11 de enero de 2006

Bajo la luz sombría

por Jezreel Salazar


No todos pueden ver la verdad, pero pueden serla.
Franz Kafka




El aforismo es la expresión mínima del ensayo.

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No es la proclividad al fracaso lo que determina mi porvenir. Ni la fe en ídolos o el mecenazgo. Sí responder al vacío congénito, al abismo interior, ese insulso deseo de saber arder al finalizar cada día.

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La inocencia nunca nos es dada para sobrevivir. Sólo su pérdida lo permite.

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Si lo que utilizas como espejo es mi rostro, tendré que sospechar, incluso, de tu máscara.

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¿Por qué será que el alma de un perverso asemeja la mentalidad de un mediocre?

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“No hay verdadera sabiduría sino en dar cada hombre lo que tiene” escribió Alfonso Reyes. ¡Qué ardua tarea! Y para saber lo que uno tiene, existe esa otra faena que requiere aun de mayor grandeza: ¡saber amarse!

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En época de riesgos, tenerle miedo al que no le tiene. Para andar con orgullos la mediocridad ya está superpoblada.

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Cuando el remedio es sólo una enfermedad incurable, los paliativos son la salvación.

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La adulación es la promesa del desamparo. Quien conoce su arte personifica un tiempo futuro de infamias y despojos.

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Como no pensaban como él, tuvo que pensarse como ellos.

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Si quieres estar seguro sobre algo, nunca acudas con un especialista.

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No es posible vivir con culpas. Es como cargar con muertos que ya no son capaces de ofrecer su perdón. Si uno tiene que sufrir el trabajo de perdonarse, también es necesario que el otro nos absuelva. Y es que bajo todo esto lo que pasa es que se trata sólo de algo más sencillo y profundo: de compartir el dolor. Y cuando dos personas logran hacer eso es que, una a la otra, pueden salvarse.

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Cuando el desgarramiento mental llega al límite, comienza una locura consciente, un lúcido sufrimiento, la coherencia del dolor, lo que llaman agudeza. El talento no es más que la intuición.

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El viaje a la fe da certezas pero cuesta miedos y fatigas.

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El sueño profundo es el más conocido, codiciado, manoseado. El dilema consiste en abocarnos al perentorio y hablar de nuestra insuficiencia.

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Sólo somos capaces de aprender a perecer.

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Cédeme el punto fugaz de tu duda, o de menos, la duda de tu fuga.

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Lo más seguro es que todos creamos en mentiras. El secreto está en no saber que lo son.

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El psicoanálisis no es la cura sino su degradación.

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Para equilibrar no basta la lucidez ni el talento. Mucho menos la balanza. Hace falta doblegarse.

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Si no supiéramos que vamos a morir ya nos habríamos suicidado.

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Para la congoja de la separación no hay recetas, nunca las habrá. Pero buscar intencionalmente una confluencia de caminos, una encrucijada de dos, es ser cómplice del mayor desencuentro. También es promover, de antemano, el fraude o el engaño.

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La palabra es lo mejor y peor que tenemos, lo que hemos hecho de nosotros. Sin embargo, lo vital en la palabra es el silencio.

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Que vender un libro no implique comprar un alma.

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De la voz sólo podemos examinar su cuerpo, su maltratado cuerpo.

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La nostalgia es un deseo que no pudo ser ni construido ni olvidado.

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Sólo porque soñamos y mentimos es que somos humanos.

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No te sometas ni te dejes llevar. Sólo cuando seas capaz de entregarte sin disminuciones, de cederlo todo en un espasmo instantáneo de gozo, donde la vida es el recuerdo lejano de la muerte que por un segundo habitas, entonces sí, a pesar de los rumores y las maledicencias y por encima del reproche ajeno, al fin, permite que alguien te penetre por entero, no sin antes haberlo hecho tú misma sin mesura. De no ser así, mejor desprecia, rehúsate y huye.

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La esperanza sólo es el verbo del viaje. Nunca su destino.

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La perfección es la eternidad del instante.

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Hay que poner en movimiento aquello que por su fractura no puede seguir vivo. He ahí cuanto motivo existe.

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Para cambiar el giro de un momento primero observar su obicuidad, luego respetar el furor de su luz; además comprender el sentido de su rumbo, ponerte en pie y hacer énfasis, tras un tirón de voz, en la calidad de tu estirpe, evitando toda eternidad.

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No alivia a la soledad la compañía.

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El más grande sabio no es aquel que razona sus sueños, sino quien hace de sus razones, sueños.

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Nunca como hoy la vida de los hombres ha estado en contraste tal con la vida de los dioses.

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Las palabras ya no hacen pensar: si pudiéramos desear, callaríamos.

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Comprometerse es ser cómplice de una promesa como se es cómplice de un asesino.

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Los hombres prefieren siempre la noche, el abismo. ¿Por qué nos encanta la incertidumbre; qué hay en el vacío que nos envuelve en la fascinación y el sueño?

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Se es en lo posible realidad.

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Si en algo te estimas no establezcas una lucha sin armas contra ti.

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La coincidencia funda el destino.

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Equivocaciones que no importarán son las que nos permiten hablar de cómo lo que daña, encamina.

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Aquí sucede que cuando pretendemos conocernos montamos la escenografía de nuestra parcialidad y no la de nuestros miedos.

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“El que ama su vida la perderá” (San Juan, 12, 25). Por eso hay que amar sobre todas las cosas la muerte. Así nada nos podrá ser arrebatado.

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La venganza no es sino añoranza.

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El amor es imposible sin un sentido religioso de la existencia. No me refiero a la fe en Dios. Me refiero a la esperanza unida a cierta certidumbre en algo que va más allá de la comprensión. Es la posibilidad de creer en el misterio, lo cual es algo esencial a la vida: “La fe forma parte de la esencia de todas las cosas, y no se apoya en nada” escribió Samuel Butler.

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Escribir como si lo escrito fuera a ser leído el día de tu muerte.

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Recordar es una incompetencia y quizá la mejor.

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¿Sólo será posible alcanzar la felicidad por el camino de la renunciación?

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Una frase dilapidadora no da muerte, despierta.

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¿Hay algo más frágil que la memoria? ¿Hay algo más enterrado y duradero que la memoria del dolor?

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Iluminación no es verdad. Para vivir en la verdad la luz debe necesariamente morir. “Tuya es la luz, pero mío es el llanto” decía León Felipe en su reclamo a Dios.

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En ese entonces necesitaba a alguien. Pero en tal necesidad se hallaba el vacío. Se escondía en aquella súplica el sentido de mi propia carencia. En realidad me necesitaba a mí. Necesitaba mis propios brazos y mi propio cuerpo, como ahora necesito mi propio corazón. Mi alma era una ausencia que yo deseaba y no sabía. Era la brevedad de mi sustancia. Mi hambre y el alimento que dentro mío, no podía yo alcanzar. Vivía la soledad como un infierno y en realidad la soledad es un milagro.

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Nuestra sombra es superior a nuestra luz.




[Nota: estos aforismos se publicaron en Armas y Letras. Revista de la Universidad Autónoma de Nuevo León, núm. 52-53, Julio-Diciembre, 2005, pp. 40-42.]