Desde hace semanas, la sensación de la "movilización permanente". Es como si Ayotzinapa hubiera desanestesiado la realidad. No sólo descubro, día a día, constantes eventos (marchas, pintas, pronunciamientos, declaraciones, instalaciones artísticas...), organizados en muchos lugares de la república para protestar contra la inacción política y la indolencia del gobierno de mi país. También me sorprende la viralización de la protesta, su reproducción masiva y global.
Además, veo formas inusitadas de ciudadanizar los sentidos y las emociones: interrupción de actos diplomáticos de representantes mexicanos en el exterior (Bruselas, Buenos Aires, Basilea...), intervenciones visuales de los espacios públicos, contingentes que detentan un carácter pocas veces visto (madres con carreolas, por ejemplo) o que expresan su repudio sin las consignas habituales (unos músicos, durante una de las muchas marchas, se detienen a entonar, de manera disciplinada, el "Nabbuco" de Verdi: ¡Oh, mi patria, tan bella y perdida! / ¡Oh recuerdo tan caro y fatal! ... Traes un sonido de crudo lamento. / Ojalá te inspire el señor una melodía / que infunda al padecer, virtud). La conciencia sobre el horror se expresa aquí y allá, multiplicándose sin fin. Y comprendo de manera rotunda la imposibilidad: el recuento necesario, requiere la participación colectiva. Lo mismo el país.
Algo, entre muchas otras cosas, me asusta. No le dejo de dar vueltas a la idea de que despertar no es un acto permanente. Las formas de la ceguera en las sociedades actuales son tan diversas como efectivas. Por eso, mientras dure, hay que abrir los ojos lo más fuerte posible. Y luego cerrarlos para tomar aire, respiro, descanso. Y volverlos abrir una y otra vez, para transparentar este tiempo, encararlo a plena luz, mirarlo con las pupilas encendidas... para no tener que apagarlas definitivamente -o perderlas, como le ocurrió a Julio César Mondragón, el normalista cuyo rostro nos muestra la fisonomía fúnebre de una nación, habitada por espantos despiertos.
24 de noviembre de 2014
22 de noviembre de 2014
El uso político de la "ley"
Indigna el funcionamiento del sistema penal en México, falto de
independencia frente al poder ejecutivo y engranado en la lógica de la
represión; en suma, con rasgos no muy distintos a los que tuvo durante
el 68 y en general durante los años del priísmo histórico (detenciones
arbitrarias, tortura sistemática, transgresión a los derechos humanos,
violaciones al debido proceso, fabricación de pruebas, ausencia de
investigación y un largo etcétera). El asombro moral se vuelve mayor
cuando uno se percata que 11 de los detenidos durante las
manifestaciones del 20 de noviembre fueron acusados de cargos más graves
que el ex-alcalde José Luis Abarca, uno de los responsables de los
asesinatos y desapariciones en Iguala, acontecimiento que fue el
detonador de dichas protestas. Paradojas de un país construido bajo el
amparo de la impunidad: María de los Ángeles Pineda, esposa de Abarca y
considerada por la propia PGR "autora intelectual" de los crímenes de
Iguala y "principal operadora" del grupo armado Guerreros Unidos, sigue
en calidad de arraigada, mientras los jóvenes detenidos ya fueron
consignados y enviados a penales federales. El uso político de la "ley"
es aberrante.
2 de julio de 2014
De amigos y fantasmas
"Cada día nos despedimos de alguien a quien no veremos más"
Enrique Vila-Matas
Todos perdemos amigos, caray. Nadie es permanente imán de todos los afectos. Y casi siempre estas derrotas ocurren de forma imperceptible; es sólo en retrospectiva que caemos en cuenta cómo a quienes considerábamos hermanos, familia, espacios de confesión... se han alejado drástica y a veces definitivamente. Uno asume esas cosas. La vida da palos cotidianos. Aprendemos a recibir nuestra dosis de desamor; y más cuando hemos rebasado los treinta. ¿Qué más decir sobre aquellas personas que fueron dicha y se volvieron saludo distante?
