20 de noviembre de 2009

Dirección contraria

Anoche, la sensación del despojo. Cafetería afuera de la Universidad. Gritos acaso ensayados. Entregar la cartera con todas las señas de identidad. Caminan nerviosos y exaltados. "¿Quién se piensa poner gallito? A ver, a ver..." Ebriedad efusiva en el aire. Voz adrenalinosa. Sorprenderse ante el gesto revelador y éste sí, espontáneo: uno de ellos le arrebata el cigarro-a-medias a una chica. Cualquier cosa con tal de privar al otro, mostrar que dispone de ti. Un gesto burdo y risible, sin duda. Se van con las armas en alto. Se van también con una caja de donas glaseadas bajo el brazo.

Anoche, la imprevisión, sentirse espiado, expuesto. Alguien entró a mi correo. Como si no pudiera quedar atrás el sentido persecutorio. Llegué a casa y no pude dormir sino tres horas.

Luego del imperativo insomnio, volver a la vida, manejar sin licencia, poner cara de sentido-común. Termina la tarde y recibo un texto en mi celular que acaso no tranquiliza, pero alienta: "Pienso que caer no siempre es caer, a veces es sólo volar en dirección contraria".


Foto: Vladimir Saavedra

19 de noviembre de 2009

Presentación de "Sentido de fuga (La ciudad, el amor y la escritura)"

El próximo martes presentaré mi libro de crónicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Tengo un problema con ello: es un libro excesivamente personal, habla mucho de mis obsesiones y de mis delirios íntimos -lo cual no es muy propio para hacer crónica. Al mismo tiempo se me ha vuelto ajeno. Lo veo impreso y me parece que todas esas experiencias narradas ahí me han sido expropiadas. Para colmo, algunos de los textos me resultan ahora un tanto incómodos, plagados de insuficiencias y demasiado corregibles. Tengo la impresión de que en los días actuales no firmaría muchas de las cosas ahí escritas. No lo sé.

Rescato, no obstante, la pasión con la que fueron redactadas sus páginas. Alguien me ha dicho que en su conjunto el libro sustenta una mirada demasiado idílica. Es probable, pero no me importa. Hablo en la Advertencia de algo que en efecto aconteció: "Cautivado por esta urbe insólita, no tuve otro remedio que dejarme llevar por esa pulsión que une el registro voyeurista con el ademán crítico". Y ahora pienso que me gustaría construir mis relaciones siempre así, atento a mí mismo y a los otros. Hechizado con los ojos.

Si escribí e incluí textos tan malos como "Atmósferas oníricas" o tan excedidos como "Vecinos envidiables", en oposición hay otros que sigo apreciando (¿por cuánto tiempo más?). No me parecen desdeñables las crónicas sobre Cuevas o la titulada "Robinson en Donceles"; me gustan las dos que describen una lluvia de granizos y aquella que tiene como centro a ese monstruo sumergido llamado 'metro'. De entre tantas palabras rescato el siguiente texto, muy breve, que no es propiamente una crónica:

Del Amanecer

Sucede a veces que uno abre los ojos al despertar y la mirada es tan borrosa que el mundo pareciera ser otro, la luz nos habla con nombres distintos y los rostros y el perfil de los objetos no atinan a encontrar su nitidez, a tal grado que ya no dan ganas de volver a dormir y soñar. Uno siente que algo lo llama del otro lado de la puerta y se apura a levantarse, salir a verlo todo, y correr y correr en busca de cansancio; pero de pronto vemos cómo el horror renace en cada cosa hecho desidia, voraz rastrojo de sí misma, impenetrable misterio que no cambia. Y ya despiertos, la luz apaga nuestros ojos y no queda sino inventar un canto o un murmullo, una forma de caminar entre las ruinas o un simple silbido a través del cual los ojos vean no lo que existe fuera de nosotros, no el triste verdor ni la sal que nos llama en las espaldas, sino una luz amarillenta en cuya sombra los pies no hundan su pasado. Entonces es posible seguir, vivir un día más con la esperanza de encontrar aquella penumbra, aquella atmósfera borrosa en que los ojos se esmeraban para de vez en cuando, en un hallazgo formidable e incomunicable, clavar su brillo en una calle o en el color enigmático del cielo, y decir "por suerte he despertado", aunque el resto del día el ansia de regresar a la cama pese demasiado.


