10 de junio de 2026

Gestos mínimos

En estos días he estado muy enfermo. "Gastroenteritis infecciosa", dijo la malencarada doctora, mientras mi cuerpo afiebrado temblaba y buscaba contener el malestar. ¿Han sentido ese ardor que recorre toda la superficie de la piel como si el aire quisiese torturarnos por quién sabe cuál motivo? Me maravilla el arte perfeccionado de deshumanizar a los otros: en todo el tiempo en que estuve en ese consultorio, la doctora nunca me miró a los ojos. Preguntas cortas y veloces, interrupción abrupta a la narración de mis síntomas, auscultación mecánica. Estar ahí era como sentir culpa por tener ese malestar, como si hubiese yo tomado, con alevosía, una serie de decisiones en contra de mi propio cuerpo para conseguir llevarlo hasta ese lugar. Sólo tenía ganas de huir de ese territorio, sin duda, infeliz.

Otra cosa, muy distinta, ocurrió en casa. Por vez primera en varios años no pasé la enfermedad de manera solitaria. Me di cuenta de pronto, no lo había pensado: tenía mucho tiempo de no sentirme acompañado en la vulnerabilidad, de no sentirme protegido. Resulta muy conmovedor el poder de las revelaciones a posteriori: la precisión con que uno ve lo que no pudo leer en su momento, lo que siempre estuvo ahí, pero no quiso uno enfrentar. Justo platicaba de eso hace una semana con mi amigo Rafa, el modo en que se transforman y consolidan los vínculos cuando nos enfrentamos a la enfermedad, cuando cuidas y sobre todo cuando alguien te cuida.

Esa es, quizá, una buena aproximación a lo que es el amor, no la pasión desorbitada y pasajera que termina por aburrir y ser insuficiente, sino simplemente la experiencia de alguien cuidando a alguien, la sensación restauradora de otro cuidando de ti. Es indecible lo que uno puede sentir por aquellos que brindan su tiempo en generar el bienestar ajeno. No es algo que deba darse por sentado, ni mucho menos. Ese apapacho, esa compañía, esos gestos mínimos: alguien te prepara un caldo de pollo, coloca sus manos en tu espalda con cariño y pide tus medicinas a la farmacia; alguien está al pendiente de la hora en que debes tomar la siguiente dosis y escucha cómo estás; alguien te consuela.

Un territorio infeliz es aquel en donde no existen los gestos mínimos, la escucha o la posibilidad del consuelo. Por eso dan ganas de huir de esos espacios. Hay política muy bien intencionada que se ejerce con maltrato y descuido. Los egos y las ganas de sobresalir abundan en medio de los discursos más críticos. Por eso cuando esas formas políticas se institucionalizan producen esperpentos. Pienso que sólo desde el reconocimiento de la vulnerabilidad inherente a cualquiera puede gestarse una ética del cuidado, una política transformadora y vínculos basados en la responsabilidad frente a los otros.

En estos días he estado muy enfermo, pero me he sentido amado.

13 de agosto de 2023

Escribir desde el margen*


A veces me pregunto qué sentido tiene dar clases a estudiantes de Creación Literaria y me acecha la incómoda pregunta sobre si es posible enseñar a escribir literatura, si la capacidad de reinventar la realidad tiene que ver con un talento innato, un don que ya se trae en el ADN, o si esa magia, el secreto de la ficción, es algo que se puede transmitir o heredar. Después me doy cuenta de que la enseñanza, a pesar de todos sus horrores y todas sus desigualdades, es un espacio en el que ocurren cosas inesperadas (hallazgos, comunión, puntos de quiebre), tan sorprendentes que resultan difíciles de aquilatar, básicamente porque nos abren la puerta a la posibilidad de ser distintos. En eso las aulas se parecen a los libros. ¿Qué otra cosa es la buena literatura sino justo eso: un umbral a esos otros que somos nosotros mismos?

Clara Serra, filósofa española, suele decir que la escuela es un espacio para aprender cosas distintas a las que nos han enseñado en nuestras casas. Lo cual, por supuesto, no gusta necesariamente a nuestras familias. Pero ese es justo su valor. En la medida en que ayuda a quebrantar o desobedecer ideas preconcebidas, la educación puede volverse un espacio para la libertad. Creo que pasa lo mismo con la escritura: el poder que nos otorga se deriva de las transgresiones que conlleva. Los personajes que más recordamos son aquellos que rompieron una norma, aquellos que fueron en contra de ciertas ideas, leyes o mandatos morales, para conseguir un fin más alto. Por eso, el valor de la escritura no tiene que ver con el estatus, la fama o la fortuna, sino con la posibilidad de darle sentido a nuestras vidas.

Más que escribir para tener un nombre o para hacer una carrera literaria, pienso que uno se acerca a las letras para ver el mundo con gafas distintas, para relacionarse con la realidad y con los otros a partir de lógicas alternativas, contrarias a las del narcisismo y la necedad, a las de la arrogancia y el egoísmo, a las de la incomprensión y el desprecio por quienes nos rodean. Aunque muchos escritores y muchos libros están hermanados con los peores valores de este mundo, no hay que olvidar que también hay literaturas que no han abandonado su vínculo con las humanidades. En una época en que la escritura se ha vuelto una simple mercancía y los lectores un nicho de mercado, vale la pena defender las innumerables y valiosas funciones que tienen los libros (más allá del placer estético que generan). La literatura nos permite interpretar el mundo, registrar acontecimientos, desarrollar nuestra sensibilidad crítica, los textos producen imaginarios colectivos, generan identidad, le otorgan sentido al sinsentido; lo mismo construyen memoria que desmontan los relatos del poder, atienden lo ignorado o invisibilizado,  ejercitan la denuncia, permiten vislumbrar salidas a nuestros conflictos cotidianos y dejan testimonio de nuestras vidas, volviendo inteligible lo que a la sociedad le resulta aún chocante, ajeno o difícil de comprender; en suma, la escritura nos hacen capaces de imaginar otros mundos, o para decirlo en una frase, consigue vislumbrar lo posible dentro de lo imposible. Si algo quisiera que ustedes se llevaran al marcharse de esta Licenciatura en Creación literaria es el poder que tienen en las manos cada vez que deciden hacerle un paréntesis a la realidad, tomar su cuaderno de notas y escribir lo que observan, sienten y piensan. Y cómo eso se puede volver una obra, que no es otra cosa que una propuesta de mundo, la imaginación concreta de otra realidad habitable.

Deben saber (muchos sin duda ya lo saben) que la vida está repleta de obstáculos, desengaños y dolor. Y que uno se equivoca múltiples (¡tantas!) veces. Nadie está exento de ello. La escritura no siempre nos otorga respuestas para dejar de hacerlo o para salir de los atolladeros de la existencia, pero nos puede ayudar a confeccionar preguntas más adecuadas del por qué somos como somos, o por qué llegamos al borde de ciertos precipicios. Espero que, más allá de la técnica y los recursos que aprendieron aquí, de la profesionalización que han tenido a lo largo de estos años, todos ustedes logren relacionarse con la escritura como quien descubre un territorio que nunca le deja de ser extraño y que en esa extrañeza se renueva, una y otra vez, su capacidad de asombro. Que logren asumir que vivir cerca de las letras, ya sea escribiendo textos, dando clases y talleres, editando libros, trabajando en un periódico, produciendo conocimiento sobre obras y autores, dialogando con otras artes… que en medio de todas esas tareas, sepan ustedes asumir que las palabras implican un aprendizaje inacabable, continuo y cotidiano. Y que lo mejor es siempre recorrer ese camino de enseñanzas permanentes intentando romper los límites de lo aprendido, explorando las fronteras de lo escrito, transgrediendo las convenciones de los géneros, pero también de nuestros tan fortificados prejuicios. Quizá esa sea la mejor manera de que la escritura, en efecto, nos lleve a lugares inesperados, quizá no los que deseábamos, pero sí aquellos en donde nuestra felicidad tenga oportunidad de otorgarnos destellos.



Uno escribe no en las mejores condiciones posibles. En América Latina hay una persistente, valiosa e increíble tradición de escribir en medio de la precariedad (Mondragón dixit). Por supuesto que cualquiera preferiría confeccionar textos rodeado de privilegios. Tal deseo, sin embargo, está asociado más a la búsqueda de poder que al compromiso con el lenguaje. No estoy diciendo que no hay que aspirar a vivir de una actividad vinculada a las letras, ni tampoco estoy buscando romantizar la pobreza. Lo que digo es que la precarización no debe hacernos renunciar a pensar la escritura como un recurso para humanizar la vida, ni debemos abandonar el territorio de las palabras cuando la miseria nos amenace. Piglia solía valorar a los escritores que, con cierto estoicismo, lograron conciliar trabajos de oficina con la escritura de obras de gran calado (Kafka, Gombrowicz, Eliot). Incluso si nuestra relación con la literatura es más modesta (si sólo nos ayuda a procesar emociones, por ejemplo), les diría que escribir importa (¡y mucho!), siempre y cuando siga otorgándole sentido a nuestras vidas. Y creo que eso ocurre sólo cuando escribimos quitándonos las ataduras y saliendo de la zona de confort en que tendemos a ubicarnos. Neil Gaiman decía que en el momento en que uno se siente más desprotegido, cuando nos mostramos desnudos ante el mundo, ofreciendo nuestra absoluta intimidad, es cuando comenzamos realmente a hacer literatura. En resumen: cuando escribimos desde la vulnerabilidad. Eso, pero también habría que sugerir algo más: encontrar la originalidad en aquello que nos hace únicos, distintos a los otros. He ahí donde puede nacer nuestra mirada de escritores. No buscando repetir los moldes que dan becas, los comportamientos que te otorgan amiguismos, recursos y prebendas. Sino escribiendo desde ese lugar que otros no habitan. La UACM está situada en un margen y muchas veces los profesores aspiran a que sus estudiantes logren alcanzar un centro, que escriban como quien escribe viviendo en la Condesa o en Coyoacán. Me parece un grave error. Creo, por el contrario, que en esa existencia situada, en ese margen, pueden hallar una voz que no sea algo producido en serie, sino algo insustituible. Quizá ahí se encuentra el secreto de aprender a escribir, esa magia, y el sentido de su existencia literaria.

 


* Palabras leídas a mis estudiantes en la Ceremonia de graduación de la Licenciatura en Creación Literaria de la UACM el 11 de agosto de 2023.

 

1 de junio de 2022

Un poema para decir adiós


Orfelia no encuentra un comprobante de domicilio

Elisa Díaz Castelo


 

Toco lo que me queda. Lo que habrá de quedarme.

Dios mudará de dientes. Se atenuarán los círculos,

los años. Pasará lo que pasa siempre:

el tiempo. Me abrigo desde ahora con lo que me hará falta:

la luz esa tarde en la azotea, siete campanadas

en la iglesia del cuerpo. Una hora

rodeada por la lluvia.

Mido mi discordancia. Remonto la usura.

Pronostico el final de mi nacimiento.

