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5 de abril de 2015

La red y sus ritos instantáneos [Parábolas de las postrimerías]

 En Los rituales del caos existe una serie de textos titulados “Parábolas de las postrimerías” que describen con mirada futurista y retórica bíblica comportamientos y escenarios actuales. Estos alucines ficticios, de carácter socarrón e irónico, exacerban ciertas experiencias del ahora, sus valores escondidos y sus horrores subterráneos. He aquí una parodia de ese tipo de escritura monsivaíta, a la que hasta el momento se le ha puesto pobre atención. En este caso está enfocada en el mundo virtual y las redes sociales, fenómeno que Monsiváis ya no pudo cronicar.

 

I. Parábola de las mitomanías

Bienaventurados los hombres sin pudor porque de ellos será el reino de las redes. Las nuevas tecnologías construyen el santo y seña, el verdadero abismo, de la propia biografía. Y es ahí donde uno se entera de quién es, y a quién le importa. El miedo al ridículo se ha reducido a grados alarmantes y ya nadie teme exhibir la banalidad o la estupefacción de sus días. Los confesionarios ya no son lo que eran, y han sido sustituidos por los perfiles y el avatar que los acompaña. Está ahí el diario íntimo vuelto hipertexto y teatro, escenografía diseñada para el ojo forastero. Y si desde los inicios ha existido lujuria en la contemplación de lo ajeno, hoy el tránsito que vale es el de lo prohibido a lo desinhibido. No hay privacidad posible en la red porque la red es, por definición, experiencia compartida, ruptura del horizonte de lo íntimo. Y quien no lo sepa, descubrirá sus fotos en otro perfil, con su mismo nombre, pero con contraseña distinta.

 

Bienaventurados los pobres de cuerpo, porque de ellos será la realidad 2.0. ¿Qué sustituye a la corporalidad, sino las imágenes? No es que los afectos se desmantelen o pierdan relevancia o se vuelvan inauténticos. Es sólo que las fantasías que alimentan al amor y a las pasiones, son producidas por teclados y distancias. La profilaxis facial es un signo de los tiempos, y las utopías personales, al pasar a las pantallas, escamotean los defectos. En el proceso, algo se distorsiona de lo que antes llamábamos verosimilitud: la nueva censura fomenta imágenes sin llagas, manchas o “imperfecciones” de la piel, y el ojo se acostumbra a ver lo que en la realidad es absolutamente inexistente –cuerpos con curvas imposibles, ojos tecnológicamente diseñados, el reiterado abandono de la falla, el deterioro y los desperfectos. Y aunque la creencia de Lichtenberg renueva su vigencia (“Los hombres más sanos, más hermosos y mejor proporcionados son quienes están de acuerdo con todo; en cuanto se padece un defecto se tiene una opinión propia”), todos se hacen los disimulados y nadie refrenda la cita (y si alguien lo hace, nadie más lo retuitea).

 

Bienaventurados aquellos que carecen de un rostro preciso porque obtendrán una avalancha de likes, y serán, de este tiempo, el pan, el vino y el circo. El ciberespacio es el reino de la mitomanía: cada uno deja constancia no de lo que es, sino de lo que quisiera ser. He ahí el poder de las metamorfosis: quien altera la propia personalidad lo hace atendiendo la antigua finalidad de preservar (o engrandecer) el ego y, muchas veces, lidia con sus disminuciones corporales (que también se exponen engrandecidas). Los sueños de Gutenberg producen, si no monstruos, sí fisonomías enajenadas (ajenas al propio yo). Ya se sabe que la imagen de perfil siempre es una aproximación (lejana) al rostro real, y que si uno quiere, en el ciberespacio, acercarse a los cánones de belleza, siempre lo hará bajo el signo de la sospecha. La subjetividad se construye al mismo tiempo como visibilización e invisibilización, y lo único que se obtiene, en verdad, son alegorías de la identidad, modos de la hipocresía, relatos simulados de una vida, para desgracia de cada quien, estandarizada.

