En medio de horas tristes, veo una película increíble. Lleva por título "Cinco de chocolate y uno de fresa" y es protagonizada por Angélica María y Fernando Luján. El argumento es alucinante, el resumen que trae la miniguía de Cablevisión lo intensifica y lo vuelve muy atractivo: "Una novicia come unos hongos especiales y cambia de personalidad actuando como una alocada joven sicodélica". Navegando la red me encuentro un agregado jocoso: "Unas monjas superiores que la vieron cambiar no dan crédito a lo que ven sus ojos". Puestas las cosas así, resulta casi obvio que haya sido filmada en 1968 y que José Agustín participara en el proyecto. Con ojos permisivos y relajientos, pueden realmente disfrutarse algunas de las escenas que incluye la cinta:
1) Angélica María y sus secuaces toman Radio Mil a punta de pistola (las armas son de juguete). La protagonista aprovecha para cantar una canción cuyo estribillo más memorable es el siguiente: "Tal vez me entregues tu amor y tu corazón... en prisión".
2) Para entrar a la Sociedad protectora de animales y "liberar" a diversas especies (entre ellas un mono, varios flamingos y una vaca) Angélica María se pone a ladrar.
3) Luego de secuestrar y pedir rescate por el Presidente de la Asociación de Banqueros, Angélica María devela el lugar de la casa de seguridad. Al colgar, el jefe de policía ordena: "Hay que conseguir permiso para bombardear el Desierto de los leones; esa cabaña debe ser la guarida de una organización criminal internacional".
4) Todas aquellas en las cuales Angélica María encarna a la mujer maravilla autóctona: vestidos brillantes, botas amarillas y capas rojas o de colores.
Al terminar de ver la película, pienso que el cine mexicano, entre muchas más cosas, sirve para consolar las tardes agüitadas. Para mayor admiración dejo acá el nombre del director: Carlos Velo (también director de "El medio pelo", "Pedro Páramo" y "Felipe II y el Escorial"). Además, un video en que puede apreciarse la audacia (entre ridícula y fascinante) de la imaginación mexicana:
6 de diciembre de 2009
28 de noviembre de 2009
Chillida Leku
Pasamanos o peldaños

