas en el que se haya luchado por una mujer más y con mayor desesperación de lo que en mi interior se ha luchado por ti, desde el principio y siempre de nuevo y tal vez para siempre" - Franz Kafka (Cartas a Felice).

26 de marzo de 2011

Los sábados

Para mí, los sábados, durante mucho tiempo, fueron días conflictivos. Hoy es distinto.

Sobre todo me refiero a mi infancia, tan plagada de contradicciones. Cuando niño, los sábados eran días de guardar. Formado en una familia protestante, no eran los domingos sino los sábados los días en que era necesario rendir pleitesía a lo divino asistiendo a la iglesia. En aquella época no lograba comprender porqué mis compañeros de escuela lo hacían en domingo y yo era el único cuya familia atesoraba los sábados, sacralizándolos. Eso me hacía distinto y de algún modo me humillaba. En esos días aprendí el sentido de la vergüenza, la voluntad de avestruz, el miedo a la vida.

Además, una atmósfera de formalidad invadía aquel día reverenciado. Había que vestirse “decentemente”, comportarse con decoro, ser recatado. La condición que define a mi familia está sintetizada en un sustantivo: solemnidad. Si asistir al templo era estar rodeado de rostros enjutos, en las comidas familiares lo que pervivía era el pudor frente al baile, la inhibición vital, la prohibición del alcohol y del cigarro. Mi abuelo (quien fue pastor de aquella iglesia y su dirigente nacional), cuando deseaba expresarles cariño a sus hijos, les recetaba una predicación desde una orilla de la mesa. De ahí que los sábados se convirtieron para mí, en un día en que el juego de muchos modos estaba vedado.


Acaso alguna vez fueron felices, quiero creer, mis sábados. Tengo recuerdos de algunos juegos en el grupo infantil de la iglesia, algunas competencias con otros niños para ver quien corría más rápido o recitaba el nombre de los libros bíblicos sin equivocarse, y hasta juegos con carritos de metal sobre una autopista de gis sobre el cemento. Pero también la evocación recurrente es la de caer en vilo ante la admonición, quedar pasmado pues el juego siempre llegaba a su fin cuando la ley divina se presentaba en forma de regaño: “no se debe correr en el templo”, “hay que ser respetuosos con Dios”, etcétera. Por ello, aunque alguna vez fueron felices, en general mi recuerdo en torno a mis sábados infantiles, es el de un malestar prolongado, inútil, impuesto. Una atmósfera de incomprensión los plagaba. Supongo que toda mi vida ha sido una batalla en contra de esa condición grave, formal, impenetrable. Supongo que de ahí se explica mi actual reticencia a cualquier servidumbre ideológica, ese eclecticismo iconoclasta que, por lo demás, en ocasiones todavía me genera culpa.

A partir de cierta edad, quizá a los diez u once años, los sábados dieron un vuelco entonces imperceptible, comenzaron a ser el día en que otras cosas podían ocurrir. Si había modos de huir de la iglesia, yo los aprovechaba sin contemplación: sentirme enfermo, tener que hacer un trabajo escolar en casa de cierto amigo, leer un libro. Sí, descubrí entonces que esta última actividad no estaba censurada (mi padre se alegraba y enorgullecía por ella: virtud protestante), y que me proveía no sólo de un escape, sino de una alegría que hacía no sufribles las horas. Recuerdo una colección de libros de aventuras que leía sin parar, versiones juveniles de algunos clásicos: La isla del tesoro de Stevenson, Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo de Dumas…. Las prohibiciones y la gazmoñería a la que me habían acostumbrado aquellos sábados religiosos, se volvían paréntesis soportables en medio de las tramas que realmente importaban: héroes luchando contra su mundo diminuto y aprisionador.