 

Bienaventurados quienes buscan la originalidad cibernética porque de ellos será el legado virtual de lo contraproducente. La masificación es hija de la prolijidad y también del genio no individualizado. Lo excepcional es aquí ausencia colectiva o mejor: ocurrencia singular repetida al infinito –en sentido estricto: compartida por millones. ¿Quién se distingue si todos ejercen la misma actividad: actualizar de modo significativo el estado, escribir el post originalísimo, ver fijamente una pantalla? En la Tierra sagrada del internet, desaparecen los proyectos que no se queden en territorios de la imaginación, y la posibilidad de actuar es sólo un orbe simulado –la vida como almacenamiento de datos. La batalla por el prestigio es el infierno de lo virtual y lo indistinto, y todos se vuelven sujetos predecibles que viven la orgía de los trescientos mil tuits por minuto, y renuevan, instante tras instante, la impaciente necesidad de actualizar el perfil, la compulsión de registrarlo todo a través de la cámara miniaturizada.

 

Bienaventurados los que poseen identidades alternativas porque su felicidad será virtual o no será. Identidad alternativa no refiere aquí a la posibilidad de entrar en contacto con comportamientos marginales (que se dan), sino sobre todo con la posibilidad de la dramatización social y del cúmulo de metáforas rituales sobre las que ya Víctor Turner alguna vez teorizó. Si las máscaras sociales siempre han existido, ahora aparecen multiplicadas y exacerbadas. El anonimato es la máquina que produce personalidades y prestigios, temores y temblores, estilos de vida. Florece un nuevo decadentismo que Wilde hubiera abrazado con pasión crítica y pose política, pero no, aquí la mímica personal tiende a lo superfluo o a lo banal, aunque las pretensiones del momento afirmen lo contrario: se acude a una estética fracturada y espontánea, y cada quien se piensa como el Cartier Bresson de todos los instantes, el Góngora iluminado del verso hiper-libre, el Proust de la brevedad. Véanse, azarosamente, instagrams, blogs, time-lines, para comprobarlo. O sáquese del bolsillo el propio celular y acéptese la culpa y el castigo. La culpa de convertir la propia vida en espectáculo masivo, el castigo de nunca tener suficientes espectadores.

 

Gozaos y alegraos, porque vuestro mundo de equívocos, es también (ya lo dijo Deleuze) una fábrica de tristezas y frustraciones, no de manera definitiva, pero sí en la mayoría de los casos. Gozaos y alegraos, porque vosotros sois la sal de la tierra, la luz del mundo, y es grande vuestro galardón en el cielo. Bienaventurados los sobrevivientes del juicio final porque sus correos electrónicos jamás serán hackeados.

 

II. Parábola de las lubricidades virtuales

Y Hi5 engendró a MySpace, y MySpace engendró a Facebook, quien al conocer a Twitter, decidió abandonar a YouTube, y pasar el resto de sus días subiendo fotos de su concupiscencia feroz con Flirck, Tumblr e Instagram.

 

Permíteme, oh, Señor, relatarte las virtudes del lance introspectivo, la bravata textual y el invisible coqueteo; hablarte de la provocación lúbrica que genera lascivia y falta de contención. Como siempre, las amigas (y las amigas de las amigas) pueblan el imaginario sexual de propios y ajenos, pero ahora están sus imágenes de perfil para volver más concreta (y menos creativa) la fantasía volitiva o voluble, ya no sé. Lo que sí es que están, tan sólo al alcance de un click, los rostros que son resultados del autorretrato, esa moda benigna o maligna (cada quien le confiere a las imágenes ajenas modos distintos del discernimiento), esa moda que, al menos hoy, parecería no tener fin (pero sí función o destino).