Dejo acá cuatro citas que en estos días rondan mi cabeza como si se tratara no de oráculos, sino de los peldaños de una escalera por la cual salir de un cuarto tapiado. O como si fuesen los eslabones firmes de un pasamanos imaginario que acaso puedan transladarme a un sitio que me impida caer del todo, y al mismo tiempo sentir que sigue siendo posible volar:
1. “Si el hombre a veces no cerrara soberanamente los ojos, terminaría por no ver ya lo que vale ser mirado” (René Char)
2. "No olvidar que el error muchas veces se había convertido en mi camino. Siempre que no resultaba cierto lo que pensaba o sentía, entonces se producía una brecha. Y si antes hubiese tenido valor, ya habría entrado por ella. Más siempre sentí miedo del delirio y el error. Mi error, no obstante, debía ser el camino de una verdad: pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo. Si la verdad fuese aquello que puedo entender, terminaría siendo una verdad pequeña, de mi tamaño. La verdad tiene que estar en lo que jamás podré comprender” (Clarice Lispector)
3. “Di lo mejor de mí cuando me dejaron” (James Joyce)
4. "No tenemos ninguna razón para desconfiar de nuestro mundo, pues no está contra nosotros. Si tiene espantos, son nuestros espantos; si tiene abismos, esos abismos nos pertenecen; si hay peligros, debemos intentar amarlos. Y si orientamos nuestra vida solamente según ese principio que nos aconseja que nos mantengamos siempre en lo difícil, entonces lo que ahora se nos aparece todavía como lo más extraño, se hará lo más familiar y fiel nuestro... ¿Por qué excluir de la vida ninguna intranquilidad, ningún dolor, ninguna melancolía...?” (Rainer Maria Rilke)
27 de noviembre de 2009
Juan José Reyes sobre "Sentido de fuga"
Dejo aquí la reseña sobre mi libro Sentido de fuga. La ciudad el amor y la escritura que apareció en en Siempre! el pasado 9 de agosto de 2009.
* * *
La ciudad inatrapable
Juan José Reyes
La ciudad, como antes los mares, tiene poder para
que quienes cruzan por ella o la habitan no puedan controlar su impulso de
interpretarla o al menos de registrar los hechos o los sueños o las sensaciones
o los sentimientos que ella misma suscita. Es sitio de aventuras y de pasmos,
de sobresaltos y monotonías, de dramas y de fiestas, de seguros amores, de
traiciones, de corrupciones y de esperanzas, de aliento y camaradería, de susto
y duelo, de deseos y cicatrices del deseo. Hacen crónica de la ciudad sobre
todo los jóvenes escritores, remarcando su impulso de poseerla y su certeza de
que es inatrapable y por eso mismo tan seductora.
Con este libro Jezreel Salazar, nacido en 1976 en
la Ciudad de México, ganó el Premio de Crónica Urbana que cada año otorga la
Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Tal es un premio joven que
rápidamente va ganando fuerza, a juzgar por los trabajos de sus ganadores (el
primero de ellos es un libro espléndido de Magali Tercero). El de Salazar
también es un magnífico conjunto de textos que muestran tanta sorpresa ante el
mundo chilango como ilusión y desencanto, siempre desde una firme capacidad de
expresar lo que se registra. Aquella firmeza da soltura a la prosa de Salazar,
bien construida, fluida, en ocasiones brillante.
Y más allá del registro de los hechos, o más acá,
desde el fondo mismo del autor y de esos hechos, surge una mirada que todo lo
condensa y que muy probablemente puede ser compartida por todos los lectores o
por un buen número de ellos. Escribe Salazar por ejemplo: “Sí, la ciudad es un
dolor del que no podemos librarnos, un lazo que no poseemos pero del que
formamos parte, la trampa de la que es imposible escapar: un sino, una condena.
Como en la historia de Edipo, la amamos pero nuestro amor la llevará a la
muerte. Somos sus hijos y estamos condenados al matricidio erigido sobre el
deseo y el cariño. Es verdad. No le tenemos compasión”.
No nos tenemos compasión, pudo escribir el autor.
Y no lo hacemos porque al parecer no podemos ya mirarnos en nuestro propio
espejo. Cuando lo hacemos nos hallamos perdidos, solitarios en la muchedumbre…
a menos que tomemos la palabra y emprendamos el camino del recuerdo de lo
inmediato, como tan bien ha hecho el mismo Salazar.
Jezreel Salazar, Sentido de fuga (La ciudad, el amor y la escritura). México, Universidad
Autónoma de la Ciudad de México (Crónica Urbana), 2009; 180 pp.
24 de noviembre de 2009
Recuerdos de España

Me hubiera gustado recorrer ciertas calles españolas con un ipod pegado a la cintura. En los oídos, un jazz de Coltrane o la voz-imán de N. Simone. A través de los ojos, el río de imágenes corriendo de prisa. ¿Habrían sido otras las ciudades así vistas? No lo sabré. Pero ciertos matices de los rostros, de las casas, incluso del aire, se abrían acentuado –intuyo. Y quizá, sólo quizá, mi nostalgia sería menor, y no este río que avanza, imponderable, hacia el mar.
* *
España te exige un compromiso. Como diría Polo, ser un radical. Hablar de la vida desde el amor y viceversa. Pero ¿cómo ser radical, en medio de tantos matices? ¿Cómo no serlo cuando la vida tiene ese poder eficaz para volvernos insectos petrificados en una telaraña de humo?