Me recuerdo a menudo leyendo en el coche, en el asiento trasero, ensimismado en mi universo. (Mi hermana, a mi lado, no sé qué hacía mientras tanto: por aquellos días ya nos habíamos distanciado). También recuerdo a media tarde, cuando regresábamos a casa luego del templo, estar leyendo Moby Dick recostado en el pasto que cubría el enorme patio de mi abuela. Antes de que la tarde cayera, alejaba mi vista de la página sólo para observar el movimiento de las nubes, alguna catarina encendida sobre una hoja verde, o las flores rojizas cayendo de aquel gran colorín habitado por innumerables azotadores. La sensación que me recorría el cuerpo es la misma que aún llego a recobrar en mis momentos más felices: aquel instante en que todo se vuelve extrañamiento, en que de un modo u otro, nada importa, y uno disocia la realidad de sí mismo; se trata de un intervalo en que la luz adquiere una condición especial, viva y permanente, como si así pudiese permanecer para siempre. Sí, era una fuga de la existencia ordinaria, una salvación instantánea que derrotaba por mucho a esa otra salvación prometida, aburrida, pero sobre todo escamoteada, por los ministros de la iglesia, mis compañeros evangelizados y mis abuelos.

Sólo entonces, en aquellas horas, en aquellas páginas, en aquellos pliegues de la tarde, los sábados se volvieron entrañables para mí. Un paraíso en la tierra.

7 de noviembre de 2010

Michaux, ¿un diario?


No sé si Henri Michaux escribió un diario. De ser así, me encantaría leerlo. Estuve revisando El pulso de las cosas, un libro que me regaló Sergio Ugalde. Al pasar sus hojas me fui percatando del estilo sencillo y confesional que tienen algunos de sus poemas, un estilo tan cercano al que encontramos en algunos diarios. Además, están ahí los temas y recursos constantes del diarista. Entre otros:

1. La dificultad para nombrar la enfermedad:
“Volviendo la espalda, partí. No dije nada. Yo tenía el mar en mí, el mar eternamente a mi alrededor. ¿Qué mar? He aquí lo que me sería bien difícil precisar”.

2. La impostura del doble:
“El que está solo, por la noche, se vuelve contra la pared para hablarte. Conoce las cosas que te animaban. Viene a compartir contigo su día. Ha mirado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Tiene siempre algo que contarte”.

3. La escritura aforística:
“Los años pasaron a nuestro favor, no contra nosotros”.

4. Las referencias a la memoria como implacable destino:
“Árida, mi vida se reanuda. Pero no me repongo. Mi cuerpo se dilata en tu cuerpo delicioso y en mi pecho hay antenas plumosas que me hacen sufrir con el viento de la retirada. La que ya no es regresa, y su ausencia devastadora me invade y me engulle”.

5. Los momentos de impaciencia o delirio:
“Dime , ¡cuál es el secreto de todo esto?”

6. El apunte epistolar y la reflexión lírica:
“Te escribo desde el fin del mundo. Es necesario que lo sepas. A menudo tiemblan los árboles. Recogemos las hojas. Tienen una increíble cantidad de nervaduras. ¿De qué sirve? Nada queda entre ellas y el árbol”.

7. El diálogo con la ausencia:
“¿No me responderás algún día?”

8. La escritura como redención de la culpa:
“También existen movimientos subterráneos, y en la casa cóleras que vienen a enfrentarte, como seres despiadados que quisieran arrancarte confesiones”.

Tengo una amiga que traduce a Michaux, quizá ella sepa si alguna vez escribió un libro que pueda sumar a mi colección de diarios.

13 de octubre de 2010

Dificultad vs. sencillez


¿Debe la lectura implicar, necesariamente, un esfuerzo? Las respuestas que se den a esta pregunta definen distintas relaciones con los libros, modos diferentes de concebir el acto de leer. En sus extremos, acaso se reducen a dos posturas tangencialmente opuestas: la lectura como disfrute y la lectura como reto. El placer o el conocimiento. Los libros como camino a la satisfacción estética o a la transformación de uno mismo (y del mundo): Bloom contra Steiner. En una mesa imaginaria de escritores universales, Borges y Lezama se sentarían en las cabeceras opuestas:

“Sólo lo difícil es estimulante; sólo la resistencia que nos reta es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento” (José Lezama Lima, La expresión americana).

“Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo. Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón” (Jorge Luis Borges, "El libro" en Borges oral).

Por supuesto, estoy pecando de reduccionismo, pero este blog está suficientemente plagado de apuntes extremos, lo que me permite echar al ruedo posturas encontradas, sin dar los matices de por medio.

17 de agosto de 2010

Nuevo ciclo

"El año social se detiene con el verano. Durante ocho meses del año reinan el frío, lo social, la democracia, los imperativos políticos. Llegado el verano, otro ambiente toma el relevo: el calor, el terrorismo, los accidentes, los récords olímpicos, los perros aplastados, la cultura folklórica, el silencio de los intelectuales. Todos los años es lo mismo. Ni siquiera la rentrée social es ya lo que era. Se acabaron las grandes mareas sociales en el momento de los equinoccios. Sólo un movimiento pendular de un solsticio al otro".