No escribo esto para hablar de ellos, sino de los otros. Que son los menos. Me refiero a los amigos que simplemente de un momento a otro desaparecieron. Un día llamaban a la puerta sin invitación de por medio; discutían contigo una película cuyo supuesto valor no compartías, pero que al final te unía más a ellos; abrían sus oídos a tus noticias más significativas. Y de pronto, nada. Dejan de atender tus llamadas, te enteras que se han ido a vivir a otro país o están de viaje, les escribes un correo con hondas interrogantes y quedas aplanado por el silencio que ha decidido atropellarte como respuesta surreal, definitiva y amarga.
La experiencia me ha ocurrido dos veces. En ambas ocasiones lo doloroso ha sido no poder comprender los motivos que provocaron una separación tan radical. Han quedado velados a pesar de las necesarias preguntas directas. La evasión ha sido el mecanismo que en tales ocasiones ha perpetuado y profundizado la herida. A mí me pasa que ponerle un nombre a la pena me permite lidiar mejor con el duelo. Pero cuando el cadáver de aquello que tuviste simplemente te es arrebatado, se vuelve difícil decirle adiós a los afectos. Tu universo íntimo se puebla de fantasmas: te percibes culpable sin la conciencia concreta del crimen, te asumes idiota por no poder descifrar el misterio. ¿Has sido víctima de una venganza o una broma?, ¿hasta dónde puede llegar la crueldad de aquel a quien no hubieses dudado en abrazar?
Supongo que el dolor se alimenta del sinsentido y a veces de lo inefable. Al menos en mi caso, la ausencia de comprensión me ha impedido dejar de tener los ojos en la espalda. (He sido estatua de sal). La amistad resulta entonces una carga o un recorrido vedado. Haber caminado tantos días buscando una respuesta. Correr cojeando, gritar sin poder saltar. ¿Habré sido yo?, ¿pero qué he sido? En ocasiones traes colgando tanto peso que es difícil decidir que ha llegado el momento. El recuerdo es a veces un asiento en llamas, un lugar del que no debe uno enamorarse. Llega un día en que se vuelve necesario arrancar el trozo de corazón que te quema.
(Eso no me impide, sin embargo, que los siga extrañando).
A ciertas formas de la memoria hay que aprender a cerrarles la puerta.
28 de mayo de 2014
Dolor de infancia
En los últimos meses brotan de mi memoria imágenes un tanto perturbadoras: una escena violenta en el segundo piso de la casa de mi infancia, el llanto inesperado de mi abuela al lavar los platos del desayuno, una bofetada en plena cena familiar, los comentarios mezquinos de una tía sobre sus hijos... Descubro que tantos recuerdos siempre se tocan en algún punto; más allá de la coyuntura en que ocurrieron los sucesos a los que remiten, todos esos fragmentos de memoria se conectan, directamente, con el excesivo conservadurismo de la familia de la cual provengo.
Pienso que si hay algo que define a la derecha es su apego a la censura. En mi caso, el silencio era una malla invisible que lo envolvía todo, desde algunos usos lingüísticos que no tenían cabida incluso entre adultos (las groserías como dialecto propio del averno), hasta ciertas prácticas sociales que no poseían buena prensa entre quienes me inculcaban el amor al prójimo (los aplausos, el baile o el alcohol apelaban tanto a la felicidad que resultaban sacrilegios intolerables en la casa de Dios). Quizá también por ello la oposición entre mi vida familiar y mi vida escolar-social fue una herida que no ha terminado de cerrar.
El acallamiento impuesto (y aprendido) invadía situaciones, a fin de cuentas, muy concretas; durante años no supe las razones de la desaparición de mi abuelo, por ejemplo. Una parte de mi formación ocurrió en medio de esa atmósfera, en medio de conversaciones que siempre implicaban zonas innombrables de la realidad: ciertas fricciones familiares me eran indescifrables, no comprendía el sentido de muchas prohibiciones (los árboles de navidad, para poner un caso) y otros círculos sociales no sólo me resultaban ajenos (y deseables), sino que se hallaban envueltos en un fuerte tabú. Un día mi abuela me sentenció: "si llegas a casarte, hazlo con cualquiera, menos con una mujer católica". En esas palabras estaba contenido el sentido de su apertura (y el alcance de su amor cristiano) hacia los otros.
Supongo que no sería equivocado decir que en mi familia el respeto a la diferencia es una preocupación inexistente, o por lo menos, un sentimiento difícil de percibir. Recuerdo las diatribas y bromas repetidas contra aquellos que provenían de tradiciones extrañas, tantos comentarios en contra del cabello que aún mantengo largo, el juicio sumario contra cualquier actitud que tuviese olor libertario. Por ello no me resulta extraño que en mi familia, en general, no se valoren los viajes, ni la diversidad culinaria, ni la lectura de textos distintos a la Biblia aceptada. Es como si viviesen en una suerte de encierro. Supongo que ciertos sectores del protestantismo responden a una tradición defensiva en medio de la historia de persecuciones que debieron sobrevivir. Pero hacer de ese pasado el sentido de la propia identidad tiene mucho de sumisión ideológica, de cerrazón irracional y de insuperable vergüenza. Muchas veces me he sentido así: alguien que lidia con resentimientos que sus padres adquirieron y que le resultan del todo incomprensibles. Como si la incapacidad de lidiar con el pasado hubiese dictado que, en venganza, las generaciones posteriores tuviésemos que sufrir sin remedio un sin-sentido.
Pero yo venía diciendo que la disidencia, al interior de las cuatro paredes de mi historia familiar, simplemente no es bien vista. En mi familia todavía está presente la idea de que sólo es legítima una moral (la suya) y que no vivir, actuar o pensar de acuerdo a los modelos heredados, es simple estupidez o herejía. En muchas de las frases que escucho estando en reuniones familiares detecto no sólo la implícita jerarquía moral de quien habla, sino la imposibilidad de concebir y respetar otras formas de relacionarse con los otros, con la trascendencia, con uno mismo...
A veces, estando rodeado de ellos, me resulta difícil valorar, quién, de entre mis familiares, resulta el más conservador: algunos padecen de homofobia, otros de sectarismo religioso; unos defienden, sin pudor, la cultura de la impunidad y del oportunismo que envilece al país; los que han logrado escapar un poco de tanta indignidad, resultan incapacitados para ser empáticos con otros. Yo sufro de esos males y lidio con esas facturas. En mi herencia siempre hubo un núcleo malsano.
Hace poco soñé que todas estas cosas las comentaba con uno de mis familiares. Creo que era con uno de mis primos. Le soltaba en una frase lo que en el fondo no he podido decir: "Si uno quiere pensar por sí mismo, debe salirse, huir de esta familia". Al despertar me di cuenta lo triste y desencantado que había resultado aquel sueño.
Y sin embargo, ahora lo sé, no todo es horror, abismo, deterioro. Buena parte de mi familia posee una inocencia que no he visto en otros lados, un sentido de la bondad que se halla en proceso de extinción. Simplemente son incapaces de ver todo lo que yo percibo porque un velo les cubre los ojos; es cierto que casi no actúan con mala intención. Y eso es algo que todavía no logro comprender: cómo puede, de la virtud, surgir tanto reduccionismo y discurso acrítico, tanta amputación y solemnidad...
De mi memoria surgen todos los síntomas de aquel universo atroz, irremediable e inútil, pero debo decir que hay mucho de emoción vital en ese ayer, un sentido nostálgico que no se detiene.
El paraíso que perdí no era perfecto, pero su atmósfera anhelada me atormenta.
Pienso que si hay algo que define a la derecha es su apego a la censura. En mi caso, el silencio era una malla invisible que lo envolvía todo, desde algunos usos lingüísticos que no tenían cabida incluso entre adultos (las groserías como dialecto propio del averno), hasta ciertas prácticas sociales que no poseían buena prensa entre quienes me inculcaban el amor al prójimo (los aplausos, el baile o el alcohol apelaban tanto a la felicidad que resultaban sacrilegios intolerables en la casa de Dios). Quizá también por ello la oposición entre mi vida familiar y mi vida escolar-social fue una herida que no ha terminado de cerrar.
El acallamiento impuesto (y aprendido) invadía situaciones, a fin de cuentas, muy concretas; durante años no supe las razones de la desaparición de mi abuelo, por ejemplo. Una parte de mi formación ocurrió en medio de esa atmósfera, en medio de conversaciones que siempre implicaban zonas innombrables de la realidad: ciertas fricciones familiares me eran indescifrables, no comprendía el sentido de muchas prohibiciones (los árboles de navidad, para poner un caso) y otros círculos sociales no sólo me resultaban ajenos (y deseables), sino que se hallaban envueltos en un fuerte tabú. Un día mi abuela me sentenció: "si llegas a casarte, hazlo con cualquiera, menos con una mujer católica". En esas palabras estaba contenido el sentido de su apertura (y el alcance de su amor cristiano) hacia los otros.
Supongo que no sería equivocado decir que en mi familia el respeto a la diferencia es una preocupación inexistente, o por lo menos, un sentimiento difícil de percibir. Recuerdo las diatribas y bromas repetidas contra aquellos que provenían de tradiciones extrañas, tantos comentarios en contra del cabello que aún mantengo largo, el juicio sumario contra cualquier actitud que tuviese olor libertario. Por ello no me resulta extraño que en mi familia, en general, no se valoren los viajes, ni la diversidad culinaria, ni la lectura de textos distintos a la Biblia aceptada. Es como si viviesen en una suerte de encierro. Supongo que ciertos sectores del protestantismo responden a una tradición defensiva en medio de la historia de persecuciones que debieron sobrevivir. Pero hacer de ese pasado el sentido de la propia identidad tiene mucho de sumisión ideológica, de cerrazón irracional y de insuperable vergüenza. Muchas veces me he sentido así: alguien que lidia con resentimientos que sus padres adquirieron y que le resultan del todo incomprensibles. Como si la incapacidad de lidiar con el pasado hubiese dictado que, en venganza, las generaciones posteriores tuviésemos que sufrir sin remedio un sin-sentido.
Pero yo venía diciendo que la disidencia, al interior de las cuatro paredes de mi historia familiar, simplemente no es bien vista. En mi familia todavía está presente la idea de que sólo es legítima una moral (la suya) y que no vivir, actuar o pensar de acuerdo a los modelos heredados, es simple estupidez o herejía. En muchas de las frases que escucho estando en reuniones familiares detecto no sólo la implícita jerarquía moral de quien habla, sino la imposibilidad de concebir y respetar otras formas de relacionarse con los otros, con la trascendencia, con uno mismo...
A veces, estando rodeado de ellos, me resulta difícil valorar, quién, de entre mis familiares, resulta el más conservador: algunos padecen de homofobia, otros de sectarismo religioso; unos defienden, sin pudor, la cultura de la impunidad y del oportunismo que envilece al país; los que han logrado escapar un poco de tanta indignidad, resultan incapacitados para ser empáticos con otros. Yo sufro de esos males y lidio con esas facturas. En mi herencia siempre hubo un núcleo malsano.
Hace poco soñé que todas estas cosas las comentaba con uno de mis familiares. Creo que era con uno de mis primos. Le soltaba en una frase lo que en el fondo no he podido decir: "Si uno quiere pensar por sí mismo, debe salirse, huir de esta familia". Al despertar me di cuenta lo triste y desencantado que había resultado aquel sueño.
Y sin embargo, ahora lo sé, no todo es horror, abismo, deterioro. Buena parte de mi familia posee una inocencia que no he visto en otros lados, un sentido de la bondad que se halla en proceso de extinción. Simplemente son incapaces de ver todo lo que yo percibo porque un velo les cubre los ojos; es cierto que casi no actúan con mala intención. Y eso es algo que todavía no logro comprender: cómo puede, de la virtud, surgir tanto reduccionismo y discurso acrítico, tanta amputación y solemnidad...
De mi memoria surgen todos los síntomas de aquel universo atroz, irremediable e inútil, pero debo decir que hay mucho de emoción vital en ese ayer, un sentido nostálgico que no se detiene.
El paraíso que perdí no era perfecto, pero su atmósfera anhelada me atormenta.
14 de mayo de 2014
Valor y desprecio de la concentración
“Sentir es estar distraído” - Fernando Pessoa
vs
“Ser artista significa nunca desviar la mirada” - Akira Kurosawa
vs
“Cuando no pasa nada, es cuando vale la pena mirar” - Sergio Chejfec
vs
“Cuando no pasa nada, es cuando vale la pena mirar” - Sergio Chejfec
Suscribirse a:
Entradas (Atom)