 

Dame las fuerzas, oh, Señor, para hablarte de esas efigies que son auto-emulación reiterada (y por ello, iconografía social): sostienen la cámara a cierta distancia, bajan la mirada para acentuarla, elevan los labios como síntoma impúdico de los besos guardados y las oralidades contenidas… es la pose repetida como signo de identidad. ¿Por qué me tocó a mí la desgracia de atestiguar esta época?, ¿hay todavía lugar para la redención? Lo virtual no es necesariamente lo virtuoso, ya se sabe, y las redes propician o multiplican las lujurias de la mirada, algo que tuvo su antecedente en revistas licenciosas y renta de videos pornográficos, pero que vive su edén hoy, en las webcams de sexo en vivo, o en el auge de las videograbaciones “caseras” que intentan (fallidamente) proyectarle autenticidad a un mundo que opera bajo el signo de la sospecha. No sé yo nada, Señor, del porqué de estas prácticas sacrílegas, pero me pregunto ¿qué logran preservar del deseo tangible y de los apetitos del manoseo verdadero? Enseguida me respondo que en las pantallas donde cuerpos y manos celebran festines del tacto pueden comprobarse:

 

a) la ausencia de originalidad en la euforia del gesto fingido,
b) la capacidad para hacer del éxtasis auditivo, aburrimiento insomne,
c) la liberación de las restricciones morales como reduccionismo de los sentidos,
d) la exhibición, que se quiere edificante, de la extravagancia o la inhumanidad,
e) todas las anteriores.

 

Me santiguo y te pregunto, oh, Señor, ¿qué fue de los espacios reales del faje, de la ciudad en donde el coito era hazaña furtiva contra los padres o los policías?, ¿por qué en la actualidad la mesa frente al computador es lo que ha sustituido (y determina) la secuencia de nuestros aprendizajes eróticos? Cada día, cada hora, cada minuto, ahora mismo, se abre la pantalla y se acude a la mano fácil, húmeda y casi siempre presurosa, pero ¿qué se puede hacer, oh, Señor, ante la pérdida de experiencias, ante la disminución de la intensidad que ahora todo lo gobierna?

 

Porque no quiero caer en la falacia del que sólo conoce a través del prejuicio, he dedicado horas y horas a la contemplación, sin prisa pero apesadumbrada, de los chats de sexo y las páginas en donde se compila el resultado de esas prácticas infames que son el sexting y la autopromoción de fotos íntimas. Y también me he entrenado en las fórmulas eficaces que perseveran en los chats para el ligue candoroso y las apps de sexo instantáneo. Por eso te pido, oh, Señor, que enmiendes tú las perversiones del ahora, que impongas sanciones a los indecentes, y reduzcas la confusión de quienes destilan con sus cuerpos el magma blanquecino de los impíos y el sudor hirviente que surge de frotes enajenados, de roces producidos contra uno mismo. Castígalos, oh, Señor, para que sepan que ningún pecador puede alcanzar la paz celeste, luego de vivir los imaginarios de la avidez sólo como eso, como ejercicios solitarios que no llevan a las verdaderas lubricidades, aquellas que ejerce la carne sobre la carne, que produce el aroma de los efluvios convulsivos, y que no inhibe, a través de la depilación, el vello púbico, esa realidad fantástica, arborescente, tan perfectamente plena.

 