Jean Baudrillard, Cool Memories

14 de mayo de 2010

Autorretrato fallido

Hace poco vi Los cosechadores y yo de Agnès Varda. Un documenal con tintes reflexivos (ensayísticos) y mucha intromisión de quien testifica los hechos: la propia directora, Agnès. Disfruté mucho el tono, la sensibilidad proyectada, la inteligencia apenas aludida.

Una escena admirable: mientras se dirige en coche a otro escenario de su narración, Agnès observa sus manos (arrugadas, de anciana, con pecas) y comienza a reflexionar sobre el tiempo, el horror que se acerca, la muerte. Más adelante retoma el motivo de las manos mientras observa autorretratos de Rembrandt. (Me hizo recordar lo que dice Reyes sobre las manos que retrata este artista: "mano de pintor que dibuja a sí misma"). Entonces, Ágnes vuelve a grabar sus manos, mientras éstas dan vuelta a las páginas y los cuadros. Hay en eso una intención sutil: decirnos que sólo a partir de las propias percepciones y miedos es factible ver el mundo real. ¿Mundo real? ¡Como si eso tuviera cabida en la existencia! (contestaría Pessoa). Se trata, por supuesto, de un alegato contra el prejuicio del realismo estético, del positivismo y sus reducciones extremas.

Todo esto me recuerda un texto de Juan José Saer (“El concepto de ficción”), y también la introducción que hace Tom Wolfe a su antología sobre El nuevo periodismo. En ambos se plantea cómo es más verdadero el mundo cuando se explicita la propia mirada (los prejuicios y valores de quien observa) que cuando se pretende objetividad y distancia (imposible hablar desde los objetos).

Y es en ese punto donde Agnès toma la actitud del ensayista (a la manera de Montaigne): es necesario interponerse entre la realidad y el lector para que la obra cobre sentido. Así, el documental aparece no sólo como una mirada hacia el mundo (un relato-verdad), sino como un medio para conocer al propio autor (un texto confesional-emotivo). Las manos de Agnès sirven de pretexto para ello, para hacernos entender que la vida del propio realizador afecta la realidad al narrarla. Que el autorretrato resulta necesario para convencer no sólo a partir de reflexiones, sino también a través de vínculos emocionales que se establecen con el lector-espectador.

Claro, medito todo esto mientras observo uno de mis autorretratos fallidos:


Y entonces pienso que probablemente todas estas palabras tienen un sentido absolutamente minúsculo, y me pongo a imaginar un velero que debe navegar un océano infinito en donde ni el viento ni la brisa poseen existencia.

22 de abril de 2010

Pudor y escritura

En un fragmento de su libro La vergüenza, Annie Ernaux habla sobre la escritura confesional (de la que me he servido tanto en este blog). Dice así: "Es la primera vez que describo esta escena. Hasta hoy siempre me había parecido imposible, ni siquiera en un diario íntimo. Como si el hecho de escribirla fuera algo prohibido que iría acompañado inevitablemente de un castigo. Quizás el de no poder escribir nada después ... Ahora, luego de haber conseguido describir esta escena, tengo la impresión de que se trata de un suceso banal, mucho más frecuente en las familias de lo que entonces me hubiera podido imaginar. Quizá la escritura convierta en normal cualquier suceso, incluso el más dramático".

En las palabras de Ernaux se halla buena parte del impulso que cualquiera tiene a la hora de escribir un diario (sobre todo si se vuelve público). Lo compruebo al leer una página del mío:
"Si hiciese un recuento de mis equivocaciones, la lista no sería infinita, pero sí, en cambio, muy vergonzosa".