En fin, es un libro que habla de mí. De eso que vi y fui. De lo que en ciertos ratos sigo siendo. Me acompañarán Adriana González Mateos y J. M. Servín. Espero no sean comedidos.

17 de noviembre de 2009

Ribeyro y la felicidad


Han sido días de pesadumbre y agotamiento. La fuerza vital se me escapa y tengo que luchar contra mí mismo, sin armas, para levantarme y dar unos pasos, o abrir un libro mientras me alimento residualmente.

Por supuesto, ha desaparecido casi por completo el hábito de la escritura. Estas que escribo son palabras de vuelta. Escribir es siempre regresar. No obstante, a pesar de la nulidad de todas estas horas perdidas, a veces uno se encuentra con ciertas salidas que se vuelven perdurables hallazgos. Apenas antenoche encontré un libro que me es desde ya entrañable. Se trata del diario de Julio Ramón Ribeyro, un excelente cuentista peruano. Un hombre con mi naturaleza. Muchas de las cosas que escribe me contienen: su terror a los sometimientos de las relaciones sociales, su mirada sobre el mundo femenino, la tentación genial del fracaso, sus formulaciones acabadas y equívocas. Por supuesto que su sentido del análisis introspectivo me es completamente ajeno y envidiable.

Entre las páginas de su diario encuentro estas palabras que hablan de un paraíso inescrutable y perdido, muy semejante al que vivo: “lo que deseamos se nos da, pero muy pocas veces en el momento oportuno […] Es terrible pensar que uno se priva de tantas cosas bellas y definitivas –en el sentido de que pueden definir una vida– por una falta de concordancia entre diversas situaciones. La felicidad, desde esta perspectiva, no es otra cosa que la coincidencia del mayor número de circunstancias favorables”.

11 de noviembre de 2009

Dulce María y el alzheimer

No sé quién es Dulce María. Revisando mi celular he encontrado su teléfono y su nombre. No la recuerdo. No entiendo si se trata de una alumna, de una conocida ocasional o un contacto de chamba. Pasa de la media noche. No me he atrevido a llamarle, pero ha despertado mi curiosidad y de algún modo me perturba. Me habla (o anuncia) el olvido.

Muchas veces he sentido que mi vida emocional es superior a mis años. Como si estuviese yo adelantado a mi propio deterioro físico. Una especie de vejez pre-fechada. "Dulce María", su nombre me dice que padeceré alzheimer. Un miedo mayor. En el mejor de los casos hipocondria. Pero sí, un niño-viejo que no está en corcondancia con su mundo. Recuerdo esa sensación muy acendrada mientras estaba con L. Eso fue hace casi quince años. Escribí entonces un relato o algo que buscaba serlo y que le di a leer a ella y a sus padres. Éstos últimos me dijeron: "es como si lo hubiese escrito un viejo experimentado". Por supuesto, una exageración. Pero eso. Un destiempo en todo caso. No siempre fue así.

Me parece que he vivido en contra de esa sensación que me acechaba de niño: la inocencia, por no decir, la estupidez. Lo percibí después, pero cuando niño simplemente un mojigato, un sincero y honesto morro que no entendía ninguna lógica del mundo. Mi tragedia ha sido vislumbrar esa condición y combatirla, volverme disidente de mí mismo.