III. Parábola de la indefensión en la red

Y vi que en la manos tenía un teclado aquel que se hallaba sentado en el trono. Y observé a un ángel imperioso que pregonaba, entre estertores, a su lado: “¿quién es digno de lanzar en el ciberespacio, y sin nombre, todos sus prejuicios?, ¿puede aquel creer que no será llamado a cuentas?” Y supuse entonces que en el mundo virtual de las postrimerías ya no operarían las certidumbres fáciles, y que los imperativos se actualizarían por falta de fe: Porque ando en valle de sombra de muerte / temeré a todos los males o a ninguno; / porque no estarás conmigo / nadie frente al teclado me infundirá aliento. Y miré, y vi que el trono lo ocupaba un sujeto sin rostro y con muchos ojos y brazos, y que esa era la forma en que el castigo de Dios se expresaría hacia el final. Y comprendí que el mundo de mañana sería presidido por resquemores y desconfianzas, un orbe donde la apariencia siempre resultaría más expresiva (no necesariamente más eficaz) que la esencia. Y el ángel imploró mi cercanía y me llamó ‘Cordero’. Y no tuve de otra que acercarme a la pantalla. Entonces escuché la voz de los muchos llamándome a la inmolación, y comencé a tuitear, endemoniado. Y a todo lo creado que está en el mar, y en el cielo, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: “Al que está sentado en el trono, y a ti, que estás a su lado, caiga sobre sus cabezas la intolerancia y el horror; y no halla compasión para sus hijos y los hijos de sus hijos”. Y enseguida la pantalla se llenó de bots y troles cibernéticos, y en mi ofuscación comprendí que la violencia era la demasiada gente incorpórea y su anonimato. Y vislumbré que la impunidad seguiría siendo hija de la masificación, y me dije que siempre sería más fácil aventar la piedra y esconder la mano cuando se estaba en medio de un baile de antifaces, sobre todo si se contaban por millones quienes asistían a la fiesta. Y comencé a leer imprecaciones mordaces, difamación repetida por cientos de millares. Y recordé que Pellicer había dicho ya, con un lenguaje menos arcaico y más efectivo, la misma idea: mudos espiamos a otros, mientras delatores voraces nos vigilan y observan. Y entonces el ángel levantó su mano al cielo y sentenció: “la violencia será el castigo para los que busquen la libertad sin fueros”. Y eso era, en aquel momento, la pantalla: violencia verbal –hija de la ausencia de responsabilidad y normas, pero también producida por algoritmos y recopilaciones estadísticas. Y la intimidación recibida, una y mil veces, y la voluntad de ofrecer mis palabras, mis gestos y mis señas, me convertía en mi propio verdugo, consumidor voraz y siempre insatisfecho; porque eso sí, yo no dejaba de tuitear, a pesar de la vulnerabilidad excesiva de ese aleph borgiano, que para mi sentido común se había vuelto trampa intemporal, porque nadie puede verlo todo al mismo tiempo y mantener la inocencia intacta, y porque un espacio dominado por la ausencia de cuidado y contacto físicos, puede ser el signo del Apocalipsis por venir, la columna de fuego que nos espera en el último de los días.


[Nota: este texto se publicó en Confabulario (suplemento cultural del periódico El Universal), el 4 de abril de 2015.]

8 de julio de 2012

Sirena invertida

Pasea coqueta y voluptuosa, a media madrugada, en la esquina de Nuevo León e Insurgentes. Camina erguida sobre unas piernas robustas y entalladas en una minifalda; su torso detenta un blusón reducido y sus labios un tinte de excesivo carmesí. En medio del frío espera que algún Ulises mundano cruce a su lado, quede tentado por su presencia lasciva y caiga rendido en sus redes carnales. Cada noche lo consigue mas no a causa de su voz. Muchos hombres le piden que no cante, que ni siquiera hable. Prefieren fantasear con el culo de su propia mujer, y esa voz los perturba. Así que ella vive su propia entonación como una suerte de anatema, una siniestra maldición que la delata. Aún peor, cuando no es la estridencia sonora, es la falta de boca uterina lo que la condena. Constantemente sufre el rechazo violento cuando algún inocente descubre que en vez de una orquídea encantada, en el centro de su furor íntimo posee un roble adulto.

Para evitar dificultades e imprecaciones, ha optado por volverse otra, asemejarse a la imagen que desde la infancia poblaba sus sueños. Y cada noche, entre delirios silenciosos, fantasea con la cirugía que le quitará su naturaleza bifronte e informe. No obstante, el destino vuelve a frustrar sus deseos más íntimos: los médicos le aseguran que es imposible ponerle escamas.

Dibujo de Gabriel Hernán Ramírez

[Esta minificción se publicó bajo el título “Sirena invertida” en el libro Yo no canto, Ulises, callo. La sirena en el microrrelato mexicano. Estudio, recopilación y bibliografía de Javier Perucho. México, CONARTE / Ediciones Fósforo, 2008, p. 64].

29 de junio de 2012

Revelación

Me asomo a la ventana. No hay avenidas. Tampoco casas. Persiste, sin embargo, el rumor urbano.

No es la ciudad: yo soy el fantasma.

24 de abril de 2012

La asfixia

No recuerdo el color del caballo, pero sí el golpe contra el coche y mi padre intentando salir de ahí, hundido ahí, en la negra sangre que la tarde le inyectaba al cielo de aquel día desgraciado.