La ciudad se ha mudado de sitio.

Unos metros, dicen, se desplaza. Ya no está

donde estuvimos. Y no he vuelto a subir a la azotea.

Fuimos sólo esto: dos piedras sobre una barda,

nombre a nombre. Pienso ahora:

mis huesos de leche sobre tus huesos. Muerte a muerte.

Tal vez seremos siempre lo que no fuimos nunca.

No ruinas. Mapa de fracturas. Ciudad de grietas.

Mi cuerpo hormado por el tuyo. Todo lo que era blando.

Mi único. Mi siempre. La sisa de mi piel.

Incluso el tampoco, el sitio donde empiezan

las últimas veces. El acaso y su resaca de mal vino.

Alguna vez mi abuela, dentadura postiza,

dijo desde la última esquina de su viudez escueta:

escoge lo que has de llevarte. Dos o tres momentos.

La prórroga de los últimos días. Anclaje y penitencia.

Todo lo que nadie recuerda, ni nosotros. El paraíso

enterrado en el viejo jardín, mascota muerta.

De aquí hasta entonces

todo es periferia. Hubiera dicho: amor,

no te detengas. La muerte empieza

a mordisquear nuestros tobillos. Y no llegaremos juntos

a ninguna parte. Seremos sed, seremos

sedimento. Explícitos cadáveres apagados.

Calaveras dormidas

al fuego lento de los crematorios.

 

[Elisa Díaz Castelo, "Orfelia no encuentra un comprobante de domicilio", en El reino de lo no lineal. México: FCE / INBAL / ICA, 2020].

16 de diciembre de 2021

A veces uno cree que se alejan de uno y en realidad quien se aleja está interponiendo un muro entre sí y el mundo


De "Intempesta Nocte", un poema de Diana Bellesi:

 


Abolir el texto

del drama

 

La palabra liberada

de deseo deja

de ser palabra


No es a mí

a quien escucha:

Ella

sólo rastrea

un fantasma

5 de junio de 2021

Ojos estallados

Para PSR

Existen horas perforadas, oquedades huecas.
Como el insomnio -sus rincones no cobijan tus sollozos.
A veces quisieras esa persiana levantar,
pero tus ojos distinguen el olor de aquella asfixia
y cierras entonces todas las ventanas.

El sudor del aire trepa los muros que te rodean
y el final del día te retiene enfermo en cierta cama.
El aguijón de la duda hueca el timbre de la voz.
Tu ansiedad es una nube de esporas encendidas.
Y en el colmo,
la mudez de tu padre no te preparó para el silencio.

Al otro lado de la pantalla hay un único vacío.
Allá, donde se dobla la retina, el país es páramo perdido.
Pero a ti sólo te importa aquel cuarto,
la habitación que no te tiene,
repleta de vagos juramentos
-y furtivas secreciones.

¿Acaso todas las promesas migran fugitivas?
¿Acaso una palabra consigue delinear lo que pudo ser posible?
Te haces preguntas en el año de las refutaciones.
Pero la ciudad sólo arroja ecos, siluetas temerosas,
jardines disecados.

Ya todos los espejos te reflejan.
Los rostros que tuviste hoy te dan la espalda.
Ninguna mirada ayuda a sostener estos minutos.
Atraviesas con ojos estallados
el campo de minas que es tu cuerpo.

Y yo, sola, aquí, del otro lado,
en el doblez de la persiana,
tras el telón llamado espejo,
entre risas, piedad y semen,
en la habitación jurada,
sin poder decirte todos mis secretos.

1 de octubre de 2017

El Santo: el mito como status

I. Mausoleos del Ángel, 5 de febrero de 1984. “Santo. Santo. Santo. Santo…” Una multitud de ojos formada por miles de voces aclama a quien esculpió sus días con una máscara. Al sepelio asisten otros luchadores, como Blue Demon, Black Shadow, Huracán Ramírez, Ray Mendoza, Mil máscaras… Todos reconocen en el evento el fin de una época para un espectáculo en que, según Roland Barthes, “lo importante no es lo que se cree, sino lo que se ve”. Y lo visible aquí es la autenticidad contenida en el disfraz. Rodolfo Guzmán Huerta no está en el féretro; su lugar lo ocupa El Enmascarado de Plata. El poder de la máscara provoca que se entierre a alguien distinto al que nació 67 años antes. En México no es extraño que la identidad trastocada sobreviva al sujeto oculto tras ella, que el personaje legendario sustituya al individuo anónimo: los héroes están hechos de ficción y el rostro, de camuflajes. Juan Villoro, al escribir sobre el subcomandante Marcos, afirmaba que en el imaginario mexicano “la fuerza sólo existe encubierta” y por ello “la identidad desnuda debilita”. De ahí que la aglomeración se despida de El Santo y no de quien tres días antes reveló su semblante y su nombre oficial en un programa televisivo. El héroe de historietas vive y trasciende en contra de lo que escribió Alejandro Dumas: “Toda falsedad es una máscara, y por bien hecha que esté la máscara, siempre se llega, con un poco de atención, a distinguirla del rostro”. Ese dictum no se cumple con El Santo. Superficie y fondo, efigie y esencia son, para quienes lo preservan en la memoria, una misma realidad.

II. Si “el desenmascaramiento es la pérdida del rostro” (Monsiváis dixit), el sobrenombre también juega su papel en la mitificación del ídolo. Luego de varias identidades tentativas (Rudy Guzmán, El Hombre Rojo, El Incógnito, Demonio Negro, Murciélago II), Rodolfo Guzmán se autonombra El Santo y con ello se convierte en el centro de diversas mitologías: la que narra el ascenso épico de quien obtuvo por su primera lucha siete pesos y se convirtió, con el paso del tiempo, en éxito comercial en cuadriláteros y taquillas; la que recuerda al combatiente invencible, al adversario invicto en luchas donde apostó treinta y siete veces la máscara sin perderla; pero sobre todo, la que celebra al justiciero que triunfa, en cómics y películas, contra las fuerzas (humanas y sobrenaturales, mundanas o extraterrestres) del mal. En estos años, ver al Santo —sobre el ring, en historietas o proyectado en celuloide— permite atestiguar y expresar pasiones usualmente controladas; posibilita la vivencia de esa ofuscación llamada inverosimilitud; y reinventa, en propios y extraños, la telenovela en otros formatos.

III. Pocas horas antes de su muerte, El Santo escenifica en el teatro Blanquita un sketch humorístico: en un manicomio, varios desquiciados atacan al velador (representado por Alfredo Solares), el héroe llega para intentar salvarlo, pero luego de escaramuzas con patadas voladoras, llaves y hurracarranas, termina también enloquecido debido a los golpes, de modo que se vuelve un interno más. El Santo es, a fin de cuentas, un símbolo y como tal, difícil de descifrar en sus múltiples significados y variantes. Pero en general remite, una y otra vez, al delirio. Cualquiera que haya visto El Santo y Blue Demon contra las momias de Guanajuato, puede constatar que la liberación expresada a través del relajo es más poderosa que la ofuscación provocada por actuaciones, maquillajes y escenografías inadmisibles (y por ello mismo, imperdibles).

IV. Hasta aquí el teatro-de-escenificaciones-dramáticas tan repleto de los frecuentados lugares comunes sobre “el máximo ícono de la lucha libre en México”: el poder atávico del rostro enmascarado, la representación de una lucha moral en donde la justicia se impone, el melodrama vuelto espectáculo excesivo, catarsis popular y heroísmo secular. Si la mitificación no concluye con su muerte en el ring, sí adquiere un cariz distinto con el paso del tiempo. Poco a poco su imagen se vuelve sinónimo de mexicanidad, referencia cultural de una colectividad que, frente a al advenimiento de los procesos globalizadores, se halla cada vez más en busca de los signos identitarios perdidos. Quien no es devoto de las gestas que se desatan entre las cuerdas del ring, puede sin embargo reconocer que el héroe mitificado es parte de los suyos. Quien ve sus películas con los anteojos de la alta cultura, puede no comprender la función social de lo que ahí se proyecta, pero no puede negar que en alguna medida es parte de ese mundo de lances y situaciones imposibles. Pero, sobre todo en la última década, también ha ido adquiriendo el carácter de marca, souvenir para turistas u objeto de consumo y de estatus para nuevas comunidades juveniles. ¿Cómo pudo darse este proceso que implica cambios en los modos de relacionarnos con la cultura de masas y con el mercado?

V. Aunque en nuestros días cualquiera lleva al Santo estampado en su camiseta, durante muchos años se asoció la lucha libre con un espectáculo vulgar y corrupto. La actitud peyorativa con que se observaba a los enmascarados se engarzaba con un vocabulario no sólo elitista, sino también discriminatorio. Se trataba de eventos para léperos, pelados y nacos. El léxico de la exclusión provenía no sólo de nuestra duradera sociedad de castas (tan bien personificada por la alta burguesía del país); también emanaba de la comunidad intelectual. Escritores, pintores y artistas en general veían en el advenimiento de la sociedad de masas el peligro de los bárbaros que amenazan con derribar las murallas del mundo civilizado. Aún en nuestros días prevalecen esos apocalípticos que caracterizó muy bien Umberto Eco y que responden a una vieja noción de cultura derivada de la posrevolución (que establecía una fuerte diferenciación social, valorando positivamente el mundo indígena del pasado, pero repudiando toda expresión urbano popular). Como afirma Heather Levi, no fue sino a partir de los años setenta cuando la lucha libre comenzó a ser revalorada por diversos artistas que, de distintos modos, fueron críticos de ese modo de distinción excluyente entre alta y baja cultura, reformulando con ello tanto el lugar del pancracio, como la noción misma de “lo mexicano”. Felipe Ehrenberg, Lourdes Grobet, Sergio Arau, Arturo Guerrero y Marisa Lara, entre otros, incorporaron el fenómeno a sus producciones artísticas. Por su parte, escritores como Carlos Monsiváis, Paco Ignacio Taibo II, José Buil y José Joaquín Blanco publicaron textos que revitalizaron la manera de percibir y atender el fenómeno, dignificándolo en su particularidad y dejando de percibir lo popular como amenaza.

