La decepción tiene nombres propios. Ciertas personas la encarnan. Generalmente personas cercanas o que pudieron serlo. La amistad es una fe quebrantable. En mi historia el desengaño tiene tres o cuatro nombres. Vínculos de largo tiempo o apenas en gestación. En todos los casos, sujetos a quienes les otorgué diversos grados de confianza que, de un modo u otro, quebrantaron o incluso utilizaron contra mí. También a veces el desengaño toma la forma de la ingratitud: apuestas a favor de alguien que a tus espaldas hace trampa en tu contra. O el caso más doloroso: cuando sin razón de por medio y a través del silencio, un amigo hace de un vínculo duradero, pura lejanía, dejando en profunda sombra lo que un día fue luz.
La pérdida de afectos es un drama íntimo y público: les ocurre a todos en un escenario sin espectadores visibles. Y además es recurrente: cada tanto el ciclo se renueva, como si el desencanto fuese un designio sin fin. Pero no todo desgarro posee la misma profundidad ni duración; cada uno construye su propia naturaleza y adquiere significados radicalmente distintos. Podemos procesar el adiós de distintos modos de acuerdo a si hubo restitución o no, si la sinceridad permitió re-anudar el vínculo o hacerlo jirones por completo, y también en función de cómo la distancia apareció de forma súbita o fue partida gradual. A veces, la violencia de la ruptura es lo que impide recordar ciertos rostros sin resentimiento; o el descubrimiento a posteriori de hipocresías y palabras falseadas. Otras veces son formas de la tontería (inmadurez, ingenuidad y otras deficiencias emocionales) las que gestan el color amargo que adquieren los recuerdos de quien se fugó del nicho que ocupaba en el propio cuerpo. Esa cavidad que no puede ocupar nadie más (pues sólo a aquel le era destinada) es un territorio al mismo tiempo propio y ajeno, hasta que no es expropiado por quien decidió abandonarlo, cambiando su condición de nativo para convertirse en desertor.
Traición y tradición tienen el mismo origen etimológico: del latín traditio, traditionis, implican entrega, transmisión. Pero en “traición”, la “tradición” ha perdido la “d” intermedia, y con ella el sentido positivo, cargándose de acusación. “Traición” significa por ello sí entregar, pero al otro bando, al enemigo. Y el enemigo en los vínculos afectivos siempre es la desconfianza, la pérdida de fe en el otro, el abandono de la confidencialidad. El espacio de las confesiones, tan propio de la amistad, actúa como burbuja en el aire: mientras dura es perfecta, hasta que alguien saca la aguja y el mundo se desploma en toda su imperfección. Es como despertar hacia una pesadilla en donde quien nos daba la mano para salvarnos, nos la corta de un tajo para contemplar, sin remordimiento, nuestra caída.
Debería decir aquí que yo también he desertado, huyendo de afectos y de espacios en donde los secretos eran un don valioso proferido por alguien más. Y aunque he intentado subsanar la atmósfera que mi traición contaminó, no siempre esto ha sido posible o fácil. La asfixia deforma, a veces, sin remedio. Difícil describir cómo se modifica la mirada de quien alguna vez confió en ti. Veo los rasgos de mis desengaños en el espejo de esos rostros decepcionados de mí. Es como si la epidermis de una cara se desfigurara, como si una máscara naciera de sus entrañas. Pareciera que uno va por la vida coleccionando caretas intercambiables, como si todo fuese un baile de disfraces en donde los roles se truecan continuamente, y uno por momentos se mueve como el villano infame y en otros como la víctima que corre a consolarse, discretamente, en un rincón del salón.
Puesto que yo he querido ocupar en memorias ajenas un lugar no edificado por la vileza, quisiera tampoco recordar ciertos rostros con resentimiento. Pero no siempre es posible. Ya se sabe que la tirria es una ramificación del cariño y que estar conscientes de ello no asegura que podamos escapar al laberinto del rencor. El resentido ha transfigurado su apego en animadversión, pero no ha abandonado el afecto. ¿Es posible que lo haga? Sólo él puede saberlo. El dolor o la incomprensión nacidos de la deslealtad son trampas difíciles de sortear. Confieso que por mi parte no siempre lo he conseguido. Hay quienes quedan fijos en la parte más oscura de nuestra memoria. Y no podrán fugarse aunque quieran: se quedarán ahí para siempre.