Tiendo a bloquear los detalles de los momentos más infelices o humillantes que he sufrido, pero no los de esa mañana infinita en que dos caracoles aparecieron en las hojas de la planta que adoraba mamá; aquel helecho de gruesas nervaduras moteado con tonos vívidos y amarillentos. No me llamó la atención la velocidad inmóvil de su prisa, sino los destellos que emitían sus cascarones cafés salpicados de rayas blancas. Destellos que eran parecidos a los que, en ciertas circunstancias, las gafas de mi padre proyectaban sobre mis ojos. Como cuando me cargaba y le daba vueltas al mundo, o a mi cuerpo, en el patio de la casa familiar, y yo me sentía un ser alado, un navío a punto de despegar, cuya ancla eran mis brazos unidos a los brazos de mi padre, que en esos instantes me parecían la única salvación posible, la existencia en su más pura realidad.

Pero vino el estremecimiento, aquel caballo, la velocidad con que ocurren los hechos verdaderos, mi padre dentro y la asfixia.

26 de abril de 2011

Twitterelatos

La Biblioteca de Santiago lanzó el año pasado (2010) el concurso TwitteRelatos, donde usuarios de distintos lugares del mundo mandaron su historia a @BibliotecadStgo para comenzar a formar la primera biblioteca de cuentos en formato twitter. Un jurado elegió los que consideró los 16 mejores cuentos, siendo éstos ilustrados por artistas chilenos. Aquí dejo algunos de ellos:













El resto pueden consultarlos por acá en formato de video, o por acá en formato postal para enviar a amigos.

23 de abril de 2011

Anotaciones en torno a un tiempo ido

La que ya no es regresa, y su ausencia devastadora

me invade y me engulle

Henri Michaux


De entre las formas del olvido me sorprende la inscrita en la imagen fotográfica. Buscando una cita de Susan Sontag en torno al silencio como una forma del lenguaje, caen de las páginas de sus Estilos radicales unas fotografías que no reconozco. Se trata de dos instantáneas que me provocan cierto grado de incertidumbre. ¿Quién las tomó? ¿Qué es lo que se observa en las fotos? ¿De quién es la piel y el rostro que es posible percibir, vagamente, en ellas?


Fotografía 1

La fotografía retiene, estática, la imagen de una mujer riéndose. En principio semeja el retrato de una carcajada en movimiento y por lo mismo borrosa. Aunque también podría tratarse de otro evento: un estornudo, el inicio de una caída, algún tipo de gesticulación o aspaviento. Las interpretaciones posibles se multiplican y los malentendidos parecen apoderarse de mi mirada, al grado de no poder entender ante qué se encuentran mis ojos. En cualquier caso, se trata de un rostro transfigurado que no logro identificar. ¿Habrá sido alguna amiga? ¿Mi hermana (a quien no recuerdo haberla visto nunca reírse de esa manera)? ¿Se tratará de una imagen que yo mismo tomé? ¿Cómo llegó a este libro que hace años no sostengo entre mis manos? Intento hallar huellas, alguna pista en la imagen. No hay fechas. Tampoco logro identificar el lugar, parece una sala o un restaurante, pero en el archivo de mi memoria no existen referencias que pueda cruzar, detalles que empalmen con los tonos y los perfiles de los objetos aquí presentes: los marcos de las ventanas, el decorado de las puertas del fondo. Afuera, ¿hay un jardín? Imposible saberlo. No obstante esta impenetrabilidad de la imagen, hay algo que me atrapa como un imán. Quizá tenga que ver con la composición del cuadro, la perspectiva que da el ventanal, lo difuso del contorno del rostro y el cabello, como si una corola divina o un aura brillante cubriera a la protagonista de este cuadro acaso feliz. Me resulta una imagen nada estática pero sí extática, en las costuras del delirio, al borde del éxtasis. Quisiera saber de quién se trata y cuál es la historia que se encuentra detrás. Pareciera como si un velo me negara el acceso a tal verdad.