VI. “Lo marginal en el centro”. La fórmula sintetiza la estrategia cultural que buscaba democratizar la sociedad al volver inteligible lo que estaba en las orillas de nuestra geografía cultural. Si la lucha libre mutó en espectáculo legítimo y en símbolo de identidad, se debió al modo en que fueron visibilizadas, cada vez más, formas de vida no hegemónicas que, sin embargo, habían persistido sin necesidad de que alguien las legitimara. Esto fue posible no sólo gracias a una metamorfosis en el mundo de las artes, sino a toda una revolución cultural que tuvo su origen en las conmociones de los años sesenta: a la revolución de los medios de comunicación la acompañó el cuestionamiento y la reforma de instituciones (la familia, la escuela) y de nociones tradicionales. Lo kitsch resignificó positivamente el mal gusto; lo contracultural alteró las formas de percibir el cuerpo y la sexualidad; la juventud y la rebeldía obtuvieron licencias cuya caducidad no se ha cumplido aún hoy. Además, surgió una nueva actitud frente a la cultura de masas, ya no como la ola que llegó a colapsar esa isla aislada de lo artístico, sino como un territorio de prácticas y expresiones con valor propio, que podía entablar diálogos significativos con otras comarcas. La descripción del paisaje es, sin embargo, incompleta. Desde este retrato resulta incomprensible cómo la figura del Santo mudó de símbolo a marca comercial. La convulsión de esos años ocurrió en el ámbito cultural, pero no alteró el ecosistema capitalista. Al mismo tiempo que el ideario radical y democratizador obtuvo la victoria sobre la ideología burguesa, nuevas formas de individualismo y consumo emergieron, asimilando aquellos elementos políticamente más peligrosos de las nuevas identidades para convertirlos en mercancías. Por eso hoy, la música de protesta y los tatuajes, las fotografías del Che y la devoción a la lucha libre se han vaciado de su potencial subversivo y se han convertido en las señales fisonómicas de yuppies, hipsters y nuevos bohemios. En su libro Rebelarse vende. El negocio de la contracultura, Joseph Heath y Andrew Potter afirman que las vanguardias culturales están hermanadas con las fuerzas del mercado: al igual que el arte, el capitalismo también requiere innovación constante y ciclos de experimentación y sustitución creativas. En otras palabras, el sistema de valores de quienes se ostentan como radicales constituye “la savia del capitalismo”. Y en ese sentido, lo cool no es sino “la pátina nostálgica del radicalismo sesentero”.

VII. Cronología inversa a una consagración. 2006: aparece Santología, la marca de ropa impulsada por El hijo del Santo. 2005: la fotógrafa Lourdes Grobet publica una valiosa crónica visual titulada Espectacular de lucha libre, donde recopila veinte años de imágenes asociadas al cuadrilátero. 1995: Carlos Monsiváis incluye la crónica “El Santo contra los escépticos en materia de mitos” en su libro Los rituales del caos. Entre 1994 y 1999 surgen varias bandas de música surf (como Los Straitjackets, Lost Acapulco y Sr. Bikini) que utilizan máscaras de lucha libre. 1994: José Luis Zárate publica la novela Xanto: Novelucha libre, cuya trama remite a un luchador enmascarado que combate poderes sobrenaturales que buscan adueñarse de Puebla. 1991: después de muchos años, Televisa vuelve a transmitir lucha libre en televisión. 1989: aparece en La Jornada la hilarante historieta “El Santos contra la Tetona Mendoza” de Jis y Trino. 1984: diez mil personas asisten al funeral de El Santo. 1983: un grupo de activistas decide disfrazar a uno de sus integrantes como El Santo para defenderse de un desalojo inmobiliario; de esa organización surge, cuatro años después, el luchador social llamado Superbarrio. 1982: aparece La furia de los karatecas, última película que protagoniza el Santo a la edad de 65 años. Mediados de los años setenta: las películas de El Santo comienzan a ser consideradas de culto; en el extranjero se les valora como obras maestras del surrealismo cinematográfico. 1973: Felipe Ehrenberg realiza un performance con varios hombres en atuendo de lucha libre portando linternas y caminando alrededor del Palacio de Bellas Artes (la policía interrumpió su desarrollo). 1973: se filma Tres hombres gigantes (3 Dev Adam), película turca que narra cómo El Capitán América, El Hombre Araña y El Santo defienden la ciudad de Estambul de una ola criminal. 1967: en El mundo loco de los jóvenes dirigida por José María Fernández Unsáin, César Costa usa una máscara blanca para cantar “Jornada sentimental”, el cover de una canción de Frank Sinatra. 1958: se proyecta Santo contra cerebro del mal, debut de El Santo como actor. 1954: se estrena El enmascarado de Plata de René Cardona, primera película de luchadores que lleva a El Médico Asesino como protagonista. 1952: aparece el cómic Santo, El Enmascarado de Plata ¡Una Aventura Atómica!, que se publicaría durante más de dos décadas impulsado por el empresario José Guadalupe Cruz. 1952: Pedro Ocádiz compone “La cumbia de los luchadores”, que haría famosa el Conjunto África. 1942: debuta en la Arena México El Santo, en papel de rudo. 1935: Rudy Guzmán aparece por primera vez en un ring profesional en lucha contra Eddie Palau en la Arena Peralvillo Cozumel. Principios de los años treinta: Guzmán practica lucha libre como amateur en el Deportivo Islas de la colonia Guerrero. En ese mismo lugar practican otros luchadores que jamás serán reconocidos.

VIII. Tamaulipas 219, Colonia Condesa. Entro, con reservas, a la tienda El hijo del Santo. Quedo aturdido ante la multitud de imágenes del famoso enmascarado que se repiten en distintos productos: muñecos, botas plateadas, playeras, tazas, almohadas… Una máscara cuesta 650 pesos, una mochila 1,500. “No he visto ninguna de sus películas, pero me gusta el diseño, creo que me va bien”, me dice un potencial comprador. El poder del marketing ha hecho del mito popular, un espectáculo de consumo, todo en nombre de la expresión individual. Permanezco veinticinco minutos en el establecimiento; en ese lapso, tres personas se van con la misma playera. La imagen de la máscara, que constituyó un día el signo de distinción de un luchador, hoy es prácticamente un uniforme. Lo marginal se ha vuelto estatus social, y acaso uno de los más efectivos del mundo. Nuestra vestimenta afirma nuestra identidad, pero para adquirirla es necesario consumir. Los que acuden a esta tienda compran ropa para distinguirse de los otros, para rebelarse contra la alienación y el conformismo de una sociedad homogénea; pero al hacerlo contribuyen a acelerar lo que supuestamente rechazan. Antes de salir del recinto, entra un muchacho algo fornido y muy joven, en pants y playera. Compra una máscara, sacando de su bolsa muchas monedas. Sale con rostro extasiado. Quizá esa sea la lección del día: acaso todavía hay quien resguarda héroes personales, sueños de gloria, en el centro de esta selva monetaria.


[Nota: este texto se publicó en Confabulario (suplemento del periódico El Universal) el 30 de septiembre de 2017]

24 de septiembre de 2017

Mutación de las pantallas

I.

Después de varias horas el cuerpo está ya entumecido frente a la computadora, pero el jalón, impertinente e inapelable del sismo, me despabila. Enseguida, mientras ya tomo mi celular y busco la puerta, escucho la alerta sísmica. Bajo con velocidad los dos pisos que me separan de la calle, intentando anclarme a unas escaleras que se balancean como si estuviese sobre una lancha. El bamboleo, por más que lo haya percibido hace 32 años, no deja de sorprenderme: la constatación de que el concreto adquiere tal nivel de maleabilidad resulta irreal. Poco antes de alcanzar la banqueta, un golpe en el hombro contra el marco de la puerta termina de quitarme cualquier vestigio de sopor, pero no de estupefacción. Al letargo lo sustituye el rostro aturdido de los vecinos, el vaivén de los autos estacionados, el polvo que escupen dos altos edificios que chocan entre sí, apenas a quince metros de mí. Tomo el teléfono y mando el mismo mensaje por WhatsApp a mis contactos más cercanos: “Cómo estás. Dime que bien”. Nadie responde en lo inmediato, la red de datos no funciona y tampoco puedo hacer llamadas telefónicas. Son minutos de incertidumbre y temor en donde se magnifica la consciencia sobre el propio cuerpo y adquiere un halo de ilusión todo el rededor.

Se ha detenido el temblor y no logro acceder a la página del Sismológico Nacional para saber la magnitud del mismo. Mientras consigo obtener alguna señal, camino por las calles aledañas y observo las heridas frescas en la geografía de una ciudad que no sé si ha terminado de retumbar: grupos de personas afuera de sus casas, muchas con teléfonos en las manos, buscando —como yo— signos de vida en una pantalla; edificaciones agrietadas; semáforos sin luz; terror contenido en las respiraciones o volcado en llanto. Hay algo de mosaico en todo esto, como si el fluir de la vida cotidiana sólo pudiera expresarse en cuadros, fragmentos de esa fractura que se ha vuelto el mundo real. Hago lo que otros: acaso por inercia, comienzo a tomar fotografías a los edificios con rajaduras. Recobro un poco de mi existir cuando otro hombre con casco me dice “ese edificio ya fue, mira la forma escalonada de esas grietas”. Es ingeniero de una de las varias construcciones de esta cuadra: “ve cómo escupe agua, la cagan, si estuviera bien hecho, esa filtración no estaría ahí”. A mi costado una señora se encuentra sentada junto a un poste, con la voz entrecortada balbucea algo incomprensible sin dejar de mirar el edificio roto que ya no habitará. Alguien la abraza y por primera vez percibo que me duele el hombro.

A mi celular comienzan a entrar mensajes que mis ojos aliviados leen en un instante. Afuera del cristal líquido, mis oídos perciben otra realidad: escucho que un edificio se derrumbó a tres cuadras de donde me encuentro. No sin antes titubear, decido ir hacia allá. Escocia esquina Edimburgo, colonia Del Valle. La escena es pavorosa: decenas de personas levantan y arrojan cascajo intentando liberar a los posibles sobrevivientes que se encuentren debajo de la montaña de escombros. En un impulso, comienzo a transmitir a través de Facebook Live, una app que permite emisiones en vivo. Mientras observo cómo rápidamente se suman cada vez más personas, sobre todo jóvenes, a remover las ruinas, en la red social me piden datos de lo que ocurre y del sitio en que me encuentro. A diferencia de 1985 en que la información sobre los efectos del terremoto fue fluyendo a cuentagotas, esta vez es posible comprender la dimensión de la catástrofe de manera más inmediata, lo cual, quiero creer, puede hacer que la reacción generalizada sea aún más veloz. Pienso que otros seguramente están haciendo lo mismo que yo en otras latitudes de la urbe y que las imágenes se multiplicarán rápidamente y sin cesar.

Llega una patrulla mientras el hambre de solidarizarse con las víctimas ha madurado ya, abandonando la espontaneidad y vislumbrando la organización. Alguien grita que es necesario comprar agua, unos vecinos traen palas y cubetas, llegan otras personas con dos carritos del Soriana que se encuentra a una cuadra, sobre Eugenia. De pronto me asalta una duda y me pregunto qué tan válido es transmitir estas imágenes que implican pérdida, sufrimiento, dolor. De haberse caído mi vivienda, ¿me habría gustado que en apenas minutos se emitiera en línea lo que quedó de ella?, ¿me habría dado esperanzas que tal transmisión convocara ayuda para quienes quedaron atrapados en su interior? Recuerdo algo escrito por Susan Sontag respecto al valor ético de las fotografías: si estamos expuestos a un creciente número de imágenes dolorosas, eso no conlleva necesariamente a una capacidad mayor para reflexionar sobre el sufrimiento de los demás. Una imagen puede del mismo modo invocar lo superfluo que reclamar nuestra atención; lo ideal es que nos lleve al examen del mundo y a ciertos cuestionamientos cruciales: ¿eso que veo fue inevitable?, ¿existen responsables de lo que se muestra ahí?, ¿observarlo me lleva a cuestionar el estado de cosas que acepto como normalidad?