14 de marzo de 2015
28 de noviembre de 2014
La impunidad y el miedo
En México, las "fuerzas del orden" suponen que impartir justicia equivale a cometer nuevos delitos. Según esta lógica, a las protestas contra la impunidad debe responderse con mayor impunidad. Hoy el ejército violentó la autonomía en la Universidad Autónoma de Coahuila. También esta tarde, Sandino Bucio, estudiante de la UNAM, fue "levantado" por policías federales cerca del metro Copilco. Un par de ejemplos de nuestras tradiciones inauditas: en este país la noción de autoridad se asocia con el ejercicio sordo, vertical e impune de la coerción; en lugar de estar ligada al servicio público, al estado de derecho, y a una constatación sencilla: que toda disidencia expresa conflictos sociales cuyas causas es necesario atender. En su lugar, las estrategias de desmovilización a partir de intimidar y perseguir diversas formas de protesta social se ponen en marcha. Es a lo que Rossana Reguillo llama "la gestión política del miedo". Quizá es necesario comenzar a preguntarnos cómo hacer para que ese miedo, esparcido socialmente, se convierta en acción colectiva -en lugar de dejarnos arrollar por el mismo, en lugar de dejarnos someter hasta volvernos hijos de la pasividad, el amedrentamiento y la indolencia.
26 de noviembre de 2014
El cambio no está en el aislamiento
En circunstancias de crisis social, apelar a la solución individual
oculta una ideología conservadora que busca, además de desmovilizar y
despolitizar, cancelar la diferencia. Por eso no me sorprende que en ámbitos de búsqueda espiritual y sobre todo
de desarrollo personal aparezcan este tipo de argumentos (que el cambio sólo debe quedarse en un asunto interior o personal). En parte
porque algunas de estas líneas tienen como sustento la premisa de
concebir la realidad sobre
la base del yo, de modo que su objetivo no es la construcción de
autonomía para lidiar con (y problematizar el) mundo, sino la adecuación
del mundo interior con el exterior. Además, la ideología voluntarista
que hay detrás de ellas (estoy generalizando, por supuesto) también
impide pensar la realidad en términos más sistémicos y complejos. No sé
si esto pasa porque se adaptan a formas de cultura política muy
conservadoras o porque operan, en la mayoría de las ocasiones, en
estratos sociales más altos que tienden a ser menos proclives a
perspectivas disidentes de ver la realidad y más propensas a reproducir
formas de alienación de todo tipo. En cualquier caso,
esas búsquedas interiores (en tanto ponen en contacto con el mundo
emocional) deberían estar proyectadas hacia el encuentro de diversas
singularidades y hacia el contacto con la comunidad propia o ajena.
Quizá las que trivializan o reducen la experiencia a formas del
hedonismo y el sentimentalismo, y no se abren a otras formas de
percibir, por ejemplo, el dolor ajeno, son las que operan en un sentido injustificable: trivializando la realidad y negando formas alternas de
pensar la transformación y el cambio.
24 de noviembre de 2014
Pupilas encendidas
Desde hace semanas, la sensación de la "movilización permanente". Es como si Ayotzinapa hubiera desanestesiado la realidad. No sólo descubro, día a día, constantes eventos (marchas, pintas, pronunciamientos, declaraciones, instalaciones artísticas...), organizados en muchos lugares de la república para protestar contra la inacción política y la indolencia del gobierno de mi país. También me sorprende la viralización de la protesta, su reproducción masiva y global.