Fotografía 2

Sostengo entre mis manos la segunda fotografía, aun más misteriosa. Se trata de una imagen borrosa y contrastante. Una superficie brillante, casi blanca, resalta sobre el fondo grisáceo. Pareciera tratarse de retazos de luz suspendidos sobre una sombra, oculta ésta en el centro del retrato, en segundo plano. Vista de este modo, la imagen resulta sin sentido, acaso sólo el resultado de un disparo azaroso de la cámara. No obstante, conforme fijo la mirada, entiendo que se trata de una porción de piel. Quizá una espalda, antebrazos, los dedos de una mano… ¿Estaré viendo dos cuerpos misteriosamente entrelazados? El carácter claroscuro de la fotografía y la ambigua forma corporal que proyecta, es lo que le da cierta belleza a la imagen, de por sí llamativa por la incógnita que resguarda. Algo me dice que la memoria, después de tantos años, me juega chueco. Que algún día esa piel tuvo total claridad y sentido para mi tacto y mi vista; acaso fue la piel de un ser que un día amé y ahora un velo censor me evita contemplar en plenitud. La perfección imaginada va acompañada siempre de detalles minúsculos. Después de largo rato de admiración devota, me percato de un breve lunar, situado en el centro inferior de la figura. Tal hallazgo me provoca cierto escozor y molestia: ¿si fue mía, cómo pude olvidar ese hermoso detalle? Concluyo que estoy viendo el perfil superior de un muslo y dos piernas que salen de éste, las extremidades inferiores de un cuerpo postrado sobre una cama; sin embargo no puedo estar seguro de ello. Tengo la sensación de estar recordando con la memoria de otro, de estar inventando un pasado inédito. De inmediato aparecen en mi cabeza unos versos de José Ángel Valente: “Un torso de mujer desnudo en el espejo / como fragmento de un desconocido amor. // Y ahora quién podría / descifrar este signo, / reconstruir lo nunca ya después vivido, / reanimar, exánime, el adiós”.


El boleto

De otra página del libro cae un boleto de camión que resulta revelador. El recorrido: Cuetzalan-México D.F. De inmediato se desata en mi cabeza una especie de vida alterna, oculta en mi memoria más soterrada. Como si despertara de un sueño entiendo instantáneamente que es ella. Ese rostro es de ella, transfigurado por el tiempo, extraviado en una especie de limbo. Y esa piel es la que me hizo salir de mí e inventarme esta otra vida, que desde entonces cargo a cuestas. El poder del olvido es colosal, no puede medirse, salvo en las grafías inscritas en un boleto: Cuetzalan, un lugar en la cordillera de Puebla, al que nunca debí acudir, mucho menos en su compañía. De pronto me siento aturdido, mareado, como si alguien me hubiese golpeado y noqueado. Me parece estar viviendo las madejas de un sueño, atrapado en las redes de la irrealidad. Enseguida me parece que toda mi vida ha sido una mentira o, en el mejor de los casos, la alucinación de un loco que en el lapso de unos minutos ha vuelto a abrazar el tronco de lo real. El boleto muestra el paso de los años y tiene el color de esos objetos que han estado expuestos a los vejámenes del tiempo. Corro al espejo para comprobar si lo que estoy viviendo es verdad y observo que mi rostro ha envejecido todos esos años que estuve escondido detrás de otro rostro.


Del archivo íntimo

Las revelaciones suelen reproducirse una tras otra. Es como en los caleidoscopios, a través de los cuales observamos cómo ciertas visiones, por demás insólitas, remiten a otras nuevas, cada vez más enigmáticas y bellas. El boleto de Cuetzalan me ha hecho recordar ahora una película de David Cronenberg. En ella un hombre lleva una vida tranquila en un pueblo recóndito hasta que, para salvar a su negocio y a sus amigos, asesina a un par de maleantes, aparece en las noticias nacionales como héroe local, y es reconocido por sus antiguos camaradas de la mafia, que buscarán liquidar las cuentas pendientes que dejó atrás. El pasado es un espectro voraz que siempre vuelve y asedia. Al final, el protagonista resuelve ir en busca de ese ayer para poder retomar su vida. De la misma manera decido ir a casa de mis padres, donde hace años dejé algunas cajas con papeles y cartas, recuerdos que supuse nunca necesitaría más. Decido regresar porque a pesar de haber reconocido su rostro, no termino de completar las piezas del rompecabezas y por alguna razón creo que ahí podré encontrar alguna respuesta. Me muevo a partir solamente de la intuición, ese mecanismo que suele privilegiar el destino.