Los comentarios que emiten quienes observan las imágenes que transmito son de compasión, no de indignación moral. Un grupo se junta alrededor de un automóvil al que le han caído piedras y polvo. Han decidido moverlo para hacer una cadena humana. Escucho que otro edificio está derrumbado media cuadra más allá. Llegan personas de protección civil y ponen cintas amarillas para resguardar el área. Alguien me toca el hombro y reacciono instintivamente al dolor que cargo. “No se puede estar grabando”. Es uno de los policías que llegaron hace minutos. “También es importante documentar”. No está de acuerdo y me saca de ahí.


II.

Estoy de regreso en casa. Comienzo a levantar los vidrios rotos y el par de muebles que, descubro, cayeron a causa de las ondas telúricas. Nada significativo frente a la tragedia de otros. Además, tengo luz e internet. El terremoto inició a la 1:14 pm. Ahora, varias horas después, me entero que fue de 7.1 de magnitud. Busco más información y veo los efectos catárticos, azorados, solidarios… en las redes sociales. “Nunca había sentido en mi vida un temblor así de fuerte, creí que mi casa se caería”, “Tardé mucho tiempo en poder abrazar a mi hija”, “En la Condesa sentí horrible ver a unos viejitos cruzando la calle con dos maletas dirigiéndose no sé a dónde”. La era del testigo de la que habló Annette Wieviorka no sólo implica la explosión testimonial, sino su desvanecimiento instantáneo. Los palabras de múltiples testigos que habitan la red se pierden en la fugitiva velocidad de estados y tweets, con la probabilidad de desaparecer para siempre, a pesar de su capacidad para sintetizar emociones colectivas: “No me pasó nada, pero me duele absolutamente todo”, “Cada que salgo a la calle lloro un poquito pero quiero que esta pesadilla termine pronto para llorar un chingo”, “Qué cabrón: todos estamos haciendo lo que podemos, pero todos nos sentimos inútiles”. Por supuesto, además de una atmósfera afectiva, se transmite información y se lleva a cabo un registro de lo real. En cierto sentido, este periodismo ciudadano se ejerce, sí precariamente, se multiplica, sí inaprensiblemente; pero al final puede vislumbrarse el retrato heterogéneo del acontecimiento, a través de la vivencia súbita de personas comunes y corrientes, afectados por la singular sorpresa de que el asombro todavía los contiene.

Por supuesto, asoma quien presume su falta de empatía ante el desastre (“Debería darme tristeza el sismo del DF, pero no”, escribe en Twitter un músico norteño). Y también hay quien publica selfies en Instagram entregando víveres, porque eso sí, alimentar la propia imagen, en momentos como éste, es prioridad. En cualquier caso, las fotografías protagónicas son desplazadas rápidamente por otro tipo de contenidos. Acaso se debe a que el carácter funesto y social del evento arranca a muchos de su egocentrismo habitual y, si hubo quien los intenta, no fructifican los memes. Son sustituidos por información, aunque no siempre precisa. “Urge ayuda: faltan manos y víveres en Xochimilco.” Con el paso de las horas, el mensaje se reproduce en el mundo virtual hasta el cansancio. A las nueve de la noche alguien lo mira por vez primera y decide ir a ayudar, cuando desde seis horas antes, el Periférico está atascado por la innumerable movilización de vehículos, víveres y brigadistas dispuestos a llegar a la zona.

Así como las redes, en un inicio, potencian el desorden, también posibilitan la organización. A los pasos físicos, los acompañan sus reproducciones espectrales en la red: tweets, hashtags, grupos de Facebook, apps destinadas a comunicarse en tiempo real. Pienso en los ingenieros que a través del Hashtag #RevisaMiGrieta hacen valoraciones veloces a partir de fotografías que les envían de los miles de inmuebles que han sido afectados por la marea destructiva del temblor. También aparecen muchas páginas y plataformas construidas colectivamente que concentran y actualizan información sobre centros de acopio, donativos, brigadas urgentes, hospitales, albergues, listas de personas desaparecidas… Y surgen, por otra parte, colectivos como @brigadasculturalesmx o la Brigada feminista, que se forman de manera independiente y veloz, para realizar distintas acciones en solidaridad con las víctimas y mantienen una conexión constante entre lo que observan en las calles y lo que producen las nuevas tecnologías.

En las horas posteriores al terremoto, es claro que el movimiento sísmico no sólo logra impulsar la recuperación de unas calles que en los últimos años se hallaban secuestradas por la violencia y la impunidad; también resignifica la experiencia y los usos de la interacción digital. Al activismo con cubrebocas, cascos y palas, lo acompaña el activismo con celulares, pantallas y programas. Surgen en cuestión de horas un sinnúmero de espacios y mecanismos a través de los cuales la sociedad comienza a conectarse y a recuperar el poder de decir y hacer. Los grupos de WhatsApp que antes se destinaban a cuestiones laborales o de amistad, pronto se vuelven medios de intercambio de información, solicitudes de ayuda con ímpetu de intervenir y auxiliar.

Una herramienta destaca entre todas y comienza a ser usada de manera cada vez más amplia. Lo que Facebook, Periscope o Twitter no logran, Zello lo consigue de mejor modo: información veraz y colaboración efectiva. Se trata de un walkie talkie que funciona en línea, sin limitación de distancia y con posibilidad de generar múltiples canales. “Tengo una clínica en Atizapan, contamos con insulina, gasas e inyecciones, pero necesitamos saber dónde se requieren y quién pueda transportarlas”. “Tenemos exceso de comida preparada en el acopio de la Cibeles; necesitamos moverla a otro lugar en donde sí se necesite”. “Estoy cargando una pick-up con polines para reforzar edificios afectados, contáctenme pasa saber a dónde los llevo. Mi celular es…” Poco a poco surgen coordinadores digitales que permiten conectar necesidades y demandas: “Motociclistas que se ofrecieron en Ciudad Satélite: vayan a clínica de Atizapan a recoger insulina y llévenla a Chimalpopoca. Pueden recogerlos con el señor…” La avalancha de intercambios resulta descomunal.

Los heroísmos del día se producen en muchos casos desde el anonimato. El que forma parte de una valla humana o el que manda mensajes en la red, no tiene claro los nombres o las historias de aquellos con los que convive, pero difícilmente olvidará que participó con otros de estos hechos. La invisibilidad del yo produce, como hace tiempo no lo hacía, acción colectiva. Y constata que la sociedad rebasa por mucho el quehacer lento, atrofiado e insuficiente de las autoridades y sus burocracias. Basta comparar las plataformas oficiales frente a las que surgen por la iniciativa de miles de jóvenes, para vislumbrar cuáles tienen como función permitir que la sociedad se comunique y cuáles sólo buscan legitimar la (in)acción gubernamental.


III.

A partir de un cierto punto, las verdades se hacen añicos y ciertos deseos adquieren realidad. En un rincón de la colonia Roma, debajo de los escombros de un edificio de seis pisos, un joven escribe mensajes de texto a amigos y familiares. “Estoy atrapado cerca de la escalera de emergencia”. Gracias a eso, tras horas de angustia, Óscar logra ser rescatado. En medio de los pequeños triunfos de una sociedad que decide hacer uso creativo de las nuevas tecnologías, se viven momentos de euforia civil, pero también desencantos notables: el número de muertos aumenta y los esfuerzos colectivos son obstaculizados por la lógica institucional de la opacidad y su intento por concluir precipitadamente los trabajos de rescate. Conforme pasan las horas, se refuerza el rumor de que la maquinaria pesada entrará a remover los restos de las edificaciones caídas. El reino de los cuchicheos aparece y opera entonces la lógica del complot: cuando no hay transparencia discursiva, la sociedad tiende a identificar lo no dicho con creencias previas: las instituciones no son confiables, traman algo en contra nuestro. Y a veces, eso es real. ¿No sería factible que se aceleren las decisiones por miedo a que, ya harta de la corrupción y de la ineptitud políticas, una multitud sea capaz de organizarse? En todo caso, se refuerza la sensación de que la autoridad está al margen y que opera con una lógica distinta a la de la sociedad. Quiero creer que un fenómeno es cierto: al final las redes han dejado de ser, al menos por unos días, simulación de una realidad expropiada o espacio para la trivialidad. Se han convertido en otra cosa: el lugar donde la verdad se hace añicos y ciertos deseos adquieren realidad. A partir de un cierto punto: 1:14 pm.


IV.

A esta hora y de otros modos, la ciudad sigue moviéndose.



[Nota: este texto se publicó en Confabulario (suplemento del periódico El Universal) el 23 de septiembre de 2017.]

20 de junio de 2016

Sobre la crítica literaria en México

A raíz del debate entre Heriberto Yépez y Christopher Domínguez Michael respecto a la obra de Ulises Carrión y la perspectiva política de la crítica literaria en México, Ignacio M. Sánchez Prado decidió publicar (en su Facebook) una serie de comentarios en torno a la valiosa labor de algunos críticos mexicanos que suelen pasar desapercibidos. Me dio una enorme alegría que me incluyera entre ellos. Aquí pueden leerse esos posts que Sánchez Prado escribió en días pasados:

"DIAS DE CRÍTICA LITERARIA (I)
La crítica es mi oficio y es mi pasión. Es mi trabajo y mi forma de vida. Como parte de mi pasión y de la ética que busco ejercer como crítico soy un lector dedicado de toda la crítica de mis colegas colegas, en México y fuera, académica y no académica. Por supuesto tengo opiniones y posicionamientos, pero ninguno de ellos neutraliza la estima como lector y el respeto como colega que siento hacia otros críticos a pesar de que pueda tener desacuerdos con sus posturas. Quienes me conocen pueden deducir exactamente lo que pienso en torno a la reciente polémica planteada por Heriberto Yépez sobre Christopher Domínguez Michael. Incluso, hace tiempo publiqué varios ensayos sobre la crítica. Pero decidí también hace tiempo, siguiendo el consejo de un amigo crítico, no intervenir más en esos debates y no escribir más metacrítica. Y sin embargo, lo malo de esa decisión es que vivo muerto de la frustración ante las nociones de la crítica que se barajan mucho en los debates, desde el desprecio ciego a todo lo teórico y lo académico hasta la conflación entre crítica y reseña. En respuesta a esto decidí no romper mi voto de silencio sobre el problema de la crítica por ahora escribiendo un ensayo. Pero desde ese silencio, en los próximos días responderé a esa frustración con el puro poder del ejemplo. Cada día compartiré un trabajo de crítica literaria reciente, de algún crítico literario mexicano (con algunos extranjeros mexicanistas por ahí), que me parecen ejemplares. Habrá libros y ensayos, textos académicos y no académicos. Habrá amigos cercanos, rivales y personas que no conozco en lo absoluto. Habrá trabajos con los que coincido y con los que me peleo, pero siempre son textos que creo admirables y dignos de ser leídos. Seguramente a los que me acompañen en este ejercicio no les gustará todas las entradas, pero mi punto es mostrar que hay crítica literaria buenísima que pasa por debajo del radar de las polémicas y el chismerío en redes sociales. Inicio el ejercicio cerca de casa, con Gabriel Wolfson, con quien (disclaimer) tuve el privilegio de coincidir en la UDLA de Puebla. Su ensayo "La sintaxis de Plural", que posteo abajo, muestra sus virtudes como crítico: riguroso en la investigación, conocedor de la teoría sin dejarse apantallar por ella, y de una pluma admirable. Wolfson no rehuye la polémica y su estilo siempre está en modo de debate. Aunque esto no es una reseña es, de hecho, uno de los poquísimo reseñistas que pueden llevar el rigor de su crítica investigativa incluso al texto más de ocasión. Lo pueden leer con regularidad en la revista Crítica de Puebla. (http://revistacritica.com/contenidos-impresos/ensayo-literario/la-sintaxis-de-plural-por-gabriel-wolfson)"

"DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (II)
Mucha de la mejor crítica literaria mexicana la están escribiendo críticos brillantes nacidos en los años ochenta. Son autores que todavía no emergen en los medios: muchos de ellos pasan sus días en programas de posgrado o en algún esquema de beca de ensayista. Pero ya hay entre ellos críticos brillantes. Para limpiar el paladar de las polémicas del día, hoy sugiero leer a una de estas voces emergentes: Ana Sabau. Ana, quien es profesora en la Universidad de Michigan, comienza a destacar por la enorme inteligencia de sus trabajos. Yo tuve hace tiempo la oportunidad de editarle un ensayo magnífico sobre Alfonso Reyes y tiene por ahí un texto sobre Trotsky y Cabrera Infante que no tiene desperdicio. Pero donde Ana brilla verdaderamente es en su estudio de la literatura mexicana del siglo XIX. Está por el momento adaptando su magnífica tesis doctoral (que por ahí se podrá descargar) en un libro tentativamente titulado "Revolutions and Revelations: An Archaeology of Political Imagination in 19th Century Mexico". Por lo que conozco del material será un libro absolutamente señero. Mientras tanto, comparto un extraordinario texto que escribió Ana para la serie Utopías del portal Horizontal, que muestra la calidad y rigor de su trabajo como crítica de la cultura del siglo XIX. Ana es una estrella naciente. Si fuera editor de un medio en México haría lo que fuera por ficharla como colaboradora regular. Realmente, se hablará mucho de su trabajo en los años venideros. (http://horizontal.mx/la-casa-de-maternidad-de-puebla-la-huella-de-la-utopia/)”

"DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (III)
Cuando comenzaba a trabajar como crítico, desde fuera y buscando espacios en México, tres colegas adquirían una presencia muy fuerte en medios y comenzaban a despuntar: Geney Beltrán, Rafael Lemus, Heriberto Yépez. Los tres tienen seguidores y detractores, los tres son leídos y debatidos intensamente cada vez que publican algo. Y quizá sea uno de los pocos con esta opinión, pero a los tres los admiro y respeto enormemente, por su inteligencia y la fuerza de su voz, tanto en los momentos en que encuentro su trabajo iluminador como en los que estoy en absoluto desacuerdo con ellos. Sin embargo, teniendo estas tres enormes figuras en la camada de uno tiene como consecuencia que otro tipo de voces, que florecen en espacios menos públicos y visibles no se escuchen con la atención debida. Y en honor a eso, hoy comparto un texto de un crítico de mi generación, Jezreel Salazar, cuya obra es un ejemplo de brillantez y rigor, aunque no haya tenido la proyección de mis tres contemporáneos más famosos. Jezreel es el gran heredero de Monsiváis, de quien es uno de sus mejores críticos, además de ser él mismo uno de los grandes cronistas de la literatura mexicana contemporánea. Es un crítico de trayectoria y todo lo que ha escrito vale la pena: su magnífico libro sobre Monsi, el ensayo sobre la "prosa volátil" Reyes que escribió para mi antología sobre don Alfonso, su texto en Letras Libres sobre el ensayo. Comparto aquí, precisamente, su maravilloso libro sobre Monsiváis, "La ciudad como texto", que se puede descargar de su página de Academia. Realmente un libro hermoso y brillante, de esos que uno quisiera haber escrito. (https://www.academia.edu/604535/La_ciudad_como_texto_la_cr%C3%B3nica_urbana_de_Carlos_Monsiv%C3%A1is)”

"DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (IV):
La crítica literaria en México padece desde siempre de un enorme problema de machismo estructural. En consecuencia, el oficio tiene deudas de género enormes, en muchos sentidos. Es, por ejemplo, mucho más difícil para una mujer adquirir espacios en medios literarios que para los hombres, algo patentemente obvio si se hace un simple censo de la proporción entre hombres y mujeres en cualquier publicación cultural. Asimismo, se estudian mucho más escritores hombres que escritoras, y se traducen mucho menos escritoras que escritores. Esto además suele enmascararse con una falaz narrativa de la meritocracia estética e intelectual y con esos golpes de pecho facilones que denuncian muñecos de paja como la "corrección política" o las "cuotas de género". Como lector y crítico siento mucha admiración por aquellas colegas que han remado a contracorriente de todas estas tendencias y vienen a la mente muchas figuras, como las estudiosas reunidas alrededor del grupo "Diana Morán" o aquellas colegas que, como Lucía Melgar, Patricia Rosas y Gabriela Mora, mantienen viva la llama de escritoras como Elena Garro. En honor a esta tradición, hoy recomiendo la lectura del libro "La nueva ciudad de las damas" de Eve Gil, que contiene apenas una selección de los muchísimos textos sobre escritoras de la literatura mundial que ha publicado desde hace más de una década en diversos blogs. Combativa y controversial, Eve Gil es una voz valiente en la denuncia de las políticas de género en la cultura mexicana y en dar voz desde el periodismo y la crítica a escritoras. "La nueva ciudad de las damas" (cuyo título es un guiño a "La ciudad de las damas" de Cristine de Pizan) está mayoritariamente dedicado a escritoras no mexicanas, muchas de ellas verdaderos descubrimientos que no tienen la atención debida. El libro, editado por la UNAM en 2010, merece muchísima más atención y lecturas de lo que ha recibido. No he encontrado, desafortunadamente, una copia digital del libro, pero está disponible en las librerías de la UNAM. (http://www.literatura.unam.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=294%3Ala-nueva-ciudad-de-las-damas&catid=76%3A2012)”

“DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (V):
Hacer crítica literaria en 2016 no significa solamente hacer crítica de la literatura. Significa también hacer una interpretación de las dimensiones sociales, políticas y culturales del mundo con los instrumentos de la crítica literaria. Esto es el legado de lo que hoy llamamos "Teoría", nombre que recibe el grupo heterogéneo de pensamientos sobre la modernidad, el capitalismo y la cultura iniciados en los alrededores del 68 francés y desarrollados posteriormente en escenarios como los estudios culturales británicos, la academia norteamericana y la post-autonomía italiana. Esta línea de pensamiento tiene poca resonancia en la crítica mexicana por varias razones entre las que hay que destacar el peso del liberalismo en la República de las letras (y por ende de una forma de política cultural más cercana a la anti-teoría de los nouveaux philosophes que de la teoría propiamente dicha), el fetichismo de la literatura como objeto autónomo que no puede contaminarse con lo que Reyes llamaba funciones ancilares y, hay que decirlo, una noción de la teoría como cajita de herramientas que se "aplica" esquemáticamente a los textos y que sigue teniendo una existencia a nivel de metástasis en la academia mexicana. Sin embargo, en vista del peso que el neoliberalismo tiene en México, este tipo de teoría provee un lazo esencial entre la producción escritural y la crítica al poder, tarea en la que, a mi parecer, la línea liberal no logra llevar a cabo por su timidez en la crítica ante la explotación económica y simbólica. Ante esto, hoy recomiendo la lectura de Sayak Valencia, cuyo libro "Capitalismo Gore", desafortunadamente publicado en 2010 por una editorial española de escasa circulación en México, es un libro señero en la posibilidad de hacer teoría en México. No es el único, por supuesto: vale la pena leerlo junto a libros como "Los muertos indóciles" de Cristina Rivera Garza y el reciente y brillante "La tiranía del sentido común" de Irmgard Emmelhainz. Dejo aquí un ensayo donde Valencia desarrolla su idea central: (http://hemisphericinstitute.org/hemi/es/e-misferica-82/triana)”

“DÍAS DE CRÍTICA LITERARIA (VI)
Todos los críticos tenemos maestros, algunos de ellos de manera formal en las universidades, otros más en conversaciones y tertulias y algunos más desde la lectura. De mis maestros formales, fueron tres los que han tenido mayor impacto: Pedro Angel Palou, Mabel Moraña y Adela Pineda Franco. Para los lectores asiduos de crítica, los dos primeros nombres son muy conocidos. Aunque Pedro Ángel es más bien un novelista, tiene al menos tres libros indispensables de crítica literaria: La ciudad crítica, uno de los poquísimos libros mexicanos en conversación con la crítica sudamericana, "La casa del silencio", libro indispensable sobre COntemporáneos que ganó en su momento el Premio Nacional de Historia y su reciente "El fracaso del mestizo" su genial historia revisionista de la relación entre representación racial, cine y literatura. Mabel es una fuerza de la naturaleza y específicamente sobre México tiene un libro indispensable, "Viaje al silencio", un libro importantísimo sobre nuestra literatura colonial. Hoy decidí compartir el trabajo de Adela Pineda Franco, quien quizá tiene menos reconocimiento, pero cuya obra crítica es de una gran inteligencia y rigor, y merece mayor difusión. Adela no tiene una obra tan copiosa, porque es una persona que valora la pausa y el tiempo, y que para mí ha sido un importante contrapunto al ejemplo prolífico de mis otros dos maestros. Adela tiene un libro, "Geopolíticas de la cultura finisecular en Buenos Aires, París y México", uno de los mejores estudios de las revistas del modernismo latinoamericano y ahora escribe lo que será el libro definitivo sobre el cine de la Revolución Mexicana. Tiene muchos otros textos (sobre Guzmán, sobre viajeros, sobre Ángel Rama y otros temas) y ninguno tiene desperdicio. Comparto hoy su maravilloso ensayo sobre el Pancho Villa de Hollywood, incluido en un libro, coeditado por ella para el Smithsonian, sobre el imaginario de binacional de la Revolución Mexicana: (en inglés: https://www.academia.edu/10956717/Hollywood_Villa_and_the_Vicissitudes_of_Cross-Cultural_Encounters)”.

3 de marzo de 2016

Volcarse

"El alma descarga sus pasiones sobre objetos falsos, cuando los verdaderos le faltan" Michel de Montaigne

7 de enero de 2016

Calificando

Cuando mis alumnos me entregan un trabajo con el que creen van a aprobar, pero al que le dedicaron sólo 2 horas de su vida:

14 de diciembre de 2015

Sueño ajeno

Soñé con vos.