Hay una escena que recuerdo bien y me avergüenza, pero revela lo que voy diciendo. Fue un año antes de entrar a la primaria. Al salir del salón, la maestra dijo: "Regreso enseguida. Nadie puede hablar mientras yo no esté", y salió. Inmediatamente un par de compañeras comenzaron a platicar y yo las interpelé con una arrogancia ignorante: "¿Qué no escucharon a la maestra? Las va a castigar". Su respuesta fue obvia, pero para mí incomprensible: "No se dará cuenta a menos que tú le digas". Desde mi perspectiva era un hecho que ella, la maestra, lo veía y sabía todo. La prohibición era realidad sin remedio, sólo para mí. Por eso nunca fui un niño rebelde.

Contra esa inocencia se erigió mi carácter. Y ahora siento que he madurado, y no sólo eso: envejecido. De ahí el miedo a perder mis facultades, a volverme senil prematuramente. Por eso el temor, el alzheimer. Por eso ese nombre, Dulce María, palpita como una anunciación. Pero no tomo el teléfono: 1040.4577.

11 de enero de 2006

Bajo la luz sombría

por Jezreel Salazar


No todos pueden ver la verdad, pero pueden serla.
Franz Kafka




El aforismo es la expresión mínima del ensayo.

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No es la proclividad al fracaso lo que determina mi porvenir. Ni la fe en ídolos o el mecenazgo. Sí responder al vacío congénito, al abismo interior, ese insulso deseo de saber arder al finalizar cada día.

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La inocencia nunca nos es dada para sobrevivir. Sólo su pérdida lo permite.

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Si lo que utilizas como espejo es mi rostro, tendré que sospechar, incluso, de tu máscara.

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¿Por qué será que el alma de un perverso asemeja la mentalidad de un mediocre?

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“No hay verdadera sabiduría sino en dar cada hombre lo que tiene” escribió Alfonso Reyes. ¡Qué ardua tarea! Y para saber lo que uno tiene, existe esa otra faena que requiere aun de mayor grandeza: ¡saber amarse!

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En época de riesgos, tenerle miedo al que no le tiene. Para andar con orgullos la mediocridad ya está superpoblada.

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Cuando el remedio es sólo una enfermedad incurable, los paliativos son la salvación.

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La adulación es la promesa del desamparo. Quien conoce su arte personifica un tiempo futuro de infamias y despojos.

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Como no pensaban como él, tuvo que pensarse como ellos.

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Si quieres estar seguro sobre algo, nunca acudas con un especialista.

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No es posible vivir con culpas. Es como cargar con muertos que ya no son capaces de ofrecer su perdón. Si uno tiene que sufrir el trabajo de perdonarse, también es necesario que el otro nos absuelva. Y es que bajo todo esto lo que pasa es que se trata sólo de algo más sencillo y profundo: de compartir el dolor. Y cuando dos personas logran hacer eso es que, una a la otra, pueden salvarse.

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Cuando el desgarramiento mental llega al límite, comienza una locura consciente, un lúcido sufrimiento, la coherencia del dolor, lo que llaman agudeza. El talento no es más que la intuición.

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El viaje a la fe da certezas pero cuesta miedos y fatigas.

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El sueño profundo es el más conocido, codiciado, manoseado. El dilema consiste en abocarnos al perentorio y hablar de nuestra insuficiencia.

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Sólo somos capaces de aprender a perecer.

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Cédeme el punto fugaz de tu duda, o de menos, la duda de tu fuga.

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Lo más seguro es que todos creamos en mentiras. El secreto está en no saber que lo son.

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El psicoanálisis no es la cura sino su degradación.

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Para equilibrar no basta la lucidez ni el talento. Mucho menos la balanza. Hace falta doblegarse.

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Si no supiéramos que vamos a morir ya nos habríamos suicidado.

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Para la congoja de la separación no hay recetas, nunca las habrá. Pero buscar intencionalmente una confluencia de caminos, una encrucijada de dos, es ser cómplice del mayor desencuentro. También es promover, de antemano, el fraude o el engaño.

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La palabra es lo mejor y peor que tenemos, lo que hemos hecho de nosotros. Sin embargo, lo vital en la palabra es el silencio.

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Que vender un libro no implique comprar un alma.

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De la voz sólo podemos examinar su cuerpo, su maltratado cuerpo.