En principio pareciera que no logro mi objetivo. Muchos documentos inútiles, la burocracia personal subsume las pocas señales del pasado íntimo. No obstante, entre un certificado escolar y una solicitud de empleo, encuentro unas páginas sin fecha, que me remiten nuevamente a ella. Percibo su letra con cierto cariño desconocido, como si la conciencia de la pérdida me invadiera. No logro recordar, aún, si alguna vez tuve en mis manos esta carta. Es como si un pasado real, pero inédito, de pronto surgiera de la nada. Transcribo aquí un fragmento de lo leído:

Tardan las cartas y no son suficientes para decir lo que uno quiere. Desde que te fuiste de viaje paso las noches en penumbra. Sé que vas en busca de ti, de tu destino o tu misterio. Pero también creo que se trata de una huida. Piénsalo así: si el placer del viaje no proviene del lugar al que se llega sino del encuentro con aquella otra realidad que eres tú estando en otro lado, también es cierto que ese hallazgo (sólo posible en la travesía) no te pertenece sin aquellos que te aman; sin la memoria de aquellos que viven en ti, aun estando ausentes. Lo creo fervientemente. Obviamente no se puede volver si antes no se ha partido. Pero tampoco se puede volver sin el recuerdo.

Alguna vez me dijiste esto sobre el viaje: ‘la esperanza sólo es el verbo del viaje. Nunca su destino’. Te equivocabas. Es verbo y destino: sentido, porque en esto del viaje no se llega nunca, sólo se aprende que la vida es ir y venir, fluir a ciegas. El arribo sólo se alcanza cuando logramos descubrir esa región que se encuentra justo al centro de nosotros mismos. Esa región que nos hace sentir extraños en nuestra propia casa o cómodos en tierra extranjera. Sí, creo que todo buen viaje nos hace diferentes, nos vuelve otros: no somos los mismos. O quizá no es que el viaje nos modifique. Es sólo que nos permite ver cómo ya nos habíamos transformado. Y cuando tal cosa ocurre, sólo cabe esperar acostumbrarnos a ver ese nuevo rostro en el espejo, para sentirnos bien.

Me da gusto y tristeza a la vez que te hayas dado cuenta que sólo si vives mi pérdida (mi ausencia total) es posible cualquier futuro juntos, cualquier nuevo ‘nosotros’. Por el momento es muy lejano y es mejor no pensar en ello. Creo que el amor es lo más extraño al hombre (una fuerza que lo invade y lo posee, un demonio) y también lo más entrañable. En estos días es quizá lo que siento por ti: extrañeza y extrañamiento. Dos palabras que se hermanan como algún día lo estuvimos: inseparables. Hoy la historia y el futuro se han vuelto tan distintos. Y lo conocido resulta de pronto tan ajeno...

No sé. Creo que no he dicho lo que quería. Tal vez intentaba decir algo más. Otra cosa que hoy me rebasa. Que me rebasa siempre que estoy frente a ti. Quizá esto era lo que quería decir:

(Me da tanto miedo que me olvides al irte, que me dejes otra vez)


Avidez de olvido

Las palabras que renacen de la historia personal configuran un sortilegio del que es difícil escapar. Ciertas frases están ligadas a un amor pasajero, así como los espacios que un día habitamos con alguien, no nos abandonan a pesar del deseo que tengamos por desertarlos. La memoria no es ajena al olvido, se constituye a partir de él. Sin esa selección de recuerdos que realizamos a diario, sería imposible vivir. Una vez fui feliz a su lado, pero eso terminó en medio de fatigas y confesiones dolorosas. Fue tal el ansia y la voluntad por alejarme del horror diario de vivir ajeno a sus movimientos y su presencia, que decidí enterrarla en el olvido. Destruí (eso creí en aquel entonces) todo lo que me remitiera a su existencia: regalos, fotografías, números telefónicos. Me alejé decididamente de los amigos comunes. Cambié de trabajo y de casa; procuré establecer nuevos recorridos cotidianos; conocí otra ciudad a la que hasta ese momento había habitado. Nada sirvió y fue entonces cuando decidí emigrar. Pasé diez años fuera del país, luego de vivir alegrías y miserias. No me enorgullece aquella época pero tampoco la desprecio. En una ceremonia de santería, en Cuba, un hombre me dijo que podía lograr que la olvidara; le creí y eso bastó. Cuando volví, era otro y de algún modo, en efecto, ya no la retenía mi memoria. Pero siempre quedan vestigios. Es imposible desaparecer todas las huellas. Un par de fotografías escondidas en las páginas de un libro, un boleto de camión, una carta acaso nunca recibida, bastan para que el trabajo de años quede derruido, y la memoria, con su peso indescriptible, traiga de vuelta los miedos ancestrales y las sombras de antaño.