Además, veo formas inusitadas de ciudadanizar los sentidos y las emociones: interrupción de actos diplomáticos de representantes mexicanos en el exterior (Bruselas, Buenos Aires, Basilea...), intervenciones visuales de los espacios públicos, contingentes que detentan un carácter pocas veces visto (madres con carreolas, por ejemplo) o que expresan su repudio sin las consignas habituales (unos músicos, durante una de las muchas marchas, se detienen a entonar, de manera disciplinada, el "Nabbuco" de Verdi: ¡Oh, mi patria, tan bella y perdida! / ¡Oh recuerdo tan caro y fatal! ... Traes un sonido de crudo lamento. / Ojalá te inspire el señor una melodía / que infunda al padecer, virtud). La conciencia sobre el horror se expresa aquí y allá, multiplicándose sin fin. Y comprendo de manera rotunda la imposibilidad: el recuento necesario, requiere la participación colectiva. Lo mismo el país.
Algo, entre muchas otras cosas, me asusta. No le dejo de dar vueltas a la idea de que despertar no es un acto permanente. Las formas de la ceguera en las sociedades actuales son tan diversas como efectivas. Por eso, mientras dure, hay que abrir los ojos lo más fuerte posible. Y luego cerrarlos para tomar aire, respiro, descanso. Y volverlos abrir una y otra vez, para transparentar este tiempo, encararlo a plena luz, mirarlo con las pupilas encendidas... para no tener que apagarlas definitivamente -o perderlas, como le ocurrió a Julio César Mondragón, el normalista cuyo rostro nos muestra la fisonomía fúnebre de una nación, habitada por espantos despiertos.
Además, veo formas inusitadas de ciudadanizar los sentidos y las emociones: interrupción de actos diplomáticos de representantes mexicanos en el exterior (Bruselas, Buenos Aires, Basilea...), intervenciones visuales de los espacios públicos, contingentes que detentan un carácter pocas veces visto (madres con carreolas, por ejemplo) o que expresan su repudio sin las consignas habituales (unos músicos, durante una de las muchas marchas, se detienen a entonar, de manera disciplinada, el "Nabbuco" de Verdi: ¡Oh, mi patria, tan bella y perdida! / ¡Oh recuerdo tan caro y fatal! ... Traes un sonido de crudo lamento. / Ojalá te inspire el señor una melodía / que infunda al padecer, virtud). La conciencia sobre el horror se expresa aquí y allá, multiplicándose sin fin. Y comprendo de manera rotunda la imposibilidad: el recuento necesario, requiere la participación colectiva. Lo mismo el país.
Algo, entre muchas otras cosas, me asusta. No le dejo de dar vueltas a la idea de que despertar no es un acto permanente. Las formas de la ceguera en las sociedades actuales son tan diversas como efectivas. Por eso, mientras dure, hay que abrir los ojos lo más fuerte posible. Y luego cerrarlos para tomar aire, respiro, descanso. Y volverlos abrir una y otra vez, para transparentar este tiempo, encararlo a plena luz, mirarlo con las pupilas encendidas... para no tener que apagarlas definitivamente -o perderlas, como le ocurrió a Julio César Mondragón, el normalista cuyo rostro nos muestra la fisonomía fúnebre de una nación, habitada por espantos despiertos.
22 de noviembre de 2014
El uso político de la "ley"
Indigna el funcionamiento del sistema penal en México, falto de
independencia frente al poder ejecutivo y engranado en la lógica de la
represión; en suma, con rasgos no muy distintos a los que tuvo durante
el 68 y en general durante los años del priísmo histórico (detenciones
arbitrarias, tortura sistemática, transgresión a los derechos humanos,
violaciones al debido proceso, fabricación de pruebas, ausencia de
investigación y un largo etcétera). El asombro moral se vuelve mayor
cuando uno se percata que 11 de los detenidos durante las
manifestaciones del 20 de noviembre fueron acusados de cargos más graves
que el ex-alcalde José Luis Abarca, uno de los responsables de los
asesinatos y desapariciones en Iguala, acontecimiento que fue el
detonador de dichas protestas. Paradojas de un país construido bajo el
amparo de la impunidad: María de los Ángeles Pineda, esposa de Abarca y
considerada por la propia PGR "autora intelectual" de los crímenes de
Iguala y "principal operadora" del grupo armado Guerreros Unidos, sigue
en calidad de arraigada, mientras los jóvenes detenidos ya fueron
consignados y enviados a penales federales. El uso político de la "ley"
es aberrante.
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