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La nostalgia es un deseo que no pudo ser ni construido ni olvidado.

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Sólo porque soñamos y mentimos es que somos humanos.

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No te sometas ni te dejes llevar. Sólo cuando seas capaz de entregarte sin disminuciones, de cederlo todo en un espasmo instantáneo de gozo, donde la vida es el recuerdo lejano de la muerte que por un segundo habitas, entonces sí, a pesar de los rumores y las maledicencias y por encima del reproche ajeno, al fin, permite que alguien te penetre por entero, no sin antes haberlo hecho tú misma sin mesura. De no ser así, mejor desprecia, rehúsate y huye.

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La esperanza sólo es el verbo del viaje. Nunca su destino.

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La perfección es la eternidad del instante.

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Hay que poner en movimiento aquello que por su fractura no puede seguir vivo. He ahí cuanto motivo existe.

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Para cambiar el giro de un momento primero observar su obicuidad, luego respetar el furor de su luz; además comprender el sentido de su rumbo, ponerte en pie y hacer énfasis, tras un tirón de voz, en la calidad de tu estirpe, evitando toda eternidad.

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No alivia a la soledad la compañía.

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El más grande sabio no es aquel que razona sus sueños, sino quien hace de sus razones, sueños.

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Nunca como hoy la vida de los hombres ha estado en contraste tal con la vida de los dioses.

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Las palabras ya no hacen pensar: si pudiéramos desear, callaríamos.

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Comprometerse es ser cómplice de una promesa como se es cómplice de un asesino.

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Los hombres prefieren siempre la noche, el abismo. ¿Por qué nos encanta la incertidumbre; qué hay en el vacío que nos envuelve en la fascinación y el sueño?

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Se es en lo posible realidad.

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Si en algo te estimas no establezcas una lucha sin armas contra ti.

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La coincidencia funda el destino.

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Equivocaciones que no importarán son las que nos permiten hablar de cómo lo que daña, encamina.

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Aquí sucede que cuando pretendemos conocernos montamos la escenografía de nuestra parcialidad y no la de nuestros miedos.

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“El que ama su vida la perderá” (San Juan, 12, 25). Por eso hay que amar sobre todas las cosas la muerte. Así nada nos podrá ser arrebatado.

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La venganza no es sino añoranza.

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El amor es imposible sin un sentido religioso de la existencia. No me refiero a la fe en Dios. Me refiero a la esperanza unida a cierta certidumbre en algo que va más allá de la comprensión. Es la posibilidad de creer en el misterio, lo cual es algo esencial a la vida: “La fe forma parte de la esencia de todas las cosas, y no se apoya en nada” escribió Samuel Butler.

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Escribir como si lo escrito fuera a ser leído el día de tu muerte.

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Recordar es una incompetencia y quizá la mejor.

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¿Sólo será posible alcanzar la felicidad por el camino de la renunciación?

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Una frase dilapidadora no da muerte, despierta.

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¿Hay algo más frágil que la memoria? ¿Hay algo más enterrado y duradero que la memoria del dolor?

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Iluminación no es verdad. Para vivir en la verdad la luz debe necesariamente morir. “Tuya es la luz, pero mío es el llanto” decía León Felipe en su reclamo a Dios.

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En ese entonces necesitaba a alguien. Pero en tal necesidad se hallaba el vacío. Se escondía en aquella súplica el sentido de mi propia carencia. En realidad me necesitaba a mí. Necesitaba mis propios brazos y mi propio cuerpo, como ahora necesito mi propio corazón. Mi alma era una ausencia que yo deseaba y no sabía. Era la brevedad de mi sustancia. Mi hambre y el alimento que dentro mío, no podía yo alcanzar. Vivía la soledad como un infierno y en realidad la soledad es un milagro.

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Nuestra sombra es superior a nuestra luz.




[Nota: estos aforismos se publicaron en Armas y Letras. Revista de la Universidad Autónoma de Nuevo León, núm. 52-53, Julio-Diciembre, 2005, pp. 40-42.]