17 de marzo de 2010

Prohibiciones

"Lo peligroso de las prohibiciones: que confiamos en ellas y no reflexionamos sobre cuándo habría que cambiarlas"
Elías Canetti

16 de marzo de 2010

Renuencia

"Resistimos tanto que caemos en el error de creer que podemos resistirlo todo"
Elías Canetti

19 de diciembre de 2009

Todorov, Arendt y el perdón

De los opuestos, venganza y perdón son disonantes pero difíciles de asir en la práctica cotidiana. Algo parecido a lo que ocurre con la culpa y la responsabilidad. Al reflexionar sobre los usos que le damos al pasado Todorov hacía una distinción entre la memoria literal y la memoria ejemplar. La primera “convierte en insuperable el viejo acontecimiento, desemboca a fin de cuentas en el sometimiento del presente al pasado. El uso ejemplar, por el contrario, permite utilizar el pasado con vistas al presente, aprovechar las lecciones de las injusticias sufridas para luchar contra las que se producen hoy día, y separarse del yo para ir hacia el otro”. Hannah Arendt dice algo igual de significativo. Según su visión mientras la venganza mantiene la conexión con el acto, el perdón nos libera de aquel. "El acto de perdonar es la única reacción (…) no condicionada por el acto que la provocó y por tanto, liberadora de sus consecuencias, tanto para el que perdona como para el perdonado". Repetírmelo una y otra vez.

18 de diciembre de 2009

Albor

“Como en el cielo, toda negrura engendra inevitablemente luz” (Luis Britto García).

16 de diciembre de 2009

De la conversión

Necesito encontrar una forma de lidiar con el mal. No el mal de los otros, que se halla disperso alrededor, fuera de uno, a veces cerca o lejos; sino el mal propio, el que uno carga al interior: el rencor, la venganza, la traición. En mi caso tiene que ver con las cargas del pasado, los actos inconsecuentes, la culpa. Quisiera saber cómo se logra sanar ello. Quizá por eso me ha rondado tanto en los últimos meses, pero sobre todo en estos días, la idea de la conversión, acaso porque se trate de una forma de redención y perdón. La posibilidad de ser otro o recobrar aquello que fuimos. No es que uno deje del todo de ser quien fue, pero pareciera que cuando la inocencia se quiebra, se vuelve necesario, en algún momento, recobrarla de algún modo.

Obviamente no estoy hablando aquí del mal radical, aquel que emana de la voluntad fanática y consciente de destruir al otro simplemente por ser diferente. Me refiero al mal íntimo (que acaso no es uno sólo, pero cada quien poseemos), hablo de esos lados oscuros, destructivos, quizá demoniacos. Justo creo que, en principio, parte del camino está en no demonizar aquello que existe en uno mismo. “El primer paso a la esperanza es el reconocimiento del horror” escribió Heiner Müller. Y el horror no son los otros (como creyó Sartre); el infierno es uno mismo y para lidiar con él supongo que hay que aprender a amar las propias tinieblas. Dejar la superioridad moral de lado y comenzar a darle otra carga a los actos que uno mismo considera viles, despreciables o repugnantes en los otros, pero que cualquiera somos capaces de cometer en circunstancias determinadas. Entender que la equivocación y el desvarío son pesadas cargas, pero a fin de cuentas cargas humanas, que el mal es una pulsión negativa pero vital, un principio oscuro y quizá por lo mismo movilizador. Quizá sólo a partir de ahí puede comenzarse a afrontar el mal cometido y empezar a buscar puertas que nos saquen del averno.

¿Cómo definiría mi infierno personal? Quizá con otra pregunta: ¿cuánto se puede vivir escondiendo algo que pesa o avergüenza? Alan Pauls hablaba en una ocasión sobre el síndrome del impostor: el temor a ser desenmascarado, a ser descubierto. Eso es algo que tuve mucho tiempo. Sé que al principio el ocultar una parte de la vida puede ser hasta emocionante, pero con el tiempo deja de serlo y se vuelve cruda tortura, desazón, desencanto de uno mismo. Y claro, todo lo que se oculta resurge como síntoma: una mueca en la mirada, luchar contra el renacido insomnio, prender sencillamente un cigarrillo –señales casi imperceptibles, pero contundentes. ¿Cómo hacer para no multiplicarlas y acumular una sobre otra?

En su Diario de duelo, Roland Barthes se pregunta si el duelo que vive por la muerte de su madre constituye una enfermedad. “¿De qué quieren que me cure? ¿Para encontrar qué estado, qué vida?”. En una anotación se responde que no se trata de volver a ser el mismo, de restituir la salud perdida, sino que se trata de dar a luz a un ser moral, a un sujeto de valor, a partir de la experiencia vivida. Sus palabras me remiten de nuevo a una noción religiosa: la clave no está en ‘recuperarse’ y ‘superar’ el pasado, sino en resucitar, en volvernos otros. Otra vez la idea de la conversión. En San Juan 14,3 se enuncia así: “Quien busca renacer, resucita”.