Estabas sentado en una especie de trono, que era enorme, tan grande que parecías un niño postrado en él. Tu semblante lucía triste y aburrido, lo cual resultaba extraño porque muchas jovencitas bailaban a tu alrededor vestidas con indumentarias transparentes que te permitían ver sus curvas y sus movimientos lúbricos.

Por alguna razón comenzabas a llorar sin control. Las mujeres te acariciaban, te besaban, te provocaban con sus movimientos voluptuosos, para detener tu llanto, pero de tus ojos brotaban lágrimas gigantes que en poco tiempo comenzaron a inundar la habitación.

Había una mujer dormida sobre el piso, justo en el centro, frente al trono. Tus lágrimas comenzaban a mojar su cuerpo como si fueran un suave oleaje.
   
        - Deja de llorar, la vas a ahogar con tus lágrimas -te comentaba mi voz.

Brincabas de tu trono, te acercabas hasta la mujer dormida, la tocabas con tu báculo de oro para comprobar si estaba viva. Tus lágrimas ya habían cubierto su cuerpo casi por completo, pero seguía dormida.

      - No te le acerques, déjala dormir -te advertía mi voz.
      - Eres tú -me decías.
      - ¿Yo?
      - Sí, estás soñando.

Yo me acercaba hasta la joven para verla de cerca. Efectivamente era yo.

      - Déjala dormir -te advertía mi voz.
      - No importa, estás soñando, en los sueños todo es posible, sin reglas, sin límites -contestabas con una sonrisa, mientras te elevabas en el aire, flotando.

(En el sueño realmente no había diálogos, tal vez era telepatía o lo estoy imaginando en este preciso momento en que recupero la memoria de insomnio onírico).

      - Oye, ven, vamos a volar -me movías, me despertabas.
      - No puedo -te respondía.

Comenzabas a flotar otra vez sobre el aire como Peter Pan, y me tendías la mano para que te siguiera. Flotábamos sobre las cabezas de las mujeres de tu harem, que continuaban en algarabía. Volábamos sobre un jardín, haciendo piruetas de circo, elevando y bajando nuestros cuerpos, acelerando y alentando la velocidad del vuelo. Nos divertíamos, sin razón.

      - ¿A dónde vamos? -te preguntaba.
      - A donde quieras, esto es un sueño, puedes ir a cualquier lugar -contestabas; y enseguida despertaba yo abruptamente.

***

Me descubro muy cansada; mis omóplatos, mis piernas, mi cuerpo en su conjunto me duele como si hubiera hecho demasiado ejercicio. A pesar de ello, tengo muchos deseos de bailar.

4 de mayo de 2015

"El estallido social ya se dio". Entrevista desde el más allá con Carlos Monsiváis

por Jezreel Salazar

 



Un país en crisis siempre requiere intérpretes lúcidos que ofrezcan orientación crítica sobre el panorama actual y sus alternativas. Carlos Monsiváis cumplió, durante décadas, esa función de testigo omnisciente de la realidad mexicana y fustigador impío de los horrores de la nación. Cuando en 2010 murió, la sociedad mexicana se quedó sin una de sus voces críticas más significativas. A través de un médium, Horizontal se dio a la tarea de entablar una conversación desde el más allá con Monsiváis para preguntarle qué piensa sobre el México de nuestros días: el regreso del PRI a los Pinos, Ayotzinapa, la crisis del PRD, los escándalos de corrupción recientes… El resultado fue la entrevista que reproducimos a continuación. – JS

 

- A pesar de ya no habitarlo, me gustaría saber cómo ves hoy, desde la distancia, al país. Sobre todo, ¿cómo lo diagnosticas en términos de su condición democrática?

 

Al país lo veo en uno de sus mejores momentos… porque el que viene siempre es peor. Siempre. Si hoy lo ve uno muy mal, mañana será infame. Por eso uno está viendo las expectativas de consumir ese instante en que todavía no hay el famoso estallido social, en que se pospone la guerra civil, en que el hambre puede ser todavía contenida por las redes familiares… Lo que veo, con la claridad que me es dada, no mucha, es que no se puede ya insistir en transiciones a la democracia, mientras exista una desigualdad del tamaño que vivimos…

 

Desde luego ha habido cambios importantes, pero esos cambios tienen que ver con el deterioro, tienen que ver con el desánimo, tienen que ver con el auge de la impunidad, de la corrupción, con la sistematización de las represiones. No se puede decir que en este periodo haya habido vida democrática plena. Hay vida democrática hasta cierto punto. El empoderamiento sí se da en muchas comunidades, hay protestas, hay una vida social, o de política desde abajo, formidable en todo el país, como no se esperaba; pero qué sucede, se llega a un punto y ahí se interrumpe todo…

 

Para mi gusto, la transición a la democracia fue un intento de actualización por contagio que no cuajó (estaba destinada a fracasar) porque se atuvo a una mecánica y triste definición de democracia: aquello que sucede en las urnas, se cancela en las urnas, se deja de interpretar una vez terminado el día de la votación… De hecho, ya no se habla de transición a la democracia, se habla de las querellas de cada día. Se ha sustituido un panorama general por una lucha facciosa que día a día se renueva.

 

- Después del 2000, cuando se dio la alternancia, se habló mucho de la muerte del PRI, de la extinción de los dinosaurios. Hoy los vemos gobernando de nuevo. ¿Qué opinas sobre el regreso del nuevo PRI, que ya no te tocó ver?

 

Falta por indagar en qué consiste la novedad del PRI. A propósito del éxito del PRI se enciende la euforia y se programa el olvido. ¿Es posible hacer tabla rasa de un pasado de setenta años, que incluye corrupción a gran escala, autoritarismo sin contención, represiones que van de los sinarquistas en León a Tlatelolco a Acteal, empobrecimiento sistemático de la mayoría y cancelación salvaje de muchísimos de los avances conquistados?…

 

Las instituciones quieren preservar al PRI, la gran fábrica de fortuna y prestigios (las fortunas continúan produciéndose, los prestigios ya no), y es innegable, por si alguien como yo lo dudara, la existencia del voto duro priista, y la fragilidad de las oposiciones. Y si se quita lo aportado por el corporativismo, el clientelismo, la inercia histórica, la avalancha publicitaria y la falta de opciones confiables, aún queda un buen número de mexicanos convencidos de la enorme eficiencia, generosidad y capacidad del nuevo PRI (del viejo ya ni quien se acuerde).

 

- El PRI ha vuelto y la democracia formal no ha impedido el retorno de las peores tradiciones políticas. ¿Qué decir de la oposición partidista?

 

La sociedad, en su inmensa mayoría, desconfía de los partidos políti­cos, rechaza los gobiernos, se siente despojada a diario… Al mismo tiempo, en los partidos políticos desaparece cualquier asomo de debate ideológico o de visiones críticas. El Partido Acción Nacional mantiene su conservadurismo a ultranza pero no lo modifica en lo mínimo; y el Partido de la Revolución Democrática, muy obviamente co­rrompido en buena parte de su dirección, ha perdido, en tanto perspectiva, la identidad de izquierda. Queda sin embargo una poderosa fuerza social de izquierda, que ya no se identifica con el PRD… y que mantiene la resistencia en lo político, lo ecológico, lo cultural, lo social, las causas de la bioética. Pero esto carece por lo pronto de consecuencias electorales.

 

- Hoy, como nunca, la política mexicana está asociada a la idea de corrupción. Esto puede verse reflejado no solo en la opinión pública mexicana sino en los medios internacionales. Y esta situación, aunque involucra a todos los partidos, no puede dejar de vincularse con el regreso de un partido como el que encabeza Enrique Peña Nieto.

 

El PRI hace mucho que dejó de ser un partido electoral‑administrativo para convertirse en el medio de vida del mexicano. Cuando eso se logró, la corrupción política se allegó su logro más alto: convertir cada acto de nuestra vida en un acto de corrupción política. Todo (la sonrisa empalagosa que dedicamos a nuestro más sólido enemigo, el tono de veneración que usamos para calificar un trabajo que no nos interesa, la atención con que cultivamos las amistades que más nos aburren) deriva de la corrupción política, y es un acto de corrupción política nuestro sistema de relaciones públicas, y hay corrupción política en la amable serenidad que evidenciamos ante las mayores imbecilidades, y hay corrupción política en nuestros métodos de abordaje sexual. Hay momentos, cuando uso las técnicas más serviles y convencionales de seducción, en que me siento nítidamente priista; cuando acudo a la demagogia, al soborno, al chantaje, a la simulación, me advierto de pronto priista, en el sentido más vasto del término, aquel que nos refiere a un sistema de influencias, a un sistema de relaciones preestablecidas con el fin de tomar o retener el poder, a un sistema cuyo solo objetivo es el ejercicio del poder.

 

- En los últimos meses han salido a relucir conflictos de interés de altos funcionarios del gobierno de Peña Nieto, incluyendo a él mismo. ¿Cómo crees que afecte, a futuro, el escándalo de la llamada Casa Blanca a Peña Nieto y su administración?

 

Lo que me interesa no es la suerte de Peña Nieto sino qué pasa con la sociedad. Me parece mucho más interesante lo que está pasando en todas partes en materia de insurrección del ánimo, de comprensión de nuevas realidades, que lo que le suceda a una clase ya dedicada a la más espantosa de las molicies mentales…

 

Eso sí, cualquier sociedad hace de su conjunto de recelos el laboratorio de sus confianzas. El primer gran recelo o incertidumbre de sobremesa: detrás de la mayoría de las fortunas recientes está la organización delincuencial. Y el morbo es un gran ejercicio de catalogación: examínense el gasto fastuoso, los edificios surgidos como del sombrero de ese mago que hace tres años debía su departamento, los hoteles suntuosos y vacíos, los malls que invitan a las reflexiones sobre la soledad, todo lo concentrado en la expresión “lavado de dinero”. Y la cúspide: las cifras, las inauditas cifras del auge del narco que emiten las autoridades y que se transforman en la red de comentarios y en la narrativa de los cadáveres que siempre deja pendiente la moraleja.

 

- Y ya que hablas del narco, ¿te parece que la cultura del narcotráfico ha colonizado el imaginario de la sociedad?

 

Desconozco el sitio del narco en el imaginario colectivo, al respecto las encuestas de salida nada informan, pero, si el tal imaginario colectivo se toma a sí mismo en serio, destacará la nueva sabiduría: el trabajo honrado y exhaustivo nunca lleva al éxito o a la vida mínimamente confortable. Antes, el trabajo, sobre todo el más arduo, tampoco garantizaba nada, pero de algo servía la mitología de la honradez… Ahora, con el desempleo que obstaculiza gravemente cualquier expectativa, la angustia es inevitable: sin “los otros poderes” son legión los que no podrán escapar de la trampa económica…

 

- ¿Qué piensas de la estrategia del gobierno federal en el combate al narcotráfico?