* *
Preguntas que provoca el desplazamiento. ¿Cómo lee los nombres propios de mi país un ruso, un chino o un eslovaco? ¿Equivale “José” a “Fedor”? ¿”Eduardo” es tan común como “Lin” o “Chiang”? ¿Alguien tendrá la misma extrañeza al leer “Elizondo”, como yo la experimento al escuchar “Denisovich”?
* *
Abrir los brazos, soltarlo todo. La generosidad es un modo de liberación. ¿Cómo corresponder cuando las manos a uno le pesan tanto, cuando el miedo es el soberano del cuerpo interior, cuando uno sueña que no puede moverse, ni soltar un golpe, ni acceder a ningún tipo de defensa?
¿Cómo hablar de la vida luego de estar tanto tiempo aferrado al letargo? ¿Se puede adentrar uno al pasado como si fuese diáfano fluir y no el fragmentario discurrir de un sueño acaso pesadillesco y que nos despierta envueltos en sudor y enardecidos en medio del grito?
* *

Vi una luz. No. Una forma de la luz. Un tipo de iluminación distinta. En ella los objetos adquirían otra presencia. No exactamente la sensación onírica que todo lo matiza en suaves penumbras y nubes bajas. Se trataba de brillo y otra opacidad. En el Parque del Retiro ese quebrantamiento de mis ojos mexicanos vivió su esplendor al caer la lluvia, esa que empapó toda mi ropa recién lavada…
* *
Chorizo en salsa de vino. Un restaurante en Córdoba a media luz. Velas que salen de pronto por todos lados para iluminar cada una de las mesas y la escena en su conjunto. Los meseros se apresuran. Un corto en el restaurante ha propiciado que nos quedemos en penumbras. Como si el ambiente semi-iluminado de las calles penetrara este sitio. O, por el contrario, como si algún fenómeno sobrenatural nos arrebatase, nos transportara afuera, en medio de la calle, donde un sujeto que destila vino espera rebanar el alba mediante cuchillos. Mientras tanto, seguimos tú y yo, apeteciendo esa noche plagada de siluetas.
* *

Fui extraño, extranjero en aquel mundo. ¿Qué definía mi identidad en ese espacio ajeno? ¿Qué le daba continuidad a mis pasos en medio de territorios anónimos? Acaso algunos objetos que no dejaron de acompañarme: una mochila, mi cuaderno de apuntes, la cámara, mis zapatos… ¡ah!, y algo que no se separó nunca de la bolsa de mi pantalón: mi pasaporte. Siempre estuvo ahí, pegado al cuerpo, hasta convertirse en una extensión, una forma del sostén. Como el bastón (la tercera pierna de G. H.) que provee confianza más que fortaleza. Sí, el pasaporte en el bolsillo se convirtió pronto en otra cosa. Ya no la cartilla de identidad solamente, sino la seguridad prestada, el paliativo del extrañamiento. Un vínculo de mí mismo con otro lugar. La certeza de que, más allá del anonimato, poseía un rostro único, una huella digital inimitable, pero sobre todo, un origen, un lugar que esperaba mi regreso. De modo que cada vez que la soledad o la incertidumbre angustiaban mi pensamiento, el tic de acercar la mano al bolsillo de mi pantalón me tranquilizaba, y en cierta forma verdadera, simplemente me salvaba.
* *
Las monedas como una tiranía de la diferencia. El tipo de cambio reduce la fortuna de estar en otro lugar. La magia del extranjero, que vive el que pisa las calles ajenas, tiene precio. Un preciso valor, un costo injusto. Al llegar a casa esto se volverá más visible que nunca.
* *
¿Recobrar la inocencia perdida? ¿Es posible eso? Ser aquel y no éste, darle un giro a la respiración, abrir las manos y no sentir que abrazo con roces tibios... Desconocerse: eso me ocurre. Saberme rajado por el ayer y sus errores fatuos. Acaso por eso vuelvo, en la memoria, a aquel idilio que fue estar caminando por Toledo y entrar a su catedral; aquellos eran pasos que no traían consigo incertidumbre, anuncios insensatos, llaves perdidas. Recuerdo ahí, haber sentido un nudo de piedra atrás de la lengua y creer que era posible sacar el pecho para dejar que el silencio vibrase fuerte en el corazón. ¿Extravié aquello para siempre o tiene remedio? ¿El desamor es más que dicha postergada, constancia inolvidable de la culpa, huida con ojos febriles? Quisiera creer lo contrario.
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