Hay muchas historias de conversión que llaman mi atención. Las que me vienen a la mente ahora provienen del cine. En La misión de Roland Joffé, un cazador de esclavos, el capitán Rodrigo de Mendoza (encarnado por Robert De Niro), cumple una penitencia por haber matado a su hermano, a causa de una traición filial. Todo ocurre en el siglo XVIII, durante la época de las reformas borbónicas, cuando los jesuitas estaban por ser expulsados del imperio español y a las Misiones les llegaba la hora de la desaparición. La escena en la cual el traficante de esclavos arrastra un bulto que contiene su armadura y sus armas, en medio de acantilados selváticos y lodosos, hasta llegar a la Misión en que se refugiaban los indígenas guaraníes, resulta muy simbólica. Cuando parece que recibirá como castigo la venganza de uno de los indígenas (anteriormente víctimas predilectas de Mendoza para el comercio esclavista), en lugar de ello el guaraní corta con el cuchillo el bulto que viene cargando: es el otro el que literalmente lo libera del peso de su pasado y de sus culpas. Con el tiempo el ex mercenario se volverá padre jesuita.

Muchas otras historias de conversión no eclesiástica resultan atractivas por el tratamiento tan sutil que plantean sus directores, sobre todo pensando que en todas ellas la voluntad de cambio ocurre en situaciones límite. En La vida de los otros de Florian Henckel, un espía evita delatar a quienes según la moral del régimen ejercen actividades subversivas. La razón: lo han cautivado justo esas pasiones sediciosas (la literatura, la música…), a grado tal que termina, de algún modo, recibiendo el castigo que les habría correspondido a los que protege. Algo similar ocurre en una hermosa película de Eytan Fox, Caminando sobre el agua, donde la conversión surge de la amistad y es doble (de ideología política y de preferencia sexual), y en donde a la memoria del Holocausto judío se le otorga una alternativa de solución redentora, no basada en la venganza o la lógica de la victimización. Por otra parte en la opera prima de Nicole Kassell, The Woodsman (tan mal traducida como Un crimen inconfesable), la conversión se da en una escena que deja al espectador al mismo tiempo perturbado y conmovido: a punto de reincidir, un pederasta se detiene ante el relato de una niña que está dispuesta a satisfacerlo… como lo hace con su padre. Es en ese preciso momento cuando la conciencia del mal provoca la conversión.

Supongo que escribo esto para convencerme de que uno puede recobrar paraísos extraviados, para decirme que es posible volver a casa. ¿Cómo saldar las culpas, entonces? ¿Cómo lidiar con ese pasado en que padecí el síndrome de la impostura? Hay una escena recurrente en las películas de Wong Kar-Wai que me parece fascinante y acaso ofrece alguna respuesta. Tal escena, en todas sus variantes, sintetiza buena parte de su propuesta estética: un hombre con un secreto inconfesable debe ir a un lugar sagrado (las ruinas de Angkor Vat de Camboya en Deseando amar, el faro de Ushuaia al sur de Argentina en Happy Together o ese lugar ficticio en el que se recuperan los recuerdos perdidos en 2046) para dejarlo ahí, liberarse del secreto, no necesariamente contándolo al mundo. Me parece que hay una ética de la discreción en eso. Para Wong Kar-Wai, la búsqueda de redención es religiosa, no psicoanalítica: soltamos el lado oscuro del pasado a través de la confesión privada y el llanto liberador, y en esa experiencia el futuro reverdece.


René Char lo dijo a su manera: “Mantén cara a los demás lo que a solas te prometiste. Allí está tu contrato”. Cuando se vive una tristeza profunda derivada de secretos y simulaciones, quizá el ideal sea el de la transparencia: vivir de forma tal que todo lo íntimo pueda volverse público. Si en algún momento del pasado no fue así, comenzar a hacerlo en lo inmediato. Sería ésta una manera en que la escisión entre ser y parecer no se ahondase, de que ese abismo (que es herida) vaya acercando sus paredes.

En el fondo mi deseo es creer que cuando dos logran compasión, sentir el dolor del otro, acaso pueden renacer y salvarse.