 

Si estas metas son incontrovertibles, los métodos para obtenerlas han resultado fallidos, tal y como reiteran las decenas de ejecuciones diarias (no nada más de narcos), las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos por parte de elementos del Ejército y de la Policía Judicial, y la franca ineficacia en el control territorial…

 

La intervención creciente del ejército… resulta contraproducente a juzgar por el cúmulo de protestas. En las Comisiones de Derechos humanos abundan las denuncias por violaciones de mujeres y allanamientos domiciliarios que llevan a cabo oficiales y soldados. Además, todo a la vez, se acrecienta el fenómeno de los paramilitares, brotan por doquier grupos de autodefensa, se arman las comunidades y los equipos de protección privada son un gran ejército fragmentado. A diario continúan las matanzas.

 

- Hablas de matanzas. Pienso en los feminicidios, un fenómeno en claro incremento.

 

En el trato a las mujeres, la violencia ha sido en México el más perdurable de los regímenes feudales. La violencia aísla, deshumaniza, le pone sitio militar a las libertades psicológicas y físicas, mutila anímicamente, eleva el miedo a las alturas de lo inexpugnable, es la distopía perfecta…

 

En todos los casos, las víctimas lo son por su debilidad orgánica, porque a los ojos del criminal su razón última de ser es proporcionar el doble placer del orgasmo y el estertor, y porque su muerte suele pasar inadvertida, y casi nunca se investiga y aún más raramente se castiga… ¿Qué provoca el odio? Cedo la palabra a psicólogos, sociólogos y psiquiatras, pero aventuro una hipótesis: rigen las sensaciones de omnipotencia que se desprenden de la certeza: no hay consecuencias penales y sociales para el asesino o los asesinos que no solo exaltan su ventaja sobre los seres quebradizos que oponen una mínima resistencia; también se burlan de las leyes y de la sociedad, tan carente de reacciones… Así de reiterativo es el procedimiento: se victima a quien, a los ojos del ejecutor, es orgánica, constitutivamente, una víctima.

 

- En este escenario, ¿cómo opera la lógica del poder respecto a la impunidad?

 

A la delincuencia la multiplica la certeza de la impunidad. Según las estadísticas oficiales…, cerca del 90% de los delitos jamás reciben castigo. Esto, en primer término, es asunto de la corrupción policiaca y judicial, aunque debe reconocerse, no toda la policía es corrupta, y son numerosos los que cumplen con su deber y mueren en el ejercicio de sus obligaciones… La idea de una delincuencia ‘incorpórea’ a los ojos de la ley desmoraliza a los sectores sociales y los debilita de antemano en su enfrentamiento con la violencia…

 

Un buen porcentaje de los cuerpos policiacos emprende una guerra violentísima contra la sociedad, participa en acciones delictivas (de robos de banco a secuestros), asesora o coordina el narcotráfico, tortura y mata… Con poder político y dinero (instancias por lo demás indesligables) es posible defraudar, sobornar, someter a tarifa la impunidad delincuencial, asesinar opositores, talar bosques, contaminar industrialmente, construir fraccionamientos en reservas ecológicas, buscar imponer aeropuertos en zonas ejidales, ser a un tiempo contratista y gobernante… Es muy arduo documentar las acusaciones en una sociedad hecha para el florecimiento de la impunidad…

 

Las investigaciones policiacas no suelen ir a lado alguno si es que en rigor empiezan. Con frecuencia, se presenta de inmediato a los “culpables”, que luego demuestran la validez de sus coartadas y aseguran que sus declaraciones provinieron de la tortura…

 

- Estás enterado de la tragedia de Ayotzinapa. Te tocó presenciar otras masacres.

 

Las masacres son el trazo de una pesadilla inacabable. En última instancia, el examen de estos crímenes se desenvuelve entre dos polos, lo inerme y lo impune, esa garantía de no ser castigado que es el mayor estímulo racional del delito. La impunidad desafía el ya poderoso agravio nacional y en buena medida internacional. La estrategia de las autoridades, sin embargo, no varía: investigaciones torpísimas, ocultamiento y destrucción de pruebas, regaños moralistas a los cadáveres (“se la buscaron”), exhibición triunfalista (por lo común falsa) de casos resueltos, fabricación regular de culpables totales…

 

Ante la matanza digo obviedades, reacciones de indignación y tristeza, críticas a la indolencia criminal (en el mejor de los casos) de las autoridades, sarcasmos muy previsibles ante la ciénaga de las declaraciones priistas… Todo esto es circular y lo distribuyo en opiniones que se sueltan para evitar el silencio, y en apuntes mentales unificados por la protesta y el estupor… ¿Cómo se llega a tal monstruosidad, a la condición inhumana que, para mejor eliminarlos, vuelve pieza de caza a… los semejantes?

 

- ¿Crees que tenga consecuencias de fondo para la sociedad civil el conocimiento de lo ocurrido?

 

La primera y más grande consecuencia, según creo, sin la cual las otras desembocarán enloquecidamente en el pozo de la impunidad, es la decisión generalizada de no permitir que un acto monstruoso se diluya entre forcejeos penales y políticos.

 

- Y sin embargo no terminamos de conocer qué pasó. ¿No ha ocurrido nada con el antiguo monólogo autoritario?

 

¿Cómo se puede “comunicar” un sistema que nunca se ha distinguido, en estas décadas, por afianzar un mínimo diálogo democrático? ¿Cómo “comunicar” si del lado de los oyentes no hay vías audibles de respuestas? Llaman “comunicar” a la nueva pretensión tecnocrática del viejo monólogo autoritario… La escasísima capacidad de diálogo del gobierno lo lleva a vivir la “gran emoción de la apertura” cada vez que renueva lingüísticamente su demagogia.

 

- Al respecto, se invierte mucho dinero en ofrecer una imagen oficial del país. ¿Cómo se maquilla la realidad en México?

 

Desde que aparecieron los publicistas del régimen se acabó la injusticia social…

 

Un equivalente del arrasamiento policiaco (que es apenas la antesala a la barbarie gubernamental) son las declaraciones de los funcionarios, jactanciosas, irracionales, soberbias, francamente mendaces… A la realidad se le niega desde la desidia burocrática que uno llamaría cinismo de no asociar el término con el sarcasmo, algo muy por encima de las posibilidades de los funcionarios… ¿Por qué insultar así a la ciudadanía, la opinión pública, la sociedad civil y la asociación de ex alumnos de todos los centros de estudio?

 

- Eso se conecta con otro tema: la censura. En el México actual persisten las amenazas contra diversos medios, la compra o el despido de periodistas, los asesinatos constantes de quienes informan o denuncian…

 

La censura es, sobre todo, la intención permanente de ajustar un país a una determinada edad mental… El gran acierto de la censura es organizar una operación automática de castración de lo que pensamos, decimos y –sobre todo– actuamos. Como organización, la censura siempre rige la vida fisonómica de una sociedad. Creo que de algún modo uno siempre puede precisar el grado de censura de la ciudad en que se encuentra, observando la viveza o falta de viveza en la mirada de la gente alrededor. La censura tiende, como ejercicio de control y aspiración de mando, a suprimir la vida facial, a detener el crecimiento. Es una institución que teme: teme la madurez, al juicio crítico, a la evolución, a la revolución. Por tanto, es imposible que desaparezca, porque es imposible que cesen los resortes del miedo. Ahora, el que la censura pueda ser inerradicable no es obstáculo para que sea ferozmente combatible. La censura es miedo al cambio, en cualquier sociedad; y la lucha contra la censura es cambio.

 

- También está hoy la crisis de la izquierda, la ausencia de unidad y liderazgos creíbles de oposición. ¿Cuáles dirías que han sido los errores de larga duración de la izquierda?

 

Los hábitos del ghetto…, las supersticiones de un nacionalismo revolucionario falto de renovación, el mesianismo como translación confusa de lo religioso a lo político, el antigobiernismo como reflejo condicionado de la etapa en que se carecía de voluntad real de poder, el esquematismo en la perspectiva económica, y el lenguaje todavía lastrado por las décadas de llamar al arrinconamiento “auge de masas” y al autoritarismo de izquierda “centralismo democrático”.

 

- Y si pensamos en hechos concretos, ¿en qué ha fallado la izquierda mexicana?

 

En la defensa de los derechos humanos (la gran batalla de la izquierda latinoamericana), la defensa de los intereses de los trabajadores (no muy constante ni muy bien explicada), la adopción de causas feministas (con reticencias) y ecologistas (asunto importantísimo para algunos grupos, pero desdibujado en el conjunto de la izquierda), la defensa de los indígenas (muy sólida en la izquierda social y muy inconsistente en la izquierda política: recuérdese el voto perredista a favor de una ley indígena deplorable), la defensa de los derechos de las minorías, la batalla por la democratización de la cultura (un tema que no le atañe a la burocracia partidista), etcétera, etcétera.

 

- ¿Qué dirías sobre el PRD de estos días, tan escindido como siempre y más deslegitimado que nunca?

 

Al PRD, sin los corsés de hierro del presidencialismo del PRI y del fundamentalismo de índole clerical del PAN, suelen distinguirlo las falsas libertades, la copia de métodos típicamente priistas, la incapacidad de plantear ideas y proyectos. Más bien ataques ad hominem que degradan a quien los perpetra…

 

El culto por lo electoral ha ido devorando en el PRD las causas del principio y el proyecto general, por otra parte nunca muy nítido… El PRD ha perdido demasiadas oportunidades. A la izquierda política le toca argumentar y ejemplificar la democracia, no empobrecerse con el corporativismo y el clientelismo. La obsesión electoral, más que la corrupción, ha sido el beso de la muerte de muchísimas posibilidades y realidades del PRD…

 

Si se quiere transformar rigurosamente la angustia y la desesperanza se deberá optar por acciones sustentadas en la crítica y validadas por la ética… Si hay un pacto necesario es el de la reconstrucción de la confianza, lo que en el caso de la izquierda pasa primero por la autocrítica del PRD y de López Obrador, por la penalización de los que se han creído impunes y por el cambio de relación de la izquierda política con la sociedad. Sin restaurar inobjetablemente la autoridad moral será difícil exigir lo que sea.

 

- También la derecha apela a la moral como camino de salvación de la crisis que vive el país…

 

Para salvar una sociedad en crisis es preciso reconstituir la moral pública en un sentido muy distinto al moralismo que hoy padecemos. Reconstituir la moral pública quiere decir, de manera muy sintética, oponerse a las prácticas y a las justificaciones del capitalismo salvaje. No quiere decir, desde luego, concentrar todo el esfuerzo en prohibir los sitios de table dance, sino en combatir el criterio de acumulación a como dé lugar.

 

- Alguna vez dijiste que al país no lo define quienes lo gobiernan ni quienes lo interpretan, sino la cultura popular; que la historia de México era la historia de su cultura popular. ¿Sigues pensando lo mismo?

 

La pobreza es el elemento constitutivo del país. Si dices historia de México dices historia de la pobreza.