En un cuaderno de notas he hallado el último de los rastros que sobrevivieron a la quema de mis naves. Se trata de una anotación hecha pensando en ella, deseando su desaparición. La leo y el sentido que tienen estos signos negros no es el mismo que cuando los escribí. Sin embargo, hablan de lo que hubo en ese tiempo que ha dejado de ser ilusorio, que ahora estoy convencido existió. He aquí las palabras de ese otro que fui yo:





[Texto: Jezreel Salazar / Fotografías:
Érika Ruíz Vitela]

28 de octubre de 2010

Descifrar la voz

Hay enigmas habituales y no por ello menos dolorosos. Después de cierto tiempo, uno aprende a reconocer lo que ocurre del otro lado del teléfono. Veo cómo alza el auricular y escucho su tono de voz. Entonces sé quién está en el otro extremo de la línea. La distancia se descifra mientras se agudizan mis sentidos. En parte son sus gestos, el modo en que mira el horizonte o aprieta los labios. También acaso el cruce de las piernas o el movimiento rítmico del calzado sobre el piso. Y la voz, que puede ser grave, impaciente o dulce; incluso en ocasiones de un registro antiguo, casi infantil. Entonces descubro que habla con su padre, con el contador o con su mejor amiga. También a veces entiendo que al otro lado se halla una voz enemiga.

11 de junio de 2010

Métodos


I. Para no ganar en los naipes:

Cultivar un secreto como se cultiva una derrota.

II. Para sobrevivir terremotos:
Preferir primeros pisos por sobre el atractivo morboso de las azoteas.

III. Para evitar la asfixia:
Apaciguar polvaredas.

IV. Para aliviar los complejos de estatura:
Acudir a sitios que marcaron nuestra infancia.

V. Para quitarse un peso de encima:
Procurar una tumba ajena o, en su defecto, acudir a la peluquería.

VI. Para vivir en otro país:
Anteponer un "no" a cada noticia leída en el periódico.

VII. Para recuperar el sueño:
Trabajar en días de asueto.

VIII. Para perderse en la ciudad:
Tener una Guía Roji como libro de cabecera.

IX. Para estar en contacto con la realidad:
Apagar el celular.

X. Para añorar vidas pasadas:
Prender la televisión a cualquier hora, leer un blog (el que sea), o simplemente mudarse de casa.

8 de junio de 2010

Fatiga

Hay noches en que el color de las cosas se destiñe por culpa de una mirada o un brazo que se aleja fríamente. Es como si el aire fuese una fina espuma que asfixia, arena de un reloj que caducó hace tiempo. Surge entonces como un compás de espera cuya longitud no termina, el rin-tin-tín de un teléfono a lo lejos, un mensaje de texto incomprensible. Uno percibe, así, aromas en el aire, poros de luz que se dispersan mientras el sol se pone, astucia de las horas idas. Pensamos que de a poco la voluntad toma su rumbo; que alcanzar con las manos los objetos que buscamos, es saber lo que queremos. Sin embargo, la inmediatez nos dice que no es cierto, que aquello que creímos valedero no tiene peso ni consistencia, y entonces sólo cabe abrazar la almohada, perforar un pañuelo, abrir la regadera y esperar que alguna sensación nos haga despertar o, en su defecto, recorrer la sábana dentro de la que pacta el cuerpo, para dormir con un sueño grave, voraz, infatigable.