29 de junio de 2012

Revelación

Me asomo a la ventana. No hay avenidas. Tampoco casas. Persiste, sin embargo, el rumor urbano.

No es la ciudad: yo soy el fantasma.

14 de mayo de 2012

Un cronista moderno e inédito



Crónicas escogidas
Joaquim Maria Machado de Assis
Traducción de Alfredo Coello
Madrid, Sexto Piso, 2008, 222 p.


Se ha dicho muchas veces que Machado de Assis es uno de los grandes narradores de la literatura escrita en portugués. El reconocimiento que han obtenido sus novelas y cuentos es ya canónico, pero no podemos decir lo mismo de su faceta como cronista. Si las predilecciones editoriales han favorecido la publicación de novelas por encima de otros géneros, existen otros factores que nos han mantenido alejados de la obra cronística de este autor. Me refiero, en primer término, al hecho de que Machado practicaba la crónica bajo el amparo de variados seudónimos (Gil, Job, Platão, Dr. Semana, Lélio), algunos de los cuales sólo cuatro décadas después de su muerte fueron descifrados. Aunado a esto hay que considerar que la traducción de textos brasileños a nuestro idioma suele ser tardía, lo mismo que la recopilación de crónicas en forma de libro, debido a que éstas crecen al amparo del periodismo. Por ello es que resulta una agradable sorpresa la aparición de este volumen, traducido por Alfredo Coello, bajo el sello editorial de Sexto Piso, cuyo repertorio de obras indispensables se ve enriquecido una vez más.
Visto en su conjunto este libro constituye una obra de madurez. Aunque podemos leer crónicas que aparecieron desde 1876, la mayoría de los textos fueron escritos en la última década del siglo xix, cuando Machado tenía un estilo no solamente consolidado y solvente, sino un reconocimiento y una posición excepcional al interior del campo cultural brasileño. Basadas en la insinuación irónica y no en afirmaciones tajantes o conclusiones precipitadas, estas crónicas muestran a un autor moderno que (como en sus narraciones) ofrece gran libertad al lector haciéndolo partícipe de los hechos que registra; distanciado ya del sentimentalismo romántico, Machado muestra aquí su gran maestría en la alternancia de diálogos y reflexiones, siempre con voluntad satírica y conciencia paródica. Además, el uso de la primera persona resulta excepcional; la construcción de un solo personaje (el propio cronista) a partir del autoescarnio es uno de los grandes méritos de estos textos. Si todas estas características le otorgan al libro su condición de obra madura y moderna, se extraña la recopilación de algunas crónicas de juventud que hubieran podido ofrecer una visión retrospectiva de conjunto.
Del corpus de crónicas aquí editadas, llama la atención que la unidad de estilo se derive de una gran diversidad de recursos y formas narrativas. Ciertos textos aparecen a manera de guía de preceptos o manual de urbanidad (“Cómo comportarse en el tranvía”). Otros son parodias de discursos políticos (“Abolición y libertad”) o de textos jurídicos (“Pelea de gallos”). Existen crónicas que están en las fronteras con el cuento y la ficción (“Elucubraciones de un rey”) e incluso las hay muy cercanas a la fábula (“Reflexiones de un burro”). En cualquier caso, ya sea a través de breves viñetas o fragmentos narrativos, Machado lleva a cabo una doble labor. En principio, construye un mural de la sociedad brasileña del siglo xix, y en particular de la capital de ese momento, Río de Janeiro, que vive una confrontación entre las fuerzas que buscan conservar ciertas tradiciones, y aquellas otras que impulsan una modernización política y cultural. Por otra parte, Machaco construye una mirada crítica en torno a este proceso y lanza dardos profundamente corrosivos contra la sociedad de su tiempo.
De ahí que el texto esté marcado por una ironía constante, a veces muy sutil y otras bastante mordaz: “Toda persona que sienta necesidad de contar sus asuntos íntimos, sin interés para nadie, debe primero indagar sobre el pasajero escogido para tal confidencia si él es asaz cristiano y resignado. En caso de que lo sea, preguntarle si prefiere la narración o una descarga de puntapiés. Siendo probable que él prefiera las patadas, la persona debe inmediatamente propinárselas”. (Extraña hallar en Machado atisbos de lo que un siglo más tarde traerá consigo la ironía de ciertos autores como Ibargüengoitia; los aires de familia entre ambos provienen, por supuesto, de sus lecturas comunes de ironistas clásicos: Sterne y Voltaire).
Como se ve, Machado no es un optimista sino un escéptico. No realiza el retrato bucólico y complaciente de la nación brasileña. Por el contrario, muestra las contradicciones, absurdos y tensiones de un país que se halla en el momento cumbre de una transformación radical: el fin del imperio monárquico de Pedro II y el inicio de la primera república brasileña. Sus planteamientos satíricos en torno a la abolición de la esclavitud dan cuenta de ello. No obstante, Machado no se presenta como el rector cívico de su sociedad y eso es lo que salva al autor de la prédica moralista. En una de sus reflexiones en torno al oficio de cronista Machado declara que no tiene “un programa establecido”. No se trata de un creador omnipotente sino de una perspectiva narrativa que pone en duda sus propias percepciones y se repite constantemente que “no hay una explicación satisfactoria”. La conciencia de este cronista apunta siempre a la insatisfacción interpretativa y a la ausencia de una brújula que impida el extravío, lo cual es, en un terreno tan resbaladizo como la crónica, un rasgo más de la grandeza de este clásico brasileño.

[Salazar, Jezreel. “Un cronista moderno e inédito”. Reseña de Crónicas escogidas de Joaquím Maria Machado de Assis, en Hoja por Hoja (Suplemento de libros del periódico Reforma), año 12, núm. 140, enero de 2009, p. 8].

24 de abril de 2012

La asfixia

No recuerdo el color del caballo, pero sí el golpe contra el coche y mi padre intentando salir de ahí, hundido ahí, en la negra sangre que la tarde le inyectaba al cielo de aquel día desgraciado.

Tiendo a bloquear los detalles de los momentos más infelices o humillantes que he sufrido, pero no los de esa mañana infinita en que dos caracoles aparecieron en las hojas de la planta que adoraba mamá; aquel helecho de gruesas nervaduras moteado con tonos vívidos y amarillentos. No me llamó la atención la velocidad inmóvil de su prisa, sino los destellos que emitían sus cascarones cafés salpicados de rayas blancas. Destellos que eran parecidos a los que, en ciertas circunstancias, las gafas de mi padre proyectaban sobre mis ojos. Como cuando me cargaba y le daba vueltas al mundo, o a mi cuerpo, en el patio de la casa familiar, y yo me sentía un ser alado, un navío a punto de despegar, cuya ancla eran mis brazos unidos a los brazos de mi padre, que en esos instantes me parecían la única salvación posible, la existencia en su más pura realidad.

Pero vino el estremecimiento, aquel caballo, la velocidad con que ocurren los hechos verdaderos, mi padre dentro y la asfixia.

9 de marzo de 2012

Antípoda

Del otro lado del mundo vive huyendo de nosotros. En sentido contrario. Nuestro doble es un espejo en el que nunca podremos vernos reflejados.

1 de marzo de 2012