 

- Muchos hablan de la posibilidad de un estallido social de gran envergadura…

 

El estallido social ya se dio. En primer lugar, se dio cuando ya nadie les cree a los gobernantes; es el primer estallido social. El segundo estallido social: nadie los oye… Un gobierno que pierde su equipo de sonido francamente no sé cómo calificarlo… En tercer lugar… el estallido social está en la pérdida de las esperanzas; es el peor estallido social, no hay otro más grande.

 

- Tu diagnóstico resulta desalentador. México, a pesar de muchas cosas, tuvo un proyecto de nación. ¿Dónde quedó? ¿Cuándo se jodió el país?

 

En dos o tres sexenios, la clase política pierde destreza, oficio, conocimiento mínimo del país y capacidad de respuestas siquiera parciales a los conflictos. El gobierno –en tanto manejo financiero– se le encarga a la Secretaría de Hacienda, y casi hasta allí. Se hace mucho, desde luego, pero ya no en función de proyectos nacionales ni de enfrentamiento a la desigualdad, sino de inercias voluntariosas o de contratismo. Y se envían los diagnósticos y muchas de las decisiones fuera de los círculos del poder, en manos de los asesores, los mercadólogos, los abogados que contratan los expertos que eligen a los verdaderamente enterados (un asesor que no genera una cadena de asesores es un insulto al crecimiento demográfico).

 

La ineptitud pasmosa hoy tan a la vista no depende simplemente de la bajísima calidad de los gobernantes y de los parlamentarios, sino de algo más preciso: llegan al poder los convencidos de que el cargo genera experiencia por sí mismo, el conocimiento de la realidad nacional e internacional, la sagacidad y el don de imantar las frases por ellos pronunciadas. Arriban al poder los iluminados desde siempre (los fundamentalistas de la derecha), los que desprecian el trabajo con las masas (los priistas empresarios que desplazan a los priistas históricos), los que se sienten “turistas de la nacionalidad” (los que condescienden a ser mexicanos), los izquierdistas que usan de los puestos como revancha ideológica…

 

El sistema político mexicano (todos los partidos incluidos) exhibe ahora su penuria ética y su fecha de caducidad… Al ser la impunidad la única regla sacra, todo lo demás (el arte del gobierno, la organización de las finanzas, el manejo de la seguridad pública, el combate al narcotráfico, la preparación de la élite del gobierno) se puso en manos del vago azar y las más que flexibles leyes, y la clase política se fue haciendo en el tiempo libre de la hechura de fortunas y aparatos de adulación. Sé que difamo a las excepciones, y sé que las excepciones estarán de acuerdo conmigo: la caída de esta clase política se engendra en su decisión de clasificar los problemas como: a) aplazables, b) reprimibles, c) sujetos de corrupción, y d) irresolubles…

 

La política a la mexicana es el arte de inventar votos, de prometer milagros y de conceder impunidad a los corruptos; en cambio, la tecnocracia es la disminución del empleo, la reducción de la política a la invención de votos y el sorteo anual de selección de los corruptos sacrificables.

 

- Pero entonces, en cuanto a posibilidades de cambio en el país, ¿no es posible tomar medidas? ¿Existe alguna vía que pueda llevarnos a una realidad distinta?

 

Los años vividos en el pasado reciente… solo pudieron producirse gracias a una petrificación de las mentalidades y, por ende, de las instituciones… Hay que comenzar a reírse de todo, llegar al caos si es necesario, y hacer posible que los biempensantes se intranquilicen, ya que buena parte de sus males y de los nuestros proceden de sus limitaciones. Reírse de ellos, ridiculizarlos, hacerlos sentir desamparados; solo así podría cambiar algo. Una labor de Sísifo, sí, pero vale la pena emprenderla y, además, reduce la monotonía de la vida. Si resulta imposible humanizar esos rostros de hormigón armado que los políticos aspiran a adquirir desde su primer pinche puestecito, al menos se podría lograr hacer visibles algunas craqueladuras. Los jóvenes están hasta la madre de tanta tontería, ya ni siquiera se asoman al Museo de Antropología para no ver reproducidos en la Coatlicue los hieráticos gestos de sus dirigentes. Es necesario que todo el mundo aprenda a reírse de esos monigotes ridículos y siniestros que se dirigen a la nación como si por su boca se expresara la historia, no la viva, eso nunca, sino la que ellos han embalsamado. Cualquier novedad los amedrenta. Cuando la gente los conciba como las ratas que son, los loros que son, y no como soberbios leones y pavorreales que creen ser, cuando detecten… que son objeto de risa y no de respeto ni temor, algo podrá comenzar a transformarse; para eso es necesario hacerles perder base; están preparados para responder al insulto, aun al más violento, pero no al humor.

 

- ¿Basta con el humor para restituir la esperanza en un país como este que pareciera desmoronarse?

 

En lo político, casi en todas partes queda claro el desastre de los gobiernos y los partidos, el fin del empleo formal, el arrasamiento de los ecosistemas, la violencia urbana, el narcotráfico. Ante un panorama tan fatalista, es primordial el papel de las ideas en la sobrevivencia de las sociedades. Así se agoten y pierdan eficacia, o se diluyan y enturbien, las ideas genuinas incitan a movilizarse y resistir. Examínese el sentido contemporáneo de algunas palabras clave: sociedad civiltoleranciademocraciaprogramas incluyentesdiversidadpluralidad y empoderamiento, cuyas consecuencias son profundas aun si se dejan ver como lugares comunes. El proceso trasciende las formaciones políticas tradicionales, y en las alternativas al Pensamiento Único y al Desempleo Universal las ideas desempeñan un papel principalísimo.

 

- ¿Y en cuanto a resistencias individuales o a la sobrevivencia en ámbitos específicos?

 

Aquí vivir es oponerte; y no circunscribo el término a la oposición política: más bien lo amplío. El sentido de la sobrevivencia es ir en contra; hacerte a golpes de rechazo y duda sistemática. Claro que esto puede extinguirse en el espejismo, en la sustitución del afán crítico de contradecir por la gana anárquica de contrariar, y todos contentos… Pero yo siento que de algún modo este tipo de países, donde todo se organiza para evitar la disidencia, son muy estimulantes porque uno debe extraer esos estímulos de la continua demolición de lo que lo rodea, y eso implica la vigilancia permanente: en el momento en que vas aceptando lo que te rodea, en que te complaces advirtiendo como espectáculo lo que está promulgado como espectáculo, en el momento en que te fascina la conversación en la que participas, en ese momento, ya te “nacionalizaste”.

 

- ¿De qué depende que el PRI se mantenga en el poder?

 

Depende en lo esencial de la ausencia de respuestas organizadas, críticas, necesariamente pacíficas, informadas, provenientes de la ética y de la cultura jurídica de la sociedad.

 

- ¿Qué harías si pudieses resucitar y te nombrasen presidente de México?

 

La primera: organizar para el día de la toma de posesión un carnaval en donde cada uno de los mexicanos se disfrazara del personaje que más detesta. Eso sería, desde el punto de vista psicológico, visual y cultural, muy interesante, y nos permitiría ver a millones disfrazados como el presidente anterior, millones como su vecino, su marido o su esposa. La segunda: obligar a que todos los discursos que se pronunciaran en esa solemne ocasión fueran cantados. Creo que uno de los grandes escollos de la vida política es que los discursos son hablados y no cantados. Si se atendiese más al aspecto operático, zarzuelero o de comedia musical de la política, los resultados serían más notables. Y la tercera: una vez que el carnaval hubiera alcanzado su apogeo, firmar mi renuncia irrevocable. Mi mandato duraría 24 horas.

 

 

*

 

Nota: Todas las respuestas que aparecen en esta entrevista ficticia son citas literales extraídas de libros y artículos de Carlos Monsiváis, o de entrevistas que le fueron realizadas. Aquí el listado de referencias:

 

- Entrevista de James Fortson: “Bueno, Monsiváis, ¿y quién diablos eres tú? (Primera Parte)”, en Él, año III, núm. 33, junio, 1972, pp. 28-33, 84-88.

- Entrevista de Nina Menocal: “Carlos Monsiváis”, en México, visión de los ochenta, México, Diana, 1981, pp. 11-26.

- “Del saber de los tecnócratas. Declaraciones, aforismos, reflexiones en voz alta”, en La Jornada, 28 de septiembre, 1989, pp. 1, 12.

- “Aforismos que caben en pocas palabras”, en La Jornada, 23 de abril, 1991, pp. 1, 6.

- Citado en Sergio Pitol, “Carlos Monsiváis, el joven”, en El arte de la fuga, México, Era, 1996, pp. 30-51.

- “Acteal, zona sagrada y campo de matanza”, en Proceso, núm. 1104, 28 de diciembre, 1997, pp. 10-12.

- “El PRI (del ‘cambio correcto’) forever”, en Letras Libres, año I, núm. 12, diciembre, 1999, p. 83.

(1999), “Radiografía de la impunidad (‘De no ser por el pavor que tengo, jamás tomaría precauciones’. Notas sobre la violencia urbana.)”, en Letras Libres, año I, núm. 5, mayo, 1999, pp. 34-39.

- “Recetas para salvar a una sociedad en crisis”, Conferencia en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), octubre, 1999.

- Entrevista de Marco Antonio Cuevas Campuzano: “Carlos Monsiváis: en este momento detesto a los políticos”, en Quién, año 3, núm. 28, agosto, 2002, pp. 88-94.

- “El PRD, antes y después”, en Proceso, núm. 1431, 4 de abril, 2004, pp. 16-22.

- Entrevista de Jesús Ramírez Cuevas: “La obsesión electoral ha sido el beso de la muerte para el PRD”, en La Jornada, 9 de marzo, 2004.

- “La emergencia de la diversidad: las comunidades marginales y sus batallas por la visibilidad”, en Debate feminista, año 15, vol. 29, abril, 2004 pp. 187-205.

- “La ‘justicia selectiva’ y la educación jurídica”, en Proceso, núm. 1483, 3 de abril, 2005, pp. 20-21.

- “Las desventuras del Costo Político”, en Proceso, núm. 1485, 17 de abril, 2005, pp. 22-24.

“Atenco y la vulgaridad de la derecha”, en El Universal, 14 de mayo, 2006.

El Estado laico y sus malquerientes (crónica / antología), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Random House Mondadori, 2008.

- Entrevista de Carmen Aristegui: “Carlos Monsiváis”, en Carmen Aristegui y Ricardo Trabulsi, Transición. Conversaciones y retratos de lo que se hizo y se dejó de hacer por la democracia, México, Grijalbo, 2009.

- “México en 2009: la crisis, el narcotráfico, la derecha medieval, el retorno del PRI feudal, la nación globalizada”, en Nueva Sociedad, núm. 220, marzo-abril, 2009, pp. 42-59.

Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México, México, Debate, 2010.

Las esencias viajeras. Hacia una crónica cultural del Bicentenario de la Independencia, México, Fondo de Cultura Económica, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012.



[Nota: este texto se publicó en la revista Horizontal el 31 de marzo